Orlando Viera Blanco: Charlas junto a la chimenea…

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Orlando Viera Blanco: Charlas junto a la chimenea…

Por un instante toda una época vuelve a cobrar vida…Y sólo espero—al decir de Roosevelt mirando por la ventana tiempos incendiarios—que Dios nos conceda sabiduría y humildad, para que aprendamos algo de tanto sufrimiento

Recuerdo aquellas noches en que la radio cobraba vida en millones de hogares americanos. Las luces se atenuaron, las familias se reunían alrededor del aparato y la voz cálida y pausada de Franklin Delano Roosevelt llenaba la habitación como si él mismo estuviera sentado junto al fuego con una taza de té en la mano y esa sonrisa tranquilizadora que transmitía confianza. Las “Fireside Chats”, o Charlas junto a la Chimenea, no fueron simples discursos: fueron una revolución en la forma de gobernar, comunicar y fortalecer la confianza entre un presidente y su pueblo.

La gran depresión frente al fuego. Miedo al miedo mismo.

Tuve el privilegio de observar muchas de aquellas jornadas desde cerca. Vi cómo Roosevelt preparaba cada intervención con un cuidado extraordinario. Mientras otros políticos hablaban para impresionar, Franklin hablaba para ser comprendido. Decía con frecuencia que el ciudadano común no necesitaba discursos grandilocuentes. Necesitaba claridad, sinceridad y esperanza.

Cuando asumió la presidencia el 4 de marzo de 1933, EEUU se encontraba al borde del colapso. La Gran Depresión había destruido millones de empleos, miles de bancos habían cerrado y la desesperación dominaba las conversaciones en calles, fábricas y granjas. Aquella misma tarde escuché una de las frases más memorables de la historia política moderna: “Lo único que debemos temer es al miedo mismo”.

Años después le pregunté sobre aquella declaración.

—Señor Presidente, ¿sabía que esa frase será recordada durante generaciones? Roosevelt sonrió levemente.

Había que derrotar primero al miedo para derrotar después a la depresión. Aquellas palabras resumían perfectamente su liderazgo.

—¿Cómo se hace eso Presidente?, pregunté con genuina inocencia.

—Creo que la verdad será nuestra gran aliada. La repetición no puede convertir a la mentira en una verdad. Contra la propaganda, la desinformación y los abusos de poder, la verdad amigo, la verdad.

Ocho días después de asumir el cargo llegó la primera Charla junto a la Chimenea, el 12 de marzo de 1933. Yo observaba desde una sala contigua mientras revisaba sus notas. No buscaba un lenguaje técnico. ‘Regresando desde el futuro traje en mí alforja un consejo de un querido amigo [Renato]: el lenguaje pesado, duerme…Franklin tachaba términos financieros complicados, palabras altisonantes y los reemplazaba por ejemplos cotidianos.

“Mis amigos”, comenzó aquella noche. Explicó por qué había decretado el cierre temporal de los bancos y cómo funcionaría su reapertura. Habló con la paciencia de un maestro y la cercanía de un vecino. “Permítanme afirmar con énfasis que la banca de EEUU está más sana hoy que hace una semana” La sala quedó en silencio. Era domingo pasadas las 10;00 pm. Habría que esperar la reacción de la gente al día siguiente. “Es más seguro tener su dinero en un banco reabierto que debajo del colchón”.

Llegó el lunes. Sonó el teléfono en la Oficina Oval. Franklin contestó. Su cara era un poema. “La gente hace filas para llevar su dinero a los bancos. !El miedo ha sido vencido!” nos comentó a los presentes.

Pertinente comparar otros episodios semejantes. Recuerdo las medidas de emergencia tomadas por el Dr. Rafael Caldera [Banco Latino et al enero 1994]. La decisión fue intervenir, suspender las garantías económicas y decretar controles para evitar la corrida bancaria masiva […] Por su parte el 1ro. de Diciembre de 2001, el gobierno de Fernando de la Rú—a través de su Ministro de Economía Domingo Cavallo—impulsó el llamado ‘corralito’, limitando los retiros de efectivo. Posteriormente De la Rúa [19/12/2001] habló por cadena nacional para decretar Estado de sitio y pedir calma. Pero la confianza estaba destruída. Cacerolazos masivos provocaron su renuncia el 20-12-2001.

Así es la historia de las naciones. Unas sacan el dinero del colchón para devolverlo a bancos ‘quebrados’, otras se van a la calle desesperados y huérfanos, porque ni dinero les queda para comer. Unas vencen el miedo, otras quedan atrapadas en la desesperanza. Momentos donde el liderazgo—al decir de Pastori y Alfaro Calatrava—derrota la sombras, ilumina, y se pone su traje de moza, de azules boinas, adornándose con brisa de mar [Dixit Himno UCV]…Otros nos llevan a la guerra y nos dejan un legado de boinas rojas e inocentes milicianos, que en vez de labrar la tierra portan carabinas que ni saben usar.

Durante los llamados Cien Días, Roosevelt lanzó una avalancha de reformas que transformaron la nación. La Civilian Conservation Corps (CCC) ofreció empleo a cientos de miles de jóvenes. La Agricultural Adjustment Administration ayudó a los agricultores. La Tennessee Valley Authority llevó electricidad y desarrollo a regiones olvidadas. La National Recovery Administration reactivó la industria. En una conversación que tuvimos durante el verano de 1933 le pregunté si no temía avanzar demasiado rápido.

—Franklin, algunos dicen que está cambiando el país a una velocidad peligrosa. Se inclinó hacia adelante.

