NYT: TRESSIE Mc Millan Cottom: Todos amábamos a Dolly Parton, pero no muchos la entendimos

Comparte esta noticia:

NYT: TRESSIE Mc Millan Cottom: Todos amábamos a Dolly Parton, pero no muchos la entendimos

Credit…Timothy White/AUGUST

Amar a Dolly Rebecca Parton era fácil. Era hermosa, divertida y amable. Se dice que era una bromista a la que se le daban bien los chistes subidos de tono. Era una figura original de la música country, una brillante estrella del pop, una actriz que se robaba el espectáculo, un ícono cultural y una filántropa sin igual. Para la última década de su carrera de más de 60 años, amarla se había convertido en una especie de sacramento público. Pero Dolly no se veía a sí misma como una santa; se identificaba como algo que necesitábamos aún más: una escritora.

A pesar de la forma en que todos amábamos a Dolly, no creo que muchos de nosotros hayamos entendido realmente eso sobre ella. Nos aferramos a las historias que nos contaba sobre cómo creció con mucho amor y poco dinero. Sabíamos que veneraba a su padre y honraba a su madre. Sabíamos que le dijo a Elvis Presley que no podía poseer los derechos de una de sus canciones y que, sorprendentemente, el Rey no pareció guardarle rencor por ello. Sabíamos que quería que los niños leyeran, que se celebrara a las personas queer y que la gente del campo no se sintiera ignorada.

Contaba estas historias tan a menudo y con tanta autenticidad que la mayoría de nosotros no nos damos cuenta de que estas son las únicas historias que nos contó en realidad sobre sí misma. Fue la repetición a lo largo de 60 años, aunque en diferentes registros y con distintas formas de presentarlas, lo que la hizo infinitamente querida pero deslumbrantemente impenetrable. Es el truco de una buena escritora.

Para entender a Dolly, tienes que interpretarla como escritora. Escribir su propia historia fue la manera más radical y precisa de definirse a sí misma en un mundo que seguía intentando encasillarla. No era solo sureña, ni simplemente del campo. Era de los Apalaches, un lugar que es tan mitificado, ridiculizado e incomprendido como lo era Dolly. Es un lugar donde rara vez se permite a las personas hablar por sí mismas. En cambio, son interpretadas a través de los prejuicios costeros sobre la clase blanca pobre y los estados republicanos. Si tienen suerte, los habitantes de los Apalaches son estereotipados como pueblerinos recién llegados al mundo moderno. Demasiado racistas para ser redimidos. Demasiado tontos para ser un problema si no lo son.

La historia que Dolly escribió sobre sí misma a través de miles de canciones, actuaciones y libros fue una contranarrativa sobre los Apalaches. Lo narró como un lugar lleno de montañas imponentes y valles estrechos, maravillas geológicas y culturas distintivas, un amor abundante y una pobreza generacional.

La gente de los Apalaches está acostumbrada a que la gente de la ciudad se burle de ellos. Es fácil olvidar que Dolly no estaba exenta de este tipo de burlas. Durante la mayor parte de su carrera, los hombres hicieron bromas sobre su figura. Las mujeres hicieron comentarios sarcásticos sobre su moda poco refinada. Los críticos a menudo restaron importancia a su talento artístico. Sin importar qué tan famosa se hiciera, cuántos nuevos públicos se enamoraran de ella, qué tan innegable fuera su talento o qué tan ridícula fuera su ética de trabajo, Dolly tenía que perder el tiempo con chistes estúpidos de mentes limitadas.

Cuando la gente subestimaba a Dolly por parecer “la mujerzuela del pueblo”, como ella misma lo expresaba, lo aceptaba con orgullo. En 2009 le dijo a Morley Safer: “Para cuando piensan que no sé lo que está pasando, yo ya tomé el dinero y me fui”. De donde yo soy, a ese truco en particular lo llamamos hacerse el tonto de campo. Dolly era una maestra en ello.

¿Burlarse de su escote? Será mejor que cuentes un chiste más gracioso que uno que ella ya haya contado sobre sí misma. ¿Quieres menospreciarla por ser provinciana? Tendrás que conciliar eso con su excepcional perspicacia para los negocios. En una época en la que las mujeres y las personas pobres cedían su propiedad intelectual por una oportunidad de alcanzar el estrellato, Dolly fundó una serie de exitosas compañías editoriales para conservar sus derechos.

