Antonio de la Cruz: Cuando esperamos que otro nos salve 

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Antonio de la Cruz: Cuando esperamos que otro nos salve 

Venezuela y veinticuatro años aprendiendo a esperar

Hay una manera habitual de leer una encuesta política: preguntar quién sube, quién baja, quién inspira confianza y quién la pierde.

Pero quizá esa sea la manera menos interesante de leer hoy la encuesta de Meganálisis.

Sus resultados contienen una aparente paradoja. Para 79,3% una elección presidencial es lo más urgente; 88,4% considera muy urgente la salida del chavismo del poder; 89,8% quiere eliminar los consejos comunales y 96,6% piensa que recuperar el país será imposible mientras persista la corrupción.

Es difícil encontrar mayor claridad declarada sobre el cambio deseado.

Sin embargo, 82,4% desconfía de la nueva mesa de diálogo y 85,4% sospecha que políticos y empresarios pueden estar utilizando la transición para ganar tiempo o apropiarse de recursos.

La combinación plantea una pregunta psicológica: ¿qué ocurre cuando una sociedad sabe lo que quiere, pero desconfía de los mecanismos y actores encargados de conseguirlo?

Antes de responder, una cautela fundamental: una encuesta política no es una evaluación psicológica. Meganálisis registra respuestas declaradas en un momento determinado. No permite diagnosticar a una sociedad como indefensa, traumatizada, dependiente o pasiva, ni demostrar que experiencias pasadas causen comportamientos presentes.

Para ello necesitaríamos escalas psicológicas, mediciones de eficacia política, entrevistas y estudios longitudinales.

Lo que podemos formular es una hipótesis: ¿son estos resultados compatibles con un aprendizaje político acumulado durante más de dos décadas de expectativas frustradas?

La puerta que nunca termina de abrirse

Imagine una puerta cerrada. Una persona intenta abrirla. Fracasa. Cambia de llave. Vuelve a intentarlo. Busca ayuda. Empuja junto con otros. Nada ocurre. Después de suficientes intentos puede comenzar a reducir sus expectativas sobre la utilidad de continuar. La metáfora ayuda a pensar la experiencia venezolana.

Desde 2002, distintos episodios fueron percibidos por amplios sectores como oportunidades de transformación. Abril de 2002 fue uno. La disputada elección de 2013 produjo otro momento de expectativa. En 2014 regresó la movilización. La victoria parlamentaria opositora de 2015 abrió una vía institucional.

En 2019, Juan Guaidó concentró una nueva ola de esperanza acompañada por amplio respaldo internacional. En 2024, la elección presidencial volvió a activar expectativas de cambio.

Finalmente llegó 2026. La salida de Maduro pudo ser interpretada como el comienzo definitivo de la transición.

Pero apareció una contradicción: Maduro salió, pero la democracia todavía no llegó.

Estos episodios no fueron iguales ni tuvieron necesariamente las mismas consecuencias psicológicas. Tampoco fueron experimentados del mismo modo por todos los venezolanos. Edad, clase social, emigración, región, experiencia de represión y preferencias políticas importan. Pero las sociedades poseen memoria y resulta razonable preguntar si esas experiencias acumuladas ayudan a contextualizar la desconfianza actual.

Lo que dicen los porcentajes

Consideremos conjuntamente dos resultados.

Según los datos, 79,3% considera prioritaria una elección presidencial y 82,4% desconfía de la nueva mesa de diálogo. Esto no demuestra que una cosa cause la otra, pero permite plantear una interpretación: «Sé qué resultado quiero, pero no confío en el mecanismo que me dicen que permitirá alcanzarlo».

Añadamos que 85,4% sospecha de políticos y empresarios. Surge una configuración significativa: alta demanda de cambio + elevada desconfianza hacia los intermediarios.

Sería tentador denominarla inmediatamente «indefensión aprendida colectiva». Sería metodológicamente incorrecto.

Para demostrar ese fenómeno habría que medir expectativas de control, relación percibida entre conducta y resultado, disposición a actuar y persistencia frente a obstáculos.

Meganálisis no mide directamente esas variables, pero permite formular una pregunta más rigurosa: ¿la repetición de experiencias políticas frustrantes podría estar asociada con una disminución de la percepción de eficacia política?

Una afirmación diagnostica, la otra investiga.

«Yo esa película ya la vi»

Cuando esperamos repetidamente algo que no ocurre, podemos protegernos reduciendo nuestras expectativas. «Yo esa película ya la vi». La frase puede expresar experiencia, escepticismo racional, cinismo o protección emocional. Una encuesta convencional no permite distinguirlos.

Por eso, el hecho de que 82,4% desconfíe del diálogo no demuestra que los venezolanos estén evitando psicológicamente otra decepción. No obstante, sí justifica preguntar cuánto pesan las experiencias anteriores en la evaluación de una negociación presente.

La desconfianza puede proteger frente al engaño. También puede producir otra consecuencia: protegernos de volver a esperar.

Si no espero, no me decepcionan.

Si no participo, no fracaso.

Si no confío, no pueden traicionarme.

A corto plazo, la estrategia reduce vulnerabilidad emocional. A largo plazo, podría reducir capacidad de acción.

Del ciudadano al espectador

Aquí aparece otra distinción fundamental.

Los datos no describen una sociedad indiferente. Todo lo contrario: las demandas de elecciones, transformación institucional y lucha contra la corrupción son abrumadoras. Pero preferencia no es conducta.