—Cuando una casa está en llamas no se convoca una comisión para discutir el fuego. Se busca agua. Después habrá tiempo para debatir. Esa respuesta reflejaba la esencia del New Deal.

No prometo milagros. Prometo trabajo, perseverancia y acción.

La segunda Charla junto a la Chimenea, el 7 de mayo de 1933, fue igualmente memorable. Roosevelt explicó los progresos de sus primeros meses de gobierno. Habló de recuperación económica, empleo y cooperación nacional. No prometió milagros. Prometió trabajo, perseverancia y acción.

Aquello era precisamente lo que diferenciaba a Roosevelt de muchos líderes de su tiempo. Nunca pretendía que los problemas fueran sencillos. Lo que transmitía era la convicción que podían resolverse. Entre 1933 y 1936 pronunció varias de las Charlas más importantes de su carrera. La del 24 de julio de 1933 explicó los fundamentos del programa de recuperación económica.

Atrás del New Deal estaban hombres de la talla de Henry Morgenthau Jr. [Secretario de Finanzas y Tesoro], Harry Hopkins [Empleo y Gasto Público], Frances Perkins [Seguridad Social y Legislación Laboral]; Rexford Tugwell [Planificación Económica] Adolf Berle Jr. [Regulación corporativa].

La noche de su alocución estaba a su lado un hombre a quien tuve una particular admiración: Raymond Moley. Profesor de Ciencias Políticas y de Derecho en la Universidad de Columbia, era un hombre discreto y poco conocido. Sostenía que la crisis económica era también una crisis psicológica, desde lo cual afirmó: “El país necesita, si no interpreto mal su estado de ánimo, una experimentación audaz y persistente. No estamos casados con ninguna teoría económica, estamos comprometidos con los resultados. Actuar con rapidez y claridad son los retos. El enfoque no es el dinero, es la confianza”.

No puedo dejar de mencionar la conversación que sostuve con el legendario asesor de Franklin desde sus inicios en la política: Louis McHenry Howe. Fue el gran constructor de la arquitectura política de Roosevelt. En manejo de crisis, información y elección de equipo de trabajo, era el “Gatekeeper» [guardián].

Una vez le pregunté, ¿por qué me permites estar en estas reuniones? Y me respondió: Querido amigo invisible: “La lealtad es más importante que la ideología”. Lleva siempre esta frase contigo. Con la ideología ganarás algunas batallas y afectos ocasionales, mientras que con la lealtad, ganarás todas las guerras y admiración eterna.

La de junio de 1934 respondió directamente a los críticos del New Deal. La del 30 de septiembre de 1934 defendió la intervención gubernamental frente a quienes la calificaban de socialismo. Recuerdo especialmente una conversación posterior a esa emisión.

—Lo llaman enemigo de los negocios—le comenté. Roosevelt soltó una carcajada.

—Si el capitalismo hubiese estado funcionando correctamente, yo no habría tenido que intervenir. Luego añadió con seriedad:

—El gobierno no debe reemplazar la iniciativa privada. Debe evitar que el sistema se destruya a sí mismo.

Su capacidad para explicar asuntos complejos mediante ejemplos simples era extraordinaria. Durante su primer mandato también impulsó reformas históricas. La más trascendental fue probablemente la Ley de Seguridad Social de 1935. Millones de estadounidenses tendrían por primera vez protección económica durante la vejez.

Cuando firmó la ley tuve ocasión de conversar brevemente con él.

—¿Cuál cree que será el legado de esta medida? Me respondió sin vacilar:

—Quizás dentro de cien años la gente la considere algo normal. Ese será precisamente el éxito. Y tenía razón.

La Seguridad Social y el “arsenal de la democracia”.

Esta categoría de políticas públicas se convirtió en uno de los pilares permanentes de la sociedad estadounidense. La elección de 1936 confirmó el apoyo popular a Roosevelt. Obtuvo una de las victorias más contundentes de la historia presidencial. Su segundo mandato comenzó con nuevos desafíos. La recuperación económica avanzaba, pero aún existían dificultades. Además, las nubes de guerra empezaban a oscurecer Europa.

En aquellos años seguí observando la evolución de las Charlas junto a la Chimenea. Ya no se trataba únicamente de economía. Franklin comenzaba a preparar al país para una realidad internacional cada vez más peligrosa.

Recuerdo una tarde de 1938 tras conocer las noticias provenientes de Europa.

—¿Cree que EEUU podrá mantenerse al margen? Guardó silencio unos segundos.

—Todos desean la paz. Yo también. Pero la paz no se conserva cerrando los ojos.

Aquella reflexión anticipaba los acontecimientos que vendrían. Uno de los grandes logros de su segundo mandato fue fortalecer las instituciones federales creadas por el New Deal. También inició una modernización militar gradual mientras observaba con preocupación el ascenso de las dictaduras en Europa y Asia.

Sin embargo, fue en su tercera presidencia donde Roosevelt alcanzó una dimensión histórica verdaderamente global. La Charla junto a la Chimenea del 29 de diciembre de 1940, conocida como “El Arsenal de la Democracia”, constituye uno de los discursos más influyentes del siglo XX. Esa noche estuve presente durante los preparativos. Franklin revisó una analogía que consideraba fundamental. —La entenderán todos —dijo.

La analogía era sencilla. Si la casa de un vecino se incendia, uno le presta la manguera antes de discutir el precio. Con esa imagen explicó la necesidad de ayudar a Gran Bretaña frente a la agresión nazi. “Debemos ser el gran arsenal de la democracia.”

Aquellas palabras transformaron la opinión pública. Millones de estadounidenses comenzaron a comