Marta Lucía Ramírez: Los desastres no tienen fronteras

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Marta Lucía Ramírez: Los desastres no tienen fronteras

No sabemos cuándo ni dónde ocurrirá el próximo desastre. Sí sabemos que prepararnos juntos marcará la diferencia entre perder vidas y salvarlas.

Qué tienen en común Afganistán, Bélgica, Chile, China, Colombia, Croacia, España, Francia, Grecia, Indonesia, Madagascar, Malawi, Mozambique, Perú, la República Dominicana y Venezuela?

A 23 de agosto de 2026, estos son algunos de los países con los principales desastres naturales registrados en lo corrido de este año: terremotos, inundaciones, ciclones e incendios forestales en distintos continentes.

La agregación propia de los reportes disponibles de Naciones Unidas, gobiernos y organismos internacionales supera 6.500 muertos y cuatro millones de personas afectadas, desplazadas o evacuadas. No es un consolidado oficial de la ONU y probablemente estas cifras sean inferiores al impacto real, pues las metodologías de medición difieren y muchos países no han cerrado sus balances.
Los desastres no distinguen entre países ricos y pobres, ni entre el norte y el sur global. Los terremotos devastadores de Venezuela y Colombia; las inundaciones y deslizamientos de China, Mozambique, Malawi y Afganistán; los ciclones de Madagascar e Indonesia y los incendios que han golpeado a España, Francia, Grecia, Croacia, Bélgica y Chile muestran que ningún país está al margen de amenazas. Perú, tras el terremoto del 20 de agosto, registró daños en viviendas e infraestructura, pero afortunadamente las consecuencias humanas fueron menores.

Como señala Naciones Unidas, la crisis climática está aumentando la presión humanitaria asociada a inundaciones, olas de calor, sequías y tormentas.

Pero comparar tragedias exige prudencia: la magnitud del fenómeno, la vulnerabilidad de las construcciones, la concentración de población, las condiciones geográficas y la pertinencia institucional son diferentes.
Lo que sí puede compararse es la capacidad de respuesta. Instituciones sólidas, coordinación entre el Estado y el sector privado, credibilidad del Gobierno y solidaridad ciudadana son determinantes para responder oportunamente, salvar vidas y comenzar la reconstrucción.

En Colombia hemos visto una movilización conmovedora. Tranquiliza tener un gobierno comprometido en trabajar personalmente en los lugares afectados, con el jefe de Estado, el Vicepresidente y sus esposas a la cabeza, los ministros y esa convocatoria desde la Andi a los empresarios colombianos, de los cuales Colombia tiene que sentirse muy orgullosa. Varios millones de toneladas de ayudas, personas de todos los niveles sociales acudiendo a los centros de acopio a llevar y clasificar la asistencia, e incluso desplazándose a apoyar a las comunidades afectadas, como vimos en Bogotá, fue sobrecogedor y nos hace sentir más colombianos que nunca.

También es muy valioso que el Gobierno haya convocado a los más importantes empresarios. La imagen del Presidente reunido con algunos de los principales empresarios colombianos transmite un mensaje de esperanza: la reconstrucción no será tarea exclusiva del Estado. Requerirá capital, conocimiento, planeación, gerencia, visión de largo plazo, capacidad de gestión, horas de voluntariado y compromiso nacional.
Instituciones sólidas, coordinación entre el Estado y el sector privado, credibilidad del Gobierno y solidaridad ciudadana son determinantes para responder oportunamente, salvar vidas y comenzar la reconstrucción
Esta tragedia también nos obliga a mirar hacia adentro. Lo que sucedió en la UNGRD es un crimen de humanidad. El deterioro institucional de la Unidad para la Gestión del Riesgo no puede repetirse. La reconstrucción es una oportunidad para una verdadera reingeniería institucional, con transparencia, innovación, eficacia y agilidad en la contratación, ‘compliance’, controles, y capacidad permanente de prevención y respuesta.
Y debemos mirar más allá de Colombia.

Hoy, con vientos favorables para la cooperación presidencial en América Latina, podríamos construir un sistema regional de prevención y respuesta a desastres, capaz de movilizar rápidamente equipos de rescate, ingenieros, personal médico, logística y maquinaria; coordinar ayuda internacional y empresarial; compartir tecnología, información y capacidades. Sería un ejemplo para aplicar con ONU en diferentes regiones del mundo.

No sabemos cuándo ni dónde ocurrirá el próximo desastre. Sí sabemos que prepararnos juntos puede significar la diferencia entre perder vidas y salvarlas.

 

Marta Lucía Ramírez

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