Querer elecciones no significa necesariamente participar en una organización. Rechazar la corrupción no demuestra disposición a asumir costos para combatirla. Desconfiar de dirigentes tampoco implica pasividad.

Para hablar rigurosamente de pérdida de agencia necesitaríamos medir participación, intención conductual, eficacia individual y colectiva y disposición a asumir costos.

La pregunta correcta es otra: ¿existe una brecha entre la intensidad con que los venezolanos desean el cambio y la capacidad que creen tener para producirlo?

Esa diferencia puede resultar decisiva, porque después de suficientes intentos frustrados la pregunta puede desplazarse desde «¿qué podemos hacer?» hacia «¿quién puede hacerlo por nosotros?».

El experimento Trump

Aquí aparece uno de los resultados más llamativos.

Según Meganálisis, la aprobación de Donald Trump habría pasado de 92,2% en enero a 9,7% en agosto, mientras 69,2% declara que ya no confía en que quiera lo mejor para Venezuela.

El dato demuestra una extraordinaria variación de opinión. No demuestra por qué ocurrió.

Una hipótesis es que parte de la aprobación inicial incorporaba enormes expectativas sobre la capacidad de Estados Unidos para producir la transición. Otra es que el descenso responde a políticas concretas, información nueva, desacuerdos o múltiples factores simultáneos.

Sin preguntas específicas no podemos establecer causalidad.

Pero el patrón permite considerar un modelo: expectativa → idealización → espera → frustración → desilusión.

Después de sucesivos fracasos internos, la esperanza pudo desplazarse hacia quien poseía mayor poder.

«Nosotros no pudimos».

«Nuestros dirigentes no pudieron».

«Washington sí puede».

El actor internacional habría dejado así de ser percibido únicamente como aliado para ocupar, entre algunos sectores, la función simbólica de solucionador.

Cuando el salvador tiene intereses

Otro dato refuerza la pregunta.

Como una operación principalmente vinculada al petróleo interpreta 70,1% la salida de Maduro, mientras apenas 8,9% la entiende fundamentalmente como una liberación de Venezuela.

El resultado no demuestra cuáles fueron las motivaciones reales de Estados Unidos. Demuestra cómo los encuestados interpretan esas motivaciones.

Para la conducta política, esa percepción importa.

La expectativa pudo ser: «Vinieron a ayudarnos a recuperar la libertad».

La interpretación posterior: «Vinieron por sus intereses».

En medio de ambas aparece la distancia entre imaginar un salvador y descubrir un actor geopolítico. Quizá esa sea una de las lecciones psicológicas más importantes de 2026: un aliado puede ayudar y simultáneamente tener intereses propios.

La profecía peligrosa

Después de suficientes frustraciones puede surgir una conclusión: «Nada funciona».

Si una persona cree que actuar no sirve, podría participar menos. Menor participación puede reducir capacidad colectiva. Menor capacidad puede dificultar el cambio y la ausencia de cambio termina confirmando la creencia inicial: «¿Ves? Nada funciona».

Ese sería el mecanismo de una profecía autocumplida, pero nuevamente debemos ser cuidadosos: Meganálisis no demuestra que esté ocurriendo. Para establecerlo necesitaríamos evidencia longitudinal que conectara expectativas de ineficacia con reducción posterior de participación.

Por ahora es un riesgo teórico, no un diagnóstico.

La pregunta que realmente importa

Con todas estas cautelas, la encuesta resulta todavía más interesante.

Muestra una sociedad con una extraordinaria demanda de transformación, una profunda desconfianza hacia determinados intermediarios y una caída pronunciada de confianza en un actor externo sobre el cual pudieron haberse depositado grandes expectativas.

Eso conduce a una pregunta más fértil que cualquier ranking de popularidad: ¿veinticuatro años de expectativas políticas repetidamente frustradas han modificado la percepción de eficacia, responsabilidad y agencia de los venezolanos?

Meganálisis no puede responderla completamente, pero permite formularla y detrás aparece otra cuestión todavía mayor: ¿está Venezuela buscando al próximo salvador o comenzando a dejar de creer en salvadores?

Son caminos completamente distintos.

El primero puede conducir nuevamente al ciclo de esperanza, idealización, fracaso, culpable y nuevo héroe. El segundo podría conducir hacia algo políticamente más maduro.

El dirigente dejaría de ser salvador para convertirse en representante. Estados Unidos dejaría de ser salvador para convertirse en aliado con intereses propios. Una elección dejaría de ser el acontecimiento mágico que resolverá todos los problemas para convertirse en una institución fundamental dentro de una democracia.

El ciudadano dejaría de preguntarse: «¿Quién se hará cargo?»,para formular una pregunta diferente: «¿Qué parte nos corresponde?».

Los porcentajes de Meganálisis nos dicen bastante sobre qué quieren los venezolanos y de quiénes desconfían, pero todavía necesitamos medir algo más profundo: ¿qué creen que pueden hacer ellos mismos para transformar aquello que quieren cambiar?

Después de veinticuatro años esperando que alguien abra la puerta, esa puede ser la variable decisiva.

No sabemos todavía si Venezuela ha aprendido a esperar al próximo salvador o si está comenzando a descubrir algo mucho más importante: que también puede empujar la puerta.

 

 

Antonio de la Cruz

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