Aunque algunos no escuchan el llanto del pueblo, otros se han elevado como ángeles y se han hecho cuerpo presente para traer aire, luz y pulmón a quienes le han despojado todo
Venezuela entre los escombros, la memoria y la esperanza…
Es tiempo en que las ciudades creían haber domesticado su destino. Es tiempo en que los hombres confunden la rutina con la eternidad y el ruido de la vida cotidiana con la certeza de que nada podría interrumpirlo.
Es tiempo en que la anomia se apoderó de lo cotidiano y el hombre que jamás se acostumbra a la violencia, se habituó a ella subestimando a la madre naturaleza sin esperar nada de quién corresponde hacerlo. Pero la tierra, que nunca olvida, tampoco avisa.
LA TARDE Y LA LARGA NOCHE DE LA QUE NO DESPERTARON.
Fue la tarde del miércoles 24 de junio de 2026, cuando el Caribe apenas comenzó a apagarse con una luz pálida sobre La Guaira. El suelo decidió hablar. No lo hizo con palabras sino con ese lenguaje antiguo que las montañas entienden y los pueblos temen reconocer: el lenguaje del estremecimiento. Primero fue un murmullo como si el mar hubiera inhalado demasiado profundo. Después un silencio extraño, suspendido, casi respetuoso.
Y luego el golpe. Un golpe que no venía del exterior, sino del corazón mismo del mundo. Las casas antiguas y cansadas, los edificios con base sedimentada, descuidados y en abandono, comenzaron a inclinarse como si saludaran su propio final. Las calles se quebraron con la delicadeza cruel de lo inevitable. El aire se llenó de polvo, de gritos, de nombres que nadie alcanzaba a responder.
La Guaira—esa ciudad suspendida entre la montaña y el mar, entre la belleza y la amenaza—no ha podido dormir convertida en una herida abierta. Y muchos no despertaron. Caracas escuchó el estruendo. Pero no se quebró tanto como el suelo herido de costa agitada. Incluso en la ruina, la ciudad no perdió su alma. Porque las ciudades no son de piedra. Son de hombres. Y los hombres cuando todo se derrumba, revelan su verdad más profunda.
LA CIUDAD DE LOS HOMBRES BUENOS Y MANOS LIMPIAS.
No son tiempos de ideologías. Desde hace mucho no caben las consignas. No hay tiempo para etiquetas. Sólo queda el instinto más antiguo del ser humano: salvar al otro.
Un joven convirtió sus manos en herramientas. Una enfermera improvisó un hospital en el borde de una avenida rota. Un sacerdote sostuvo la fe cuando ya no quedaban paredes. Y un médico—sin importar su edad—con el cansancio acumulado de un país entero, siguió buscando vida donde ya no parecía posible. No eran héroes. Eran mujeres y hombres de manos limpias sacudidas por décadas de ausencia y despojo.
Eran sobrevivientes de alma noble convertidos en rescatistas en medio de otra tragedia: el estado ausente. La institucionalidad despachada por la indiferencia y la desidia, la autoridad embriagada de poder que no sale de su resaca de apariencia revolucionaria. Ya lo advirtió Juan Donoso Cortés en su discurso del 4 de enero de 1849: “Cuando la sociedad destruye su orden moral y político, no llega la libertad sino una elección que deja de ser redentora y suele ser el camino más directo hacia una violencia organizada”.
Hemos sido ciudadanos reducidos de nuestra esencia moral. Sin embargo el pueblo venezolano—a pesar de la indolencia y la galbana—ha decidido organizarse en la resiliencia, no en la violencia [por ahora]. La tragedia nos ha quitado el ruido del mundo. Y en ese silencio reapareció lo esencial. Cada piedra levantada no era sólo un gesto físico. Era una declaración ética. Cada vida salvada en tierra arrasada, se ha convertido en una afirmación contra la omisión, orgullo como unidad grupal.
Porque hay momentos en los que la humanidad deja de ser concepto y se vuelve acto. Acto de presencia, acto de rebeldía, acto de amor contra el abandono, la pérdida y la destrucción. Acto de redención contra el odio y la apatía. Pero nadie subestime al pueblo sufrido y noble, hastiado de tanto abandono. No es un terremoto natura. Es un terremoto cultural. Y las replicas culturales salen mover y terminar de tumbar los muros de las tiranías.
EL PRIMER RESCATE: LA MADRE, EL BEBE ENTRE EL POLVO
En una calle estrecha, una mujer fue escuchada golpeando una lámina metálica. No gritaba. Golpeaba. Era el único lenguaje posible bajo los escombros. Los rescatistas tardaron casi tres horas en llegar a ella. Cuando la encontraron, no pidió auxilio. Preguntó por su hijo. El niño estaba a pocos metros atrapado por el derrumbe. Lo sacaron después de excavar con las manos desnudas.
Uno de los rescatistas perdió sensibilidad en tres dedos durante la noche. Nunca lo mencionó. Nadie lo registró. Pero el niño respiró. Y eso fue suficiente. Y llegó el segundo, el tercero y los demás rescates. Sin equipos, sin taladros, sin picos, ni agua, ni pala. Con sangre, sudor y lágrimas.
Un camión de bomberos llegó sin sistema hidráulico. No había presión. Pero había hombres. Uno de ellos utilizó una manguera como cuerda. Otro improvisó un sistema de palancas. Durante horas y días han trabajado sin descanso. Lograron sacar a un anciano. El bombero se sentó en el suelo y no pudo levantarse. No por cansancio físico. Sino por la conciencia de lo que había ocurrido: habían salvado una vida sin herramientas pero con la fuerza del deber.
Todos aplaudía y celebraban la vida que sabían estuvo a segundos de la muerte. Entonces llegó un bebe entre los escombros. El milagro. Un sonido. Débil. Persistente. Un llanto. Los rescatistas detuvieron todo. El aire. El movimiento. El tiempo. Allí—entre dos muros fracturados, apareció un recién nacido. Respirando. Cubierto de polvo. Desnudo. Sostenido por la fragilidad de lo imposible. Nadie habló. Porque la vida en ciertos momentos, no necesita interpretación. Sólo presencia.
Ese niño, hijo de una nación rota hizo otro milagro: la gloria, la alegría de la vida, la bondad del bravo pueblo, que no sólo le devolvió la vida sino la memoria eterna y la gratitud a una tierra que habla sobre manos desnudas pero alma plena.
LA OTRA CIUDAD: EL ESTADO AUSENTE
Pero toda ciudad tiene su sombra. Y Venezuela ha tenido que convivir con la suya. Lo impropio y perverso es que ha aprendido a cobijarse en medio de un reprochable y amargo desquite. Durante años bajo la superficie de la vida cotidiana, se ha consolidado una segunda tragedia: la institucional. No la del terremoto. La del abandono. La del reemplazo silencioso de las prioridades del Estado.
Donde debía haber prevención, hubo improvisación. Donde debía haber planificación, sólo discurso. Donde debían haber hospitales modernos, lo que prevalece es desolación. Donde debían haber ambulancias, aparecieron vehículos blindados. Donde tenían que estar enfermeras, galenos, bomberos equipados y rescatistas, ha habido esbirros, cubanos, tortura y persecución.
Donde debía haber protección civil, hubo debilitamiento estructural. No fue un error. Fue un sistema. Una lógica de supervivencia política que desplazó la protección de la vida. Y se permutaron hospitales por tanquetas, medicamentos por balas, ambulancias por fusibles y herramientas por trajes antimotines. Un Estado que confundió gobernar con controlar, creo la violencia y la guerra por encima de la paz; maltrató a héroes de cartón y hojalata como enemigos; a jóvenes hambrientos de libertad y de alimentos con el sable de la tortura.
Es el derecho a la vida condicionado a una arenga: patria, socialismo o muerte. Y en ese proceso injusto e innoble, vivir se hizo exhausto y miserable. Porque no hay manera de explicar una misión vivienda con casas de espuma, anime, estructuras sin columnas y techos de cartón.
Cada carencia tiene una historia. Cada historia tiene una decisión excluyente ideológica e inocultable. Cada decisión tiene una consecuencia. El terremoto no creó la vulnerabilidad. La reveló y puso en evidencia que la pobreza y la piedad no le son propias a los que hablan de revolución, igualdad y justicia social. Es el estado retórico, es el estado rojo rojito, es el estado portátil, es el estado ausente, de anime, espuma y cartón.
LA CIUDAD DE LA COMPASIÓN
Frente a esa realidad, surgió otra ciudad. No visible en mapas. No registrada en presupuestos. Pero absolutamente real. La ciudad de los que no tenían poder pero sí humanidad. Rescatistas trabajando sin descanso. Médicos improvisando quirófanos. Vecinos organizando cadenas humanas. Madres compartiendo agua. Jóvenes cavando con uñas rotas. Y un país extendido fuera de sus fronteras.
La diáspora venezolana ha respondido sin cálculo. Sin distancia emocional. Respondió como responde la sangre. También llegó el mundo. No como geopolítica. Sino como humanidad. Equipos de rescate, médicos, voluntarios. Manos. Siempre manos. Manos desnudas corazones enguatados de amor y de coraje, que no preguntaban de qué país es el dolor. Voces que se niegan hacer propaganda por su respeto a su misión; pies que no se ajustan una bota represiva y uniformes que no obedecen la orden de bajar la guardia o allanarse frente el grito o el silencio que clama ¡ayuda!.
