Orlando Viera-Blanco: Entrevista fabulada de Francisco Herrera Luque y Mariana Herrera

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Orlando Viera-Blanco: Entrevista fabulada de Francisco Herrera Luque y Mariana Herrera

Herrera Luque “detenía la historia” dicen sus críticos. No en los hechos, fechas, anécdotas o experiencias sino en un océano de vivencias que no hay otra manera vivirlas sino a través de lo que dicen sus protagonistas. La magia de Herrera Luque es ‘abrir las puertas de la otra historia´, donde conocemos a los personajes no de forma idealizada, sino de carne y hueso. Una dimensión que aparente ficción, que al releerla y cotejarla con lo vivido “detrás de las puertas” consigue una trepidante realidad.

Imagino la escena en la quinta San Martín, en Altamira. Es una tarde caraqueña y la luz entra oblicuamente por una ventana. En el ático se escucha el golpeteo de una máquina de escribir. Mariana Herrera me ha invitado a pasar. Su padre que no está, por un momento maravilloso, decidimos devolverlo a casa.

Con la sensación de tener al autor sentado frente a nosotros, fumando, tomando café, corrigiendo con su marcador negro una página recién salida de la máquina de escribir, acompañado de su consentida que habiendo dejado de ser niña se hizo una mujer, lo abordamos en su biblioteca de la Quinta San Martin en la 12 Transversal de Altamira.

—Por qué San Martin?

—Porque mi madre—Maria Luisa Luque Carvallo—era devota del prócer Argentino.
—Que cosas no Don Pancho, en esta misma biblioteca escribió Usted muchas de sus obras dedicadas a los grandes libertadores de la patria. Alegórico.

—Pues sí. Es aquí donde escribí buena parte de mi obra sobre Bolívar, Boves, Piar, Páez, Guzmán Blanco, Gómez y otros grandes personajes de nuestra historia. Pero le comento que aquí en este ático, también recibí grandes escritores e intelectuales. Pero advierte…

—Lo que más me hizo feliz fue que aquí crecieron mis cinco hijos [Francisco, Bernardo, Martín, Juan Manuel y Mariana] sembrando árboles y como dice mi negrita, María Margarita [su esposa] en mis encerronas y búsquedas solitarias donde mi musa era Venezuela.

—Doctor Herrera—le digo— ¿por qué hay que volver a leerlo?

Sonríe.

—Porque todavía no han terminado de entender lo que escribí.

Mariana interviene:

—Mi padre siempre nos decía que era muy consciente que sus libros no eran solamente historias, sino una leva de velo al alma compleja de un país

—Dejamos una pregunta en el tintero Dr. Herrera: —¿Qué piensa usted hoy de ese continuo de la obra del Libertador como maniqueísmo ideológico y político?.

—Yo Orlando como no soy político, no intento halagar. Soy psiquiatra, hombre de ciencias, prestado por los momentos a la novelística. Mi labor y mi deber son señalar fenomenológicamente la realidad que me rodea, independientemente del signo de las reacciones afectivas que produzcan. Estoy imbuido de una voluntad terapéutica.

—Muy bien, entonces…

—Bueno, que cada quién llegue a sus conclusiones. Mi misión es la verdad. Si algunos toman la obra del libertador como un pergamino ideológico deberán ser responsables y coherentes con lo que ello demanda. La modernidad material no garantiza modernidad moral.

—Caramba, lo material no garantiza lo moral. Fue por esa razón que fue tan criticado por su novela La casa del pez que escupe el agua. Decía Usted que en esos aposentos de Gómez se escupía la honestidad, la moral, la dignidad, la nobleza familiar. Fuerte.

—Mire Usted. Dijeron que había irrespetado [en esta novela] a figuras ilustres. Pues me vi obligado—para ser coherente con el espíritu familiar que priva a la Academia de Medicina—de presentar con carácter irrevocable mi renuncia como miembro. Y agrega Herrera, ajustándose los lentes:

—El papel de sus miembros es el de cantar grandezas que nunca fueron, o silenciar indignidades que sí existieron. No está en mi estilo ni en mí proceder de tal forma.

Mariana nos interrumpe:

—Orlando, ¿un café? Conocía a su padre y sabía que cuando se reclinaba en su butaca y miraba fijamente, estaba incómodo.

Herrera el médico, el psiquiatra.

