“Que no te amen es una simple desgracia. La verdadera desgracia es no saber amar”, Albert Camus
“Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”, Emiliano Zapata
“La única verdad es la realidad”, Aristóteles
Conversábamos algunos amigos con experiencia política y en escenarios ciudadanos diversos y surgió una interrogante: ¿Qué te llama más la atención de los intercambios y de las reacciones de la gente actualmente? Uno de ellos respondió tajante, “los relatos de la gente, la narrativa que de ellos se oye sobre su vida, las cosas de todos y de cada día, me sugieren a veces más escuchar que decir…”.
Claro que el dirigente igualmente está allí para compartir y explicar su pensamiento y su perspectiva, pero, ciertamente creo que captó que lo útil de estos encuentros consiste en comunicarse con la gente y con la presentación de la vida de ellos y su sencilla existencia, su rutina, su día a día, porque allí se anida la verdad del sufrimiento, la inconformidad, las frustraciones y los deseos, aspiraciones, sentimientos.
El asesor político y estratega electoral detrás de la exitosa campaña de Clinton en 1992, James Carville, colgó carteles como guion a las puertas del comando de campaña y uno de ellos se leyó así: “La economía, estúpido”, para hacerle ver al candidato que en ese aspecto obraba la decisión electoral y tuvo razón, a pesar de la popularidad por el éxito de la política exterior del presidente Bush padre, candidato a la reelección, por cierto, y perdedor a la postre.
En realidad, la interrogante arriba comentada viene a colación con motivo del examen que hacemos de las encuestas, sondeos y estudios de opinión que son reveladores y con base científica, pero, no debe prescindir del activismo político de calle, que logra, cuál correa de transmisión, llevar un mensaje y recibirlo también, en directo.
Centrados en ese asunto, tuvo lugar un intercambio para precisar los problemas que más turban el espíritu del común, del de a pie y, como era de esperarse, comenzó con el costo de la vida, el precio del dólar y la completa desvalorización de los salarios. En efecto, la canasta alimentaria cada día se aleja más del precio que la sociedad económica paga por el trabajo, lo que conduce al bajón constante de la calidad de vida y a la deflación de la clase media.
Empero, no es lo único ni mucho menos lo que se hace presente en la gente al compartir con ella, siendo que en varios casos aparecen dos elementos más que otros. El primero, es una retrospectiva de cada cual sobre el hijo que se le fue o sobre cuánto y cómo le afectó alguna decisión, actuación u omisión del gobierno o de uno de los órganos del poder público y resalta la injusticia de la injusta justicia o el abuso que le privó de lo que consideraba suyo por derecho, pero también, carecer de expectativas razonables se traduce en una falencia severa, la de no vislumbrar porvenir.
Los servicios públicos son la tortura omnipresente y, por supuesto, en el interior del país exhiben fallas constantes que les amargan. Apagones de 12 horas en capitales de estado y sin agua por semanas, son el pan nuestro de cada día y se constituyen en causa de malestar, incomodidad y desazón, especialmente porque la situación no mejora, sino por el contrario, empeora.
Revisé la prensa, titulares, noticieros, redes y advertí que buena parte de las noticias se refieren a temas de envergadura como el acuerdo petrolero que se habría discutido con Estados Unidos que acaparó mucho centimetraje o sobre el destino de los dineros que ha retenido Trump por el negocio del petróleo desde el 3 de enero pasado o si acaso les parece a los protectores norteamericanos permitir elecciones para que los conciudadanos decidamos nuestras autoridades y recuperemos el control de nuestra institucionalidad.
Todo eso es muy sustancial, pero no se examina, se menciona poco, lo que concierne a la gente en su quehacer permanente y ello no está ni en la agenda de Delcy y menos en la del hegemon rubio, por eso se hace muy poco para asistir a la gente en sus dificultades diarias, la educación de sus hijos, el transporte, el casi impagable precio de los inmuebles, descartada la compra, el alquiler o la atención médico-quirúrgica, para sí o familiares muy próximos, porque caer enfermo e ir a dar a un hospital, que solo tiene la eventual buena voluntad del personal de blanco, es realmente catastrófico.
Alguno recordó una frase que reproduzco para señalar al segmento de los enchufados y favorecidos de la oligarquía cívico-militar que ha gobernado el país y sigue haciéndolo, que no le falta nada y lo tiene todo, ostentosa, lujosa, displicente. Apunta a que no hay sino desigualdades entre unos y otros que pueden pagar la costosa existencia de ellos y sus familias, lo que desean y cuanto cueste, les da lo mismo. La frase es de Salvador Dalí frívola y sarcástica: “La buena vida es cara, hay otra más barata pero no es vida”.
En suma, la economía y las desigualdades marcan el rostro del venezolano y es allí donde pienso que es menester trabajar en ese período que hemos de emprender al superar este bache de 27 años de degradación de todo y de la cuasi totalidad de los venezolanos.
La paz y la estabilidad tienen que fraguarse y no basta apetecerlas ni decretarlas. Antes y, por el contrario, son estadios a los que se llega paulatinamente. Por eso, escuchar decir a Trump que dejar al equipo de Maduro en el gobierno tiene como objetivo la estabilidad no es congruente con sus mismos dichos que señalan las faltas de eficiencia y honestidad en el desempeño público, que volcaron hacia los peores índices de desarrollo humano a Venezuela y nos llevan, en comparación, a las primeras décadas del siglo XX.
Ya decía en clase el profesor Germán Carrera Damas que las revoluciones como las procesiones: una vuelta que siempre termina regresando al pasado.
¡Venezuela será libre… Dios mediante!
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