Noel Álvarez: La manía de ahogar el español

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Noel Álvarez: La manía de ahogar el español

 

El idioma que hablamos es la casa donde vive nuestra identidad, un refugio cotidiano construido con la fuerza y la belleza de la palabra en castellano. Sin embargo, en los últimos tiempos observa uno con asombro cómo avanza una extraña costumbre que busca desplazar nuestra forma natural de comunicarnos para sustituirla por modismos ajenos. Se trata de una tendencia marcada por el complejo de inferioridad y el afán de aparentar una distinción fingida frente a los demás. Quienes caen en esta práctica prefieren utilizar términos en inglés para referirse a cosas que nuestro propio vocabulario resuelve con absoluta elegancia y precisión.
Esta fascinación por lo extranjero, conocida como anglicismo forzado, esconde en el fondo una profunda falta de aprecio por lo nuestro y una búsqueda constante de estatus social. No estamos hablando de palabras técnicas inevitables que surgen con los avances científicos, sino de sustituir sin necesidad los vocablos que hemos usado toda la vida para sonar más refinados. La persona que incurre en este exceso cree que hablar con términos prestados le otorga una categoría superior frente al resto de la comunidad. En la práctica, lo único que logra es proyectar un vacío conceptual envuelto en una postura ridícula que desdibuja la riqueza de la lengua materna.

Abundan los ejemplos cotidianos en los lugares de trabajo, en la calle y en las conversaciones informales donde se manifiesta esta afectación del lenguaje. Para referirse a la ropa que llevan puesta ya no dicen atuendo o vestimenta, sino que prefieren encumbrarse llamándolo outfit. Tampoco hablan de una reunión de trabajo o de un intercambio de ideas, sino que convocan a un brainstorming para analizar el contenido de sus plataformas digitales. Si alguien quiere mostrar la planificación de sus actividades no usa la palabra agenda, sino que anuncia con gran pompa su schedule, mientras califica el estilo de vida de los demás simplemente como lifestyle.

La lista de estas sustituciones innecesarias resulta tan larga como absurda cuando se examina con detenimiento el uso diario que se le da en la sociedad. Si una persona demuestra ser innovadora o emprendedora, los cultores de la moda verbal prefieren tildarla de entrepreneur. Si se busca evaluar el impacto de un proyecto o la respuesta de la gente, descartan la palabra retroalimentación y se apresuran a solicitar un feedback. Incluso en el ámbito personal, ya no se habla de la imagen personal o la presencia, sino del personal branding, convirtiendo las relaciones humanas en un catálogo de términos envasados.

Del mismo modo, resulta insólito escuchar a quienes para referirse a un breve descanso en la jornada laboral prefieren anunciar que se tomarán un coffee break. Si el propósito es fijar una meta o fecha límite, descartan el término plazo o vencimiento para usar de manera rimbombante la palabra deadline. En las oficinas modernas, los directores ya no son gerentes sino CEOs, y los empleados no hacen redes de contactos o alianzas, sino que se dedican exclusivamente a hacer networking. Todo este barniz lingüístico busca maquillar con palabras extranjeras las mismas tareas y realidades que nuestros padres ejecutaron siempre con impecable corrección.

Esta costumbre de desplazar nuestro vocabulario para imitar giros expresivos que no nos pertenecen termina por debilitar el sentido de pertenencia de toda una comunidad. El uso desmedido de estos barbarismos anglosajones no aporta mayor claridad a las ideas que pretendemos transmitir a diario, ni resuelve ningún dilema comunicacional. Por el contrario, empobrece la capacidad de expresión de las nuevas generaciones, genera brechas absurdas entre los ciudadanos y demuestra una desconexión preocupante con las raíces culturales que nos definen como pueblo. Usar el castellano con soltura no es un capricho conservador, sino un acto de elemental respeto hacia nuestra propia historia.

Nuestro idioma posee una variedad extraordinaria de palabras, matices, adjetivos y giros expresivos capaces de nombrar cualquier aspecto de la realidad sin necesidad de acudir a préstamos adquiridos de otras latitudes. Desde la literatura clásica hasta las conversaciones amables de nuestros pueblos, el español cuenta con la elasticidad suficiente para expresar la máxima complejidad del pensamiento humano. Cuando renunciamos a esa riqueza para adoptar muletillas ajenas, dejamos al descubierto una evidente pereza mental. Quien requiere de términos extranjeros para darse importancia suele carecer de ideas propias y de la solidez conceptual necesaria para sostener un argumento con argumentos sólidos y autóctonos.

Defender la integridad de la lengua que heredamos exige rescatar la naturalidad en la conversación y despojar el habla cotidiana de pretensiones artificiales. Cada vez que elegimos la palabra precisa en español estamos fortaleciendo el tejido cultural que nos une como pueblo y preservando un legado invaluable. Es tiempo de dejar a un lado las apariencias, valorar la fuerza de la palabra autóctona y expresarnos con la autenticidad que siempre nos ha caracterizado. Hablar bien nuestro idioma, con claridad, propiedad y sin acomplejamientos, es la muestra más evidente de dignidad y de respeto hacia nosotros mismos y hacia el futuro.

 

Noel Álvarez

Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE
noelalvarez10@gmail.com

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