El 4 de agosto de 1972 fue aprobada la Ley de Ejercicio del Periodismo en Venezuela. Aquella decisión no buscaba levantar un muro burocrático ni otorgar privilegios a un gremio, sino dejar claro algo fundamental: la información es un servicio público y exige responsabilidad de quien la firma.
Cinco décadas después, la realidad del oficio es irreconocible. El trabajo que antes dependía de teletipos, rotativas y frecuencias de radio hoy convive con un flujo ininterrumpido de tendencias, videos breves, cuentas anónimas y textos generados por algoritmos.
En medio de este volumen de mensajes donde cualquiera con un teléfono puede difundir una versión, la distinción de fondo sigue intacta: publicar no es informar.
El método frente al algoritmo
La apertura de las plataformas digitales permitió que más voces se sumaran al debate público, pero también borró la frontera entre opinar y hacer periodismo.
La producción de contenido en redes trabaja para el algoritmo. Busca la reacción inmediata, el tráfico y el impacto visual. El periodismo exige lo opuesto: disciplina, contraste de fuentes, verificación de datos y contexto. La distancia entre un rumor que corre por WhatsApp y una noticia real no la define el teléfono donde se lee, sino el trabajo de comprobación que hay detrás.
Hoy, ese trabajo se vuelve aún más exigente frente al avance de la inteligencia artificial generativa. Con herramientas capaces de clonar voces, sintetizar videos hiperrealistas (deepfakes) o redactar textos en segundos, la verificación dejó de ser un simple paso de rutina para convertirse en la principal barrera de contención frente a la manipulación.
Principios que no caducan
Cambiaron las herramientas, los soportes y las dinámicas de trabajo, pero la columna vertebral de la ley de 1972 (reformada en 1994), conserva su sentido.
El secreto profesional nunca ha sido una concesión para el reportero, sino la única garantía de que un ciudadano pueda denunciar una arbitrariedad sin poner en riesgo su seguridad. La ética y el rigor no caducan porque una nota se lea en una pantalla en lugar de un periódico impreso.
La defensa del lector
Recordar la aprobación de esa ley no es un ejercicio de nostalgia ni una defensa corporativa. Para la gente común, la existencia de un periodismo profesional funciona como un filtro frente a la manipulación y la desinformación masiva.
A 54 años de aquella fecha, el reto no pasa por pelear contra la tecnología ni renegar de los nuevos formatos. Pasa por demostrar, en la práctica diaria, que la velocidad no sustituye a la verdad y que la credibilidad sigue siendo el único patrimonio real de esta profesión.
Edgar Cárdenas