Mi Papá [Orlando Viera Acosta] fue un gran admirador de Herrera Luque. Además de colega a quien conoció en Salamanca, papá decía que Herrera Luque no era un hombre desafiante. En todo caso un provocador. El desafiante reta directamente, confronta; el provocador introduce una idea, una imagen que obliga a quien le lee, a reaccionar. Eso buscaba Herrera: provocar nuestra consciencia histórica—como buen psiquiatra—y cuestionar la oficial.

Lo fascinante de Herrera Luque es que cita la historia y construye sus personajes con las propias vivencias de ellos. Roberto José Lovera De Sola afirmó que Herrera Luque debía ser “siempre leído y siempre recordado” porque gracias a sus páginas pudimos penetrar “el alma de Venezuela, en sus graves conflictos y enigmas”. Nicomedes Febres Luces sostiene que su obra puso de relieve el “complejo cultural y genético de nuestro país”.

Así, mi padre comentaba que la mejor manera de aproximarse a Herrera Luque era comenzar por el médico. Antes de ser novelista fue psiquiatra. Y nunca abandono su profesión. Hizo de la literatura el instrumento para mirar la historia, a fondo.

—Usted examinaba a Venezuela como si fuera un paciente.

—No exactamente.—Un paciente tiene una historia clínica. Venezuela tiene muchas historias clínicas superpuestas.

—Su propósito consistía en auscultar aquello que normalmente queda fuera de los manuales: los complejos, los miedos, los resentimientos, las formas de mandar y obedecer, la fascinación por el caudillo, la violencia convertida en costumbre. En otras palabras, la psicología profunda de una sociedad.

—Esa es su conclusión. No me disgusta.

Mariana nos interrumpe.

—Papá, Orlando, ¿desean otro café?…

—Ya va Mariana, pemíteme una aclaratoria.

—Doctor, somos acomplejados? Herrera me mira fijamente.

—Eso se lo tiene que responder usted.

—¿Por qué?

—Porque usted vive después de mí y si me ha leído, sabrá si lo somos e incluso si lo es Usted.

—Pero usted dejó las claves.

—Las claves no son las respuestas.

—Dígame entonces ¿Somos caudillistas, sumisos o contestatarios al poder? ¿En ese un complejo heredado de antepasados indómitos, hambrientos de violencia y dominios después de acabada la ocupación árabe y la caída de Granada, qué tenemos?

—Queda mucho y no queda nada. Queda irreverencia y nobleza. No quedan odios sino tensiones por resolver

—¿Somos democráticos?

—No.

—¿Igualitarios?

—Sí, pero con cuidado.

—¿Rebeldes?

—Mucho.

—¿Personalistas?

—Demasiado.

—¿Institucionalistas?

Hace una pausa.

—Podemos serlo. Pero hagamos caso a la muchacha [Mariana]: tomemos un café y fumemos juntos.

Herrera Luque con media sonrisa se levanta, toma un libro, espera la llegada del café, me invita un cigarrillo y enciende el propio. Toma el libro que habíamos citado. La casa del pez que escupe el agua. Aquí comenzaría una provocadora discusión. Me sentía que el entrevistado [el paciente ansioso] era yo.

Herrera Luque y Gómez: El hombre que no escupe.

Senta Essenfeld comprendió la dimensión de esta obra. Sobre una interpretación de La casa del pez que escupe el agua [1976] Herrera Luque le expresó a Senta ‘que se sentía bien interpretado por lo que ella había escrito en la revista Resumen, sobre todo por su preocupación por la psicogénesis de Juan Vicente Gómez.

—¿Y qué pretendía hacer con esa diagnosis?

La respuesta está en una de sus confesiones más reveladoras.

Mariana escucha y sonríe: —Eso explica mucho de papá. Él no soportaba las medias verdades. Y allí aparece uno de los rasgos fundamentales del carácter de papá: su voluntad de decir lo que otros preferían callar.

Hay algo particularmente revelador en la biografía doméstica de Herrera Luque: el hombre que escribió sobre el poder y la violencia venezolanos vivió una existencia familiar rigurosamente organizada. María Margarita Terán [su esposa] lo describió en un tríptico: “querer”—disposición a ser—, “poder”—capacidad de hacer—y “hacer”—ejecutarlo—. A esa ‘santísima trinidad’ lo acompañaban otras tres exigencias: silencio, cigarrillo y café. !Y de que manera! Llevo poco más de una hora en el ático y ya lleva tres tintos y perdí el número de cigarrillos [fumados juntos].