Eso no quiere decir que el orgullo de Dolly, especialmente por su oficio, no brillara. Su inagotable sentido de sí misma como una persona creativa, con el derecho de hacer su arte como mejor le pareciera, provenía de su sentido de pertenencia. Creaba historias con la rima, la métrica, la poesía y la política de los Apalaches. Es posible que sus interpretaciones de bluegrass estén entre mis favoritas, especialmente cuando encontró a sus pares creativas en Linda Ronstadt y Emmylou Harris. La canción “Down From Dover”, de 1970, es un ejemplo de la narración gótica sureña: una historia de mujeres jóvenes embarazadas que se esconden a plena vista y que es tan inquietante en el Estados Unidos posterior a la sentencia Roe contra Wade como lo era cuando la escribió. La vulnerabilidad de “Jolene” hizo imposible que cualquier versión superara a la original.

Pero no fue hasta que tuve alrededor de 30 años cuando una de las historias de Dolly coincidió perfectamente con la mía. Tuve una pérdida de embarazo devastadora, que era, yo lo sabía, mi última oportunidad de tener un bebé. Un día, encendí la radio universitaria para ahogar el silencio. Sonaba la canción de Dolly de 1968, “The Bridge”. No era la primera vez que la escuchaba. Era la primera vez que entendía a la joven de la canción, embarazada, abandonada, contemplando el suicidio para poner fin al dolor. La yuxtaposición de ese dolor y la voz aguda y solitaria de Dolly me destrozó por completo. Lloré por primera vez por todo lo que no tendría. Cuando terminé de llorar, era la persona que sería después de esa pérdida.

A pesar de todo su brillo, Dolly era una chica sencilla. Escribía letras sencillas, melodías sencillas y contaba historias sencillas sobre experiencias humanas sencillas. Sus letras eran sencillas porque la vida en los Apalaches puede ser muy difícil. A menudo eran radicales por la misma razón. Versos como “Solo usan tu mente y nunca te dan el crédito. / Es suficiente para volverte loca si lo permites”, de su gran éxito “9 to 5”, son fieles a la política de clase obrera de la música folk, pero cuentan una historia a través de las mujeres en lugar de los hombres. A los críticos siempre les ha costado apreciar ese tipo de poesía. Hacen excepciones con Bob Dylan o Bruce Springsteen. La brevedad es ingenio cuando los hombres la usan. Cuando lo hacen las mujeres, se supone que debemos pensar que es suerte. Pero para Dolly, no fue suerte; fue simplemente la expresión más verdadera de la tierra natal que nunca rechazó, ni una sola vez, ni siquiera después de hacerse millonaria.

Sabía lo que yo sé: la comida, la literatura y la música de los Apalaches son universales. Es por eso que, en cualquier lugar del mundo donde las personas hayan sido expulsadas de su tierra natal o atrapadas en el ciclo de explotación, encontrarás a un fan de Dolly Parton.

Creo que supe eso la primera vez que me paré demasiado cerca del televisor, a los 9 años, embelesada por la rubia de cabello voluminoso que cantaba “Two Doors Down”. La canción no se trataba de mí, ni de mi vida, ni de mi gente. Pero la buena escritura no tiene que imaginar a todo el mundo. Solo tiene que imaginar lo más verdadero sobre todos nosotros, aquello que existe en cada uno.

Eso es lo que hizo que la chica del valle tuviera sentido para mí, a pesar de que el mundo (y mi madre) pensaba que no debería tenerlo. Antes de que Dolly fuera una santa, cuando todavía era solamente una famosa estrella pop con peluca y acento sureño, vi algo en la forma en que ocupaba su espacio que me llamó la atención: una chica ambiciosa de la que el mundo no esperaba mucho, pero que sabía —simplemente lo sabía— que era una escritora.

Dolly se adueñó de su derecho a escribir nuestra historia estadounidense. Eso era más grande que el cabello y los pechos, más brillante que las lentejuelas, más feminista que mil sostenes ardiendo, más honesto de lo que casi cualquiera llega a ser en la vida pública sin tener que vender su alma al diablo.

Las canciones de Dolly perdurarán. Documentan la historia estadounidense a través de los ojos de estadounidenses que a menudo no tienen la oportunidad de contarla. También dejó un legado para las niñas pequeñas y ambiciosas. De todas las razas. De todas las condiciones de vida. La forma en que vivió y trabajó, la forma en que brilló y se mostró modesta, la forma en que ocupó espacio y recibió los golpes por ser extraordinaria es prueba de que una buena historia puede cambiar la manera en que vemos el mundo.

Dolly Parton era una escritora. Al final, Dolly Parton es la mejor historia que Dolly escribió jamás.

Por Tressie McMillan Cottom

The New York Times en español

Las opiniones emitidas por los articulistas  son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de Confirmado.com.ve