Cuando la inteligencia artificial ha apartado a muchos de la buena lectura y nos preguntamos si vale la pena el camino que llevamos, nos queda el aliciente de saber que aún quedan apasionados de los libros y no todo está perdido. Es verdad que las compañías tecnológicas nos han llevado a la verja del apocalipsis, pero no por eso debemos abandonar la lucha antes de tiempo.
Me empuja a esta reflexión un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), conforme al cual el rendimiento escolar se ha desplomado incluso en los países avanzados. Según dicho documento, los estudiantes de Estados Unidos han bajado catorce puntos en lectura y los de Latinoamérica están rezagados.
A lo anterior se suma un reciente artículo de The New York Times sobre la caída de las ventas de libros, atribuida a la influencia de la inteligencia artificial y a la multiplicación de los libros digitales, entre otros factores. El sector más afectado es el de los libros de no ficción, por cuanto ahora existe la preferencia de la población a preguntarle a ChatGPT en vez de acudir a bibliotecas o comprar libros. Es asombrosa la tendencia al facilismo.
Pero bueno, como no quiero apartarme de la idea inicial, que es la razón de ser de los libros, voy al grano: siempre he sido más lector de biografías, autobiografías, historia y ensayos generales, aunque por supuesto he sido amante de las novelas de García Márquez, Vargas Llosa, Tolstói, Dostoyevski, Javier Marías y Gonzalo Celorio.
Hace ya muchos años leí los dos tomos de las memorias del escritor británico Arthur Koestler, nacido en Budapest, cuya agitada vida de viajes y experiencias periodísticas lo llevó muy temprano a ser miembro del Partido Comunista, a desempeñar un papel en la organización y ver las atrocidades del estalinismo, que lo condujeron a la decepción.
Mientras trabajaba en España como corresponsal del News Chronicle de Londres y agente de propaganda comunista, fue capturado por los falangistas, internado en aislamiento total en una cárcel de Sevilla y sentenciado a muerte, de la cual logró salir gracias a las gestiones de influyentes amigos en varios países europeos y a un intercambio de prisioneros.
Atraído por el relato del pasado comunista de Koestler y por su viaje a la Unión Soviética, además de algunos pasajes dramáticos de la represión de aquel sistema atroz a los intelectuales, acabo de empezar la relectura del segundo tomo, titulado La escritura invisible, que se hace más oportuna cuando en Venezuela renacen las amenazas de mesías con fines inconfesables.
Después de haber exhibido dotes intelectuales, la lectura de Koestler no dejó en mí una impresión positiva perdurable, pero sí la del narrador que sabía encantar con sus historias, interesado en los problemas de su tiempo y con facilidad para abordar a quienes poseían sentido de la trascendencia. Encarnó al comunista convencido que con inteligencia y cultura se transformó en el abierto enemigo del marxismo.
Afectado por leucemia y Parkinson, este personaje –en cuya vida hubo amistades tan excepcionales como las de Albert Camus, George Orwell, Bertrand Russell y Simone de Beauvoir (con quien tuvo un amorío) y muchos más– se suicidó en 1983 a los 77 años, en compañía de su esposa. En la decisión fatal hubo el mismo carácter polémico de gran parte de su existencia, por cuanto abrió paso a especulaciones sobre el final de Cynthia, que no presentaba síntomas de enfermedad alguna.
Koestler vivió los últimos 20 ó 25 años apartado de la pasión política, sumido en asuntos esotéricos que lo llevaron a legar su fortuna a un centro de estudios de parapsicología. Parecía estar loco.
Ricardo Escalante









