Ignacio Benedetti Punceles en su libro Mi fútbol sostiene que este deporte no puede reducirse a estadísticas, fórmulas o esquemas rígidos. Es un espacio donde los jugadores deben pensar, decidir y relacionarse con sus compañeros y con el rival. La pelota se comparte y el juego se interpreta hasta convertirse en un compromiso de todos. Así, permite comprender cómo funcionan los proyectos colectivos. Detrás de cada victoria existe una idea, una estrategia y una manera de entender el trabajo en equipo.
La final del Mundial entre España y Argentina dejó una enseñanza que trasciende el resultado deportivo. España no ganó solo por la disciplina de sus jugadores. Ganó porque tuvo una estrategia de juego definida. Su victoria fue consecuencia de preparación, coordinación y confianza en una manera determinada de entender el fútbol.
El equipo dirigido por Luis de la Fuente mostró que el talento individual alcanza su verdadera dimensión cuando se integra dentro de un propósito común. Cada jugador entendió su función y cada jugada respondió a una idea compartida. La fortaleza del equipo no estuvo en una figura aislada, sino en la coordinación de todos sus integrantes. En el fútbol los equipos no triunfan por reunir las mejores individualidades, sino por convertirlas en parte de un engranaje.
La historia del fútbol ofrece numerosos ejemplos de esta verdad. La selección neerlandesa de los años setenta —conocida como la “Naranja Mecánica”— transformó la manera de entender este deporte. Su innovación no consistió en atacar más, sino en comprender que todos los jugadores debían participar del juego, ocupar espacios, intercambiar posiciones y asumir responsabilidades colectivas. El llamado “fútbol total” fue, antes que un sistema táctico, una concepción estratégica. El jugador debía anticipar los movimientos del contrincante y actuar en función de un objetivo superior. Johan Cruyff fue la expresión más acabada de esa idea. Fue un futbolista de talento excepcional cuya grandeza no estaba solo en su técnica, sino en su capacidad para entender y anticiparse a las jugadas de su rival.
España recuperó esa concepción desde una perspectiva propia y demostró que su fortaleza estuvo en el sentido de equipo que mantuvo durante todo el campeonato. Un equipo puede tener el balón durante largos períodos sin controlar realmente el partido. En cambio, un equipo con una idea de juego definida puede utilizarlo para crear espacios, imponer condiciones y obligar al rival a responder.
La final también enseñó la importancia de conservar la identidad frente al adversario. Argentina planteó un partido intenso, físico y disputado. España pudo haber abandonado su estilo y entrar en la dinámica de la confrontación; sin embargo, supo mantener la calma. No permitió que el rival definiera la manera cómo debía jugar. Un equipo que renuncia a su identidad porque el adversario impone otras condiciones termina jugando el partido que el otro quiere.
Henry Kissinger explicó esta idea en su ensayo Soccer Imitates Life, publicado en The Washington Post en 1986. Sostuvo que la estrategia consiste en conservar la iniciativa y obligar al adversario a reaccionar frente al propio plan, en lugar de limitarse a responder al suyo. Esa enseñanza trasciende el fútbol y resulta aplicable a la política venezolana.
Durante años, la oposición ha enfrentado a un adversario que ha utilizado el control institucional, la represión, el dominio de los medios de comunicación, el sometimiento de los jueces, las irregularidades electorales, el respaldo de la Fuerza Armada y los abusos del poder como instrumentos de permanencia. Frente a esa realidad, la respuesta no puede consistir en improvisar ante cada movimiento del contrario. Una estrategia democrática exige mantener una visión propia, preservar la unidad y actuar con inteligencia.
Uno de los mayores problemas de la oposición venezolana ha sido la dificultad para transformar sus fortalezas individuales en una estrategia de largo aliento. Ha contado con dirigentes valiosos y una ciudadanía comprometida con el cambio. Sin embargo, como ocurre en el fútbol, la suma de buenos jugadores no garantiza una victoria si no existe una estrategia compartida.
La transición prevista para comenzar el primero de agosto no tendrá como único desafío sustituir a quienes han ejercido el poder autoritario. Tendrá que crear las condiciones institucionales que permitan que unas elecciones libres produzcan un gobierno legítimo con capacidad para reconstruir el país. Ese proceso no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como el camino hacia la recuperación de la república y la plena vigencia del orden constitucional. La república existe para garantizar que los ciudadanos vivan en libertad, con igualdad ante la ley y con instituciones que protejan sus derechos. Solo así las instituciones cumplen su misión y crean las condiciones para que las personas desarrollen sus capacidades y construyan su propio proyecto de vida.
Alcanzar ese propósito exigirá un acuerdo político amplio. La experiencia del Pacto de Puntofijo demostró que una democracia se consolida mediante compromisos que permiten a distintos sectores aceptar reglas comunes y defender la institucionalidad. Ese es el sentido del Pacto Republicano, una propuesta que he desarrollado en otros artículos y que concibo como un acuerdo nacional orientado a recuperar la vigencia constitucional, fortalecer las instituciones, proteger a los ciudadanos y crear las condiciones para una transición democrática.
La reconstrucción nacional tampoco podrá limitarse al ámbito político. La recuperación económica dependerá de instituciones capaces de generar confianza, proteger derechos y garantizar reglas claras y estables. La economía, la política y las instituciones forman parte del mismo proceso de reconstrucción.
Ese proceso enfrentará también uno de los mayores desafíos históricos de Venezuela: superar el militarismo y recuperar una Fuerza Armada profesional, subordinada al poder civil y comprometida con la Constitución y la Nación. Ninguna democracia puede consolidarse mientras quienes tienen las armas puedan actuar como un factor político autónomo. El tema militar requiere un debate nacional de altura que permita una discusión abierta sobre una materia fundamental para el futuro de la República.
En un equipo de fútbol, ningún jugador gana solo. El delantero necesita de la jugada que construye otro compañero, la defensa depende de la coordinación de todos sus integrantes, el entrenador necesita que cada jugador comprenda la estrategia general. De esa manera, la victoria pertenece al equipo. La política democrática funciona de la misma manera, porque ningún dirigente, partido o sector puede recuperar y fortalecer por sí solo las instituciones debilitadas durante décadas. La reconstrucción requiere cooperación, confianza y la conciencia de que el objetivo común está por encima de cualquier protagonismo personal.
La final entre España y Argentina deja una conclusión sencilla: nadie gana solo. La reconstrucción de la república exigirá una visión de país, pues no triunfa quien reúne las mejores individualidades, sino quien logra integrarlas en un proyecto colectivo. Solo así será posible construir una república al servicio de los ciudadanos.
Esa es la lección que nos deja la selección española de fútbol.
Ramón Escobar León