—¿Era realmente tan disciplinado?—pregunto.

—Más de lo que imaginan—dice Mariana—. Y también más afectuoso. Todos fuimos criados con mucho amor, esfuerzo, en un hogar lleno de valores morales y sobre todo donde se les inculcó amor por el país. La puntualidad era inclemente, como la hora de comer juntos o sólo ver televisión después de las 6;00 pm.

La casa de Altamira, San Martín, terminó siendo casi un personaje más de la familia Herrera-Terán. Volvemos a la vida familiar

—Papá [interviene Mariana, ahora haciendo ella de moderadora]. —Coméntale a Orlando cómo compraste la quinta San Martín?

Herrera Luque se acomoda en su silla.

—Con trabajo, con necesidad y con una buena dosis de atrevimiento.

—Como médico al servicio público y no tantos pacientes al inicio de mi carrera, carecía de recursos como para comprar una casa en Altamira. Vivimos alquilados en distintos lugares.

—Finalmente apareció la quinta La Tercera, propiedad del general Elías Antonio García Barrios. !Costaba 190 mil bolívares!. Con qué…se sienta uno. Pero el dinero para la cuota inicial apareció de una providencial: Mi abuela—Alejandrina Carvallo de Luque—me había donado un galpón en Quinta Crespo que fue expropiado para una obra pública. De allí salió la cuota inicial.

—Fue mi primera y única casa—nos dice Herrera Luque.

—Y siempre pensé que de allí saldría con los pies por delante, casa en la cual, nuca se escupió el agua…nos dice aspirando y soltando una humeada entre sonrisa, nostalgia y complacencia.

La vida, sin embargo, modificó el destino. La enfermedad de su hijo Juan Manuel obligó a la familia a venderla. En 1989 se mudaron a un apartamento en La Castellana. María Margarita había cumplido una función silenciosa y decisiva: “Siempre me sentí volcada a quitarle a Pancho las mayores preocupaciones domésticas para que realizara su obra, pero como ella repetía, su musa era Venezuela”. Cuanta nobleza, amor y pasión en una pareja.

Los viajeros que trajeron la guerra.

—Hablemos de Los viajeros de Indias—le digo.

El rostro de Herrera Luque se vuelve más severo.

—Aquí está probablemente la clave de todo su pensamiento. Su tesis—polémica y deliberadamente provocadora—parte de una pregunta: ¿quiénes fueron realmente los hombres que poblaron la Venezuela colonial?

No imaginaba yo [quien escribe este dialogo imaginario] la conquista como una simple empresa de colonización, sino como la continuación de una cultura guerrera. El ejército de la Reconquista—terminado el combate en España—quedó cesante. Hombres acostumbrados a la guerra, al mando, a la violencia y a la aventura encontraron en la ruta de Las Indias, una nueva frontera, si acaso una nueva empresa.

—¿Usted sostiene que Venezuela nació de una mentalidad guerrera?. Herrera vuelve a reclinarse.

—Sostengo que no podemos comprender la sociedad que vino después sin comprender a los hombres que la fundaron. —La imagen es poderosa. Hombres de la reconquista que al quedar sin guerra, llevan la guerra consigo. No se adaptan fácilmente a la paz porque su identidad se había formado alrededor del combate, el honor, el mando y la conquista. Y agrega Herrera Luque:

—A los “viajeros de Indias” le concedo una influencia decisiva en la formación de las élites coloniales. Aquel grupo humano habría fundado normas, arquetipos, relaciones y escalas de valores que luego atravesaron la sociedad venezolana.

—Doctor, la tesis debe leerse hoy como una explicación genética literal del venezolano.

—No. Lo verdaderamente fértil es comprenderla como una hipótesis cultural sobre la transmisión de comportamientos: la violencia, el individualismo, la intolerancia, la audacia, la dificultad para aceptar límites y la fascinación por quién manda.

—¿La fascinación por los hombres de poder?

—No se fascine Usted mismo por ellos ni por tesis simplistas.

—¿Simplista?

—Una sociedad Orlando no hereda solamente apellidos, tierras y riquezas. También hereda maneras de reaccionar, modales o malos hábitos.

