En 1976, las páginas de El Nacional se convirtieron en el epicentro de un debate telúrico que sacudió los cimientos morales y judiciales de Venezuela. El motivo no fue un escándalo financiero ni un complot político, sino un cuento: El inquieto anacobero, salido de la pluma magistral de Salvador Garmendia. En aquel entonces, el Bloque de Prensa y los tribunales de la República se escandalizaron, hasta el punto de abrirle un juicio penal por «ultraje al pudor público». ¿Su delito? Haber osado plasmar en blanco y negro, sin anestesia ni filtros burgueses, la jerga cruda y las expresiones de los hombres que compartían un bar en Caracas mientras idolatraban la música de Daniel Santos.
Aquella arremetida contra Garmendia fue, con justicia, rechazada de forma unánime por el gremio intelectual. Plumas de la talla de Arturo Uslar Pietri y Miguel Otero Silva se plantaron firmes en defensa de la libertad creadora. Aquel juicio demostró la hipocresía de una sociedad que pretendía juzgar la estética literaria con el código penal, ignorando que el autor no buscaba corromper, sino retratar con precisión sociológica el habla popular de un sector específico de la marginalidad urbana. La justicia finalmente absolvió a Garmendia, sentando un precedente luminoso: el lenguaje de la ficción pertenece al arte, no a los tribunales.
Décadas después de aquella batalla ganada por el talento y la decencia, cabe hacernos una pregunta ineludible ante el panorama actual de nuestra sociedad: ¿qué diría Garmendia?
Es imperativo trazar una línea gruesa, una frontera ética e idiomática, entre lo que defendimos en el creador de Los pequeños seres y el lamentable canibalismo lingüístico que presenciamos en la Venezuela de hoy. Una cosa es la riqueza del lenguaje coloquial, el sano desenfado de nuestra idiosincrasia que recurre al ingenio, y otra muy distinta es la degradación sistemática del discurso público y ciudadano.
El venezolano siempre ha tenido una gracia natural para hablar. Nuestra identidad no se limita al uso del entrañable «chévere» o del fraterno «pana burda». Forma parte de nuestra cotidianidad encajar, de cuando en cuando y con la debida sazón, una que otra grosería que ya goza de carta de ciudadanía y que resulta hasta «potable». Nadie se rasga las vestiduras por escuchar o decir un «arrecho» bien plantado para denotar indignación o excelencia, un «esa vaina» para simplificar el mundo, un «nojoda» liberador, un «pendejo» a tiempo o el infaltable y polifacético «coño». Esas palabras, mal que bien, forman parte del condimento de nuestra oralidad y no despojan a nadie de su dignidad.
El problema real, el que hoy nos aboca a una profunda reflexión, es haber escalado hacia un fraseo sistemático de palabrotas soeces, una verborrea cargada de obscenidades que una preocupante corriente pretende establecer, a la fuerza, como la supuesta e inevitable «identidad» del común de nuestros ciudadanos.
Asistimos a una preocupante normalización de la ordinariez. Lo que antes era el submundo del lenguaje, hoy se vomita con total impunidad en medios audiovisuales, redes sociales y, lo que es peor, en boca de figuras con responsabilidades públicas. Se ha querido vender la idea de que ser «pueblo» significa ser soez, que la autenticidad venezolana se mide por la cantidad de vulgaridades que se puedan articular en una sola frase. Nada más alejado de la realidad de nuestro gentilicio.
El venezolano histórico, el de a pie, el trabajador, el que sale a partirse el lomo cada mañana, es un ciudadano esencialmente decente, respetuoso y de valores firmes. Reducir nuestro gentilicio a un lodazal de obscenidades no es un acto de «liberación popular», es un síntoma de decadencia cultural y educativa que destruye el tejido social.
Salvador Garmendia elevó el habla de la calle a la categoría de arte, porque comprendía su valor estético y su contexto. Jamás pretendió institucionalizar la vulgaridad como norma de convivencia. Hoy la vulgaridad no es una herramienta literaria, es un virus que erosiona el respeto mutuo. Si el gran escritor barquisimetano levantara la cabeza, lejos de celebrar el libertinaje verbal contemporáneo, miraría con tristeza cómo se confunde la libertad con la ordinariez y cómo se pretende rebajar la dignidad de un pueblo entero bajo el pretexto de una falsa identidad. El rescate de Venezuela no pasa solo por la reconstrucción de sus instituciones y su economía; pasa, de manera urgente, por recuperar la decencia de nuestra palabra y el orgullo de nuestro verdadero gentilicio.
Antonioledezma.net









