Antonio José Monagas: El último defensor de la palabra: el “Viejo Caico”

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Antonio José Monagas: El último defensor de la palabra: el “Viejo Caico”

Estas líneas tratan una historia llena de humanidad. Personajes como el “Viejo Caico”, son quienes definen la riqueza de un pueblo. Su ejemplo de vida es el mejor legado que personas así dejan. Honrar la memoria de alguien tan solidario, abnegado y generoso, como bien lo fue el apreciado “Viejo Caico”, a través de estas letras, es un modesto homenaje a quien nunca buscó protagonismo. Tampoco elogios, ni aplausos.

¿Quién fue?

“Viejo Caico”, fue alguien a quien muchos acudieron por sus reflexiones, fábulas y lecciones. Siempre buscando palabras de apoyo, afecto y comprensión. Y aunque haya partido de la vida terrenal, su recuerdo seguirá grabado en el corazón de quienes le conocieron y trataron. Su palabra se convertía en un abrazo grande y sincero que lograba transmitir querencia, valor, identidad, conocimiento y sentimiento.

Decir que el corazón de “Viejo Caico” tenía dieciocho latidos por minuto, significa haber brindado paternidad. La paternidad que asumió permanentemente brindándole cuidados, protección y educación a 16 niños. Como si en verdad, su hogar fuese la escuela que su alma y actitud de maestro acarició.

Así, “Viejo Caico”, multiplicó su apellido “AULAR” que bajo su magisterio supo engalanar vistiéndose de un verdadero “padre, maestro y amigo”. Aunque de los 16, dos fueron sus hijos biológicos.

Hablar de “Viejo Caico” es referir la persona de un falconiano nacido en 1934 en la hermosa e histórica población de La Vela de Coro.

Acciones que construyeron «venezolanidad»

Este hombre, de maciza corpulencia y bonachón por excelencia, tuvo un pasado que cargó con responsabilidades que lo destinaron a forjarse en la Marina de Guerra de Venezuela.

Posteriormente, cumplida su primera misión, se desempeñó como funcionario adscrito al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social en la conducción de ambulancias. Su obligada jubilación, lo llevó a crearse un trabajo como chofer de taxi que disfrutó a plenitud, toda vez que su pasión por la historia nacional y local, acontecimientos diarios y recuerdos de su infancia, adolescencia y temprana adultez, permitieron en el “Viejo Caico” desarrollar y ampliar su verbo, conocimiento de la vida y su sentido de ciudadanía.

No hay duda que su educación y principios ético y morales, lo hizo un zuliano que -a pulso- se ganó el respeto y aprecio de quienes compartieron momentos de entrañables conversatorios.

Un legado de excepción

Su tránsito por la vida, hizo que el tiempo lograra marcar su calendario, cual “artesano de la palabra”. Las enseñanzas que comunicó en el afable contacto con sus 16 hijos de la vida, o hijos de crianza, aderezaron su humor. Tanto que, jugando al oficio de cocinero, ganó la posición de actuar como padre ejemplar de la copiosa manada de niños quienes crecieron admirando, en el esfuerzo del “Viejo Caico”, las razones que lo mantuvieron como el imaginario director de aquella escuela que bien podría haberse llamado: “República Democrática-Escolar AULAR”. Sus “alumnos”, culminaron la formación “académica” con las mejores calificaciones y que -al día de hoy- los ha hecho desempeñarse como correctos ciudadanos, exitosos profesionales en sus áreas de trabajo. Sobre todo, responsables y perseverantes venezolanos.

Es si que no hay duda que este falconiano cuyo nombre quedó asentado en el Registro Civil como Felix José AULAR Perozo, fue el último defensor de la palabra: el “Viejo Caico”.

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