Mariana nos interrumpe:

—Maneras de amar, de querer, hacer o deshacer, apreciar o despreciar.

—Creo que hay una historia debajo de otra historia, un océano debajo del mar [!?].

—Lea a Unamuno Orlando, y a Juan Miguel Rossi. Es lo que llaman la intrahistoria, un mar debajo de la espuma. Lo que vemos es solo la estela o la superficie. La vida y la verdad están abajo.

La intrahistoria: la historia debajo de la historia

—¿Cómo define Usted la intrahistoria?

—Que me gusta el término y me habría interesado, porque la historia que importa no siempre ocurre en las plazas, sino detrás de sus portones.

Juan Miguel Rossi [justo citarle como estudioso de Herrera Luque] ofrece una de las mejores claves del dossier: la intrahistoria, concepto asociado a Unamuno; aquello que ocurre “por debajo del estruendo de las fechas solemnes”: hábitos, miedos, devociones, resentimientos y arreglos cotidianos. “Si la historia visible es la espuma, la intrahistoria es el mar”.

En Los amos del valle, la patria aparece antes de la patria: en la hacienda, en el apellido, en la casa grande, en las jerarquías, en el miedo a la plebe. En Boves el urogallo, aquella violencia soterrada se convierte en estampida En La casa del pez que escupe el agua, la modernidad cambia los muebles pero no necesariamente las jerarquías. Y en Los cuatro reyes de la baraja, la política reaparece como un juego de pactos, lealtades, favores y personalismos. La luna de Fausto, cierra ciclo, luminosamente.

—Don Pancho [después de un litro de Café y una cajetilla de Viceroy entro en confianza]. Entonces ¿la historia política es apenas la superficie?

—La política es el escenario. Pero los actores llegan al escenario cargando su casa, su familia, sus miedos y sus antepasados.

—La frase central del ensayo de Rossi resulta contundente: “la intrahistoria funciona como una teoría narrativa del poder y del carácter venezolano”.

Es allí entonces [nota mía] donde la obra adquiere una dimensión extraordinaria. Herrera Luque no solamente pregunta quién gobernó. Pregunta por qué una sociedad acepta determinado tipo de gobernante. Incuestionable. Esa es la pregunta más peligrosa, aun sin responder, históricamente…

El petróleo y la ilusión de la abundancia.

—Doctor Herrera, el petróleo es un minutauro, un demonio o una bendición de tierra de gracia, mal correspondida.

—Quizás un poco de todo eso. Pero quiero ir más allá. Venezuela descubrió uno de sus mayores dones y una de sus mayores maldiciones: La abundancia. Un país relativamente pequeño en población comenzó a disponer de una riqueza extraordinaria.

—Pero esa riqueza creó movilidad, educación. Urbanización, salud, infraestructura. Clase media.

—Pero también Orlando creó una ilusión que el Estado podía resolverlo todo. Éste es uno de los grandes malentendidos venezolanos. Confundimos durante demasiado tiempo riqueza nacional con capacidad ilimitada del Estado.

—Pero el petróleo Doctor, permitió financiar sueños que parecían infinitos.

—Muy bien. Pero cuando los sueños superaron los ingresos, apareció la deuda, el reparto y el nuevo-riquismo. Los nuevos “mantuanos” pues…

Herrera de reclina en la silla.

—-Cuando la deuda superó la capacidad de pago, apareció la inflación. Cuando la inflación destruyó la confianza, apareció la antipolítica. Y cuando la antipolítica triunfó, volvió el salvador, el providencial, el taita, el hombre que escupe el agua. Y volvemos a la pregunta con la cuál Usted comenzó esta conversación: ¿Hemos hecho de la historia un coloquio de ideologización?

—Me inclino en mi silla, enciendo un cigarrillo y le miro fijamente.

De pronto Mariana—que había ido a ver si ‘la trufa estaba en su punto´. Con su voz ronca pero con determinante entra y nos dice: bajemos a comer. La mesa está servida.

En nuestra próxima entrega: Herrera Luque, Mariana y los cinco reyes de la baraja. Descubra Ud quien seria ese quinto jinete, y mucho más de nuestros próceres….

 

Orlando Viera-Blanco

*Abogado. Ex Embajador en Canadá. Activista de DDHH.

@ovierablanco Vierablanco@gmail.com

 

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