Hay libros que sobreviven a sus autores porque terminan convirtiéndose en una forma de pensar el tiempo. La Odisea es uno de ellos. Durante siglos hemos creído que narra la caída de Troya, el engaño del caballo de madera o la victoria de los aqueos. Homero eligió otra historia. Comenzó cuando todo había terminado. La guerra ya pertenecía a la memoria; el verdadero desafío consistía en regresar.
Hace unos días asistí a una nueva adaptación cinematográfica del poema. Como ocurre con todas las relecturas de los clásicos, la discusión pública se concentró en la fidelidad de la versión, en sus licencias narrativas y en la magnitud de su espectáculo visual. Sospecho que esa discusión, aunque inevitable, es secundaria. Los clásicos no perduran porque permanezcan intactos; permanecen porque cada época descubre en ellos una verdad distinta. Al salir de la película comprendí que no acababa de contemplar únicamente el regreso de Odiseo a Ítaca. Había visto, sin proponérmelo, una imagen de Venezuela.
No porque las naciones puedan confundirse con las epopeyas homéricas ni porque la política admita equivalencias tan sencillas como las alegorías. Sería un error buscar héroes épicos entre los protagonistas del presente. Lo que permanece es la arquitectura del relato. Hay pueblos que todavía luchan por conquistar su Troya; otros descubren, demasiado tarde, que la guerra era apenas el prólogo y que la verdadera prueba comienza cuando llega la hora de volver al hogar. Venezuela pertenece a esta última categoría.
Quizá por eso la entrevista concedida recientemente por María Corina Machado a Luis Olavarrieta me produjo una impresión inesperada. Al escucharla advertí que su relato no estaba construido alrededor de la conquista del poder, sino alrededor del regreso a la legitimidad. La diferencia parece sutil, pero cambia el sentido de toda la historia. Conquistar una ciudad y recuperar un hogar son empresas profundamente distintas. La primera depende de la fuerza o de la astucia; la segunda exige paciencia, memoria y perseverancia.
Toda revolución imagina que la batalla decisiva resolverá el destino de una nación. Homero pensó exactamente lo contrario. La guerra de Troya dura 10 años; el regreso de Odiseo, otros 10. La victoria es un episodio. El retorno constituye la verdadera historia.
Quizá ese sea el error más frecuente de la política contemporánea. Confundimos el instante espectacular con el desenlace. Celebramos la caída de una fortaleza, la derrota de un adversario o el triunfo de una elección, como si esos acontecimientos clausuraran el conflicto. Homero sabía que el combate exterior suele ser más breve que el combate interior. Derrotar al enemigo puede requerir inteligencia; reconstruir una comunidad exige algo mucho más difícil: aprender nuevamente a habitarla.
Vista desde esa perspectiva, la historia reciente de Venezuela parece haber abandonado el lenguaje de la guerra para entrar en el lenguaje del regreso. Durante años la discusión giró alrededor de quién ocuparía el poder. Hoy la pregunta comienza a ser otra: ¿cómo se reconstruye un Estado cuya legitimidad ha sido erosionada durante décadas? ¿Cómo se restablece la confianza entre ciudadanos que han aprendido a sobrevivir desconfiando unos de otros? ¿Cómo se vuelve a una casa que continúa en pie y, sin embargo, ya no parece la misma?
Los griegos llamaban nostos al regreso. La palabra suele traducirse simplemente como retorno, pero encerraba un significado más profundo. No designaba únicamente el viaje físico hacia el hogar. Nombraba la transformación del viajero. Nadie regresaba siendo el mismo hombre que había partido. La travesía modificaba incluso aquello que parecía inmutable.
Quizá también las naciones posean su propio nostos. Tal vez ningún país pueda volver intacto después del exilio, de la violencia o de la fractura institucional. El regreso no consiste en restaurar exactamente el pasado, sino en construir un futuro capaz de reconciliarse con él. Esa, sospecho, es la verdadera travesía que todavía espera a Venezuela.
La diferencia entre Aquiles y Odiseo ayuda a comprender esa transformación. Aquiles representa la gloria inmediata. Su nombre permanece porque acepta una muerte temprana a cambio de una fama inmortal. Odiseo, en cambio, no busca la belleza del sacrificio, sino la obstinación del regreso. Su virtud no es la fuerza, sino la inteligencia; no es la velocidad, sino la resistencia. Mientras Aquiles pertenece al instante de la batalla, Odiseo pertenece al tiempo de la historia.
Durante mucho tiempo Venezuela pareció esperar un desenlace propio de la Ilíada: una confrontación definitiva que resolviera el conflicto de una vez y para siempre. Sin embargo, la realidad acabó pareciéndose más a La Odisea. Las victorias políticas, las derrotas del poder, las sanciones internacionales, las elecciones disputadas y aun los acontecimientos extraordinarios que alteraron el equilibrio del país no clausuraron el relato. Apenas cambiaron su escenario. El problema dejó de ser la caída de una ciudad, comenzó a ser la reconstrucción del hogar.
En ese sentido, la entrevista de María Corina Machado revela un cambio de lenguaje que acaso resulte más importante que cualquiera de sus afirmaciones concretas. El eje de su discurso no descansa sobre la conquista del poder, sino sobre la recuperación de la República. Esa diferencia separa dos concepciones de la política. Una entiende el poder como un botín, la otra lo concibe como un instrumento para restituir un orden perdido.
Los griegos llamaban oikos al hogar. La palabra designaba mucho más que una casa. Era el espacio donde la memoria, la autoridad, la familia y la comunidad encontraban un equilibrio. Perder el oikosequivalía a perder el lugar desde donde la existencia adquiría sentido. Por eso Odiseo rechaza la inmortalidad que le ofrece Calipso. Comprende que vivir para siempre carece de valor si ese tiempo infinito transcurre lejos de Ítaca.
También las naciones poseen un oikos. No está formado únicamente por edificios públicos o instituciones jurídicas. Lo constituyen las costumbres compartidas, la confianza en la ley, la posibilidad de disentir sin temor y la certeza de que el poder pertenece, en último término, a los ciudadanos. Cuando ese hogar se fractura, el territorio permanece, pero la república comienza a desaparecer.
Quizá por eso la palabra transición resulta insuficiente para describir lo que Venezuela enfrenta. Las transiciones suelen aludir al reemplazo de un gobierno por otro. Homero propone una idea mucho más exigente. El regreso implica recuperar un orden moral antes que un orden administrativo. Nadie vuelve simplemente porque atraviesa una frontera; vuelve cuando reconoce nuevamente el lugar al que pertenece.
Penélope comprende esa verdad mejor que cualquier otro personaje del poema. Durante siglos fue presentada como el símbolo de la esposa fiel. Homero le concede una tarea mucho más compleja. Mientras Odiseo navega por mares desconocidos, ella preserva la continuidad del reino. Su célebre telar no expresa únicamente paciencia, representa una forma silenciosa de resistencia. Cada noche deshace lo tejido durante el día para impedir que el tiempo legitime una usurpación.
La historia reciente de Venezuela parece contener una imagen semejante. La memoria electoral, las instituciones que sobreviven a pesar de su debilitamiento, la persistencia de una ciudadanía que se niega a considerar definitiva la pérdida de sus derechos, cumplen una función parecida a la del telar de Penélope. Conservan viva la posibilidad del regreso mientras otros intentan convencer al país de que la espera es inútil y que el olvido constituye la única forma posible de estabilidad.
Toda usurpación necesita que las víctimas olviden. Toda reconstrucción comienza cuando alguien decide recordar.
Antonio de la Cruz