La tierra habló y aunque parezca lo contrario nos aleccionó. Dejó de ser enemiga porque la tierra no es enemiga. El mar no es enemigo. Las montañas no son enemigas. El enemigo es la indiferencia. La negligencia acumulada. La pérdida de la cultura ciudadana. Incluso allí entre ruinas, se mantuvo intacto la voluntad de un pueblo de no abandonar al otro. “Cuando falta gobierno sobra pueblo” sentenció el justo, el noble, el redimido, el que antepone la furia de la nobleza sobre la furia de la naturaleza. Es la ciudad que aun siendo devastada, conserva la luz del amor y la esperanza. Es la ciudad de la compasión.
LA VICTORIA SILENCIOSA. OREMOS…
Hoy corresponde orar por quienes perdieron familiares, por quienes permanecen bajo los escombros, por los rescatistas que arriesgan sus vidas y por tantas familias que enfrentan horas de incertidumbre. Corresponde igualmente agradecer toda mano solidaria que se extienda hacia Venezuela, venga de donde venga, sin prejuicios ni cálculos políticos. Porque el dolor humano no tiene fronteras. Al final los terremotos terminan. Las réplicas cesan. Los edificios vuelven a levantarse. Las ciudades renacen. Lo verdaderamente decisivo es determinar qué clase de nación emerge después de la tragedia.
Ojalá esta sacudida nos impulse finalmente a comprender que el mayor desafío de Venezuela nunca ha sido encontrar el dorado. Tampoco trepar el poder. Ha sido comprender que ningún país puede aspirar a ser verdaderamente próspero mientras tolere la corrupción, la impunidad y el desprecio por el bien común. La indignidad no paga.
Lo que ahora permanece es el niño que nació dos veces, la madre que sobrevivió al derrumbe, la memoria de los caídos, por quienes no vale la pena volver a morir, sino volver a nacer para reconstruir y apartar al malvado. Permanece el rescatista que no preguntó por colores y al que habrá que agradecer eternamente. Permanece el bombero sin agua. Permanece el médico sin descanso. Permanece el peregrino que ha dejó el pecho y el pellejo por salvar un niño, una madre, un alma atrapada en el cemento. Permanecen cada uno de nosotros para regresar a casa y reconstruir una nación fatigada de un estado ausente.
Permanece la verdad más luminosa: Venezuela no está definida por sus ruinas. Sino por sus manos. Y quizás algún día, cuando la historia mire hacia este instante con la distancia del tiempo, no recordará únicamente el terremoto. Recordará algo más decisivo: que en medio de la fractura de la tierra, un pueblo decidió no fracturarse moralmente. Permanece la gratitud eterna al pueblo glorioso de Venezuela y los pueblos nobles hermanos, por poner su mano desnuda en su alma buena, por nosotros. Esa decisión—silenciosa, anónima, profundamente humana y gentil—ha sido la forma más elevada de victoria.
UN LLANTO QUE LLAMA POR LUZ, PAZ Y ALEGRIA.
Aunque algunos no escuchan el llanto del pueblo, otros se han elevado como ángeles y se han hecho cuerpo presente para traer aire, luz y pulmón a quienes le han despojado todo.
La historia demuestra que ningún pueblo permanece indefinidamente prisionero de sus tragedias cuando decide reencontrarse consigo mismo. Y ese reencuentro no es físico, sino profunda y sensiblemente ético y gentil. La unidad no basta en la mano amiga que te asiste debajo de los escombros. La unidad está en salir de los escombros del nihilismo, la anomia y la pasividad.
Venezuela decidió por el camino de la vida, de la humanidad. Es eso lo que viene: un sensible renacer histórico. Jamás olvidaremos el terremoto, no por lo que destruyó sino por lo que finalmente parió: el nuevo andar del bravo pueblo, que abraza y ama, que no odia y no rechaza.
Es hora del volver a casa. Un sonido débil, un llanto nos llama. Es el de ese recién nacido, el de los hijos de la patria rota que volviendo a la vida, imploran otro futuro, otro país, otra oportunidad.
“Hay momentos en que la humanidad se mide no por lo que construye, sino por lo que es capaz de salvar cuando todo se derrumba. Porque en el instante en que la tierra se abre, el verdadero dilema no es sobrevivir, sino decidir si seguimos siendo humanos.” Albert Camus.
Reconstruyamos la patria nueva, buena y próspera.
Orlando Viera-Blanco
*Abogado. Ex embajador en Canadá
@ovierablanco vierablanco@gmail.com









