El libro bíblico del Éxodo (12) narra la institución de la Pascua, la cena celebrativa central judía en que el sacrificio de un cordero celebra el paso liberador de Dios. El ritual define la pregunta que hacen los hijos a sus padres sobre el significado de lo que se festeja. El padre da el motivo: la liberación del pueblo de Israel, dominado por el Egipto del Faraón y el inicio del Éxodo hacia la tierra prometida.
Una canción coriana inspirada en ese diálogo refiere el encuentro fundacional de Venezuela, tejido por el conquistador español don Juan de Ampíes y el cacique caquetío Martín Manaure, caballeros los dos según la apreciación del cronista versificador don Juan de Castellanos. A la sombra de un cují, bajo el cual se tuvo la celebración de la primera misa en la región, se dio el nacimiento de lo que sería nuestro país, mestizo y católico, muy pronto constituido como provincia y también como diócesis (la primera que se creó, formó y perseveró en América del Sur).
La canción relata: “Por aquí comenzó, de médanos y sol, el cují nos dio la cruz y El Carrizal una flor. Don Martín y don Juan, caballeros los dos, en Coro se encontraron, Venezuela comenzó”. La cruz, elaborada con madera del histórico cují, se conserva en el monumento erigido en la Plaza San Clemente, en el corazón de la zona colonial, y la flor simboliza la Virgen de Guadalupe, de quien una pintura representativa recaló a comienzos del siglo XVIII en una playa cercana a La Vela y desde entonces se venera en el vecino poblado de El Carrizal (ahora, desde 1928, como Patrona diocesana).
El citado cronista ilustra lo amistoso del encuentro: el ibero, viendo en el caquetío “persona tan urbana… diole noticia de la fe cristiana” y lo preparó para el bautismo, que recibió junto con la familia. Fue un inicio pacífico, bien distinto del belicoso y paralizante que había fracasado en el oriente cumanés. El “por aquí” coriano ubica las bases estructurales de Venezuela en su provincia y su diócesis (1531), ambas primeras.
Se avecina el quinto centenario de la fundación de “Nuestra Señora Santa Ana de Coro” (26 de julio de 1527). El acontecimiento reclama una digna celebración, no solo regional, sino también nacional. Fue el origen de una ciudad y, con ella, de un país: nuestro país.
El escenario criollo de la conmemoración es desafiante. El encuentro amistoso fundacional interpela a los venezolanos de hoy, en seria confrontación, cuya palmaria expresión constituye:
La cuarta parte de la población forzadamente emigrada
Centenares de presos por disentir de lo que los gobernantes piensan y quieren
Una hegemonía comunicacional tendiente a la homogeneización ideológica del pensamiento ciudadano.
Felizmente, el tiempo humano es, en perspectiva de lo disponible y operable, solo un fugaz presente en apertura dinámica a un porvenir que, pasajero también, encierra posibilidad y entraña corresponsabilidad. Lo que pudo haber sido y no fue se queda en simple posibilidad, lamento o advertencia. Lo que interesa es sacar lecciones para la construcción de un futuro consistente, deseable u obligante. San Pablo da a este propósito un sabio consejo: “Lo que sí hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta” (Fil. 3, 13-14).
Todo proceso de cambio entraña cosas de las cuales es preciso responsabilizarse, pero la actitud rectora ha de ser eminentemente proactiva y constructiva. El Episcopado venezolano ha subrayado, ante la grave crisis, la necesidad de una refundación nacional, de un reencuentro venezolano en profundidad, apelando a lo mejor de nuestra tradición histórico-cultural y de la herencia cristiana.
Un factor negativo resaltante y causa patente del desastre venezolano ha sido un dañino nominalismo institucional, jurídico y, específicamente, constitucional. Nuestra Constitución, perfectible ciertamente, constituye un conjunto apto para regir ordenada y democráticamente el país. Basta leer su Preámbulo, sus Principios Fundamentales y, como muestra, el artículo 6. Pero esos textos se han quedado en palabras vacías, simples nomina. Junto a la declaración suprema de derechos y deberes, ha dominado el panorama en estas últimas décadas un proyecto que el Episcopado no ha dudado en calificar de totalitario.
A cinco siglos del encuentro nacional fundante de los caballeros don Martín y don Juan, la mejor celebración sería hacer de esta tierra de gracia un país reconciliado consigo mismo en verdad y libertad, justicia y fraternidad.
Ovidio Pérez Morales









