En un mundo dominado por la gratificación instantánea de los teléfonos inteligentes, las generaciones más jóvenes han iniciado un desplazamiento hacia lo tangible. La tendencia, que abarca desde el resurgimiento de los vinilos hasta el uso de agendas físicas, ha llevado a Fujifilm a rescatar un ícono de la década de los ochenta: sus cámaras desechables.
La multinacional japonesa relanza dos modelos históricos de su línea QuickSnap, conocidos en Japón como Utsurun-desu.
Desde su debut en 1986, esta serie ha distribuido más de 1.700 millones de unidades a nivel global. Su éxito original radicó en la simplificación del acto fotográfico: un dispositivo ligero, accesible y sin barreras técnicas que transformó la fotografía de un evento solemne a una práctica cotidiana.
Ryuichiro Takai, director general del Grupo de Imagen para el Consumidor de Fujifilm, sostiene que este legado fue, precisamente, el precursor de la cultura de captura constante que hoy definen los dispositivos móviles.
Sin embargo, señala EFE, el atractivo actual reside en lo opuesto a la inmediatez digital.
“El valor de la experiencia única que ofrece el revelado sigue calando hondo, especialmente entre los usuarios jóvenes”, explica Takai. Avanzar la película, encuadrar a través del visor y, sobre todo, esperar. Es en esa pausa previa al revelado donde reside el valor diferencial del formato analógico.
Fujifilm, diversificada
La marca planea diversificar esta oferta con un modelo acuático en agosto y una versión de película en blanco y negro para septiembre, buscando ampliar las posibilidades creativas del usuario.
En 2024, el fotógrafo japonés conocido como Yusa Film viralizó una serie de videos en redes sociales donde cedía cámaras desechables a extraños en las calles de Tokio. Su objetivo no era solo obtener una imagen, sino documentar la interacción humana que surge al compartir un dispositivo que exige paciencia.
“Sentí que el proceso generaba recuerdos más allá de la fotografía misma, a través de la experiencia compartida”, señala Yusa.
Para el creador, este interés no es una moda pasajera, sino un retorno a una forma de memoria familiar. El acto de llevar el rollo a revelar y esperar con incertidumbre los resultados se ha convertido en un ritual de cohesión.
Mientras la industria tecnológica acelera el ritmo de la imagen, la fotografía analógica se consolida como un refugio de lentitud, donde el recuerdo se construye no solo en el clic del obturador, sino en la espera compartida del revelado.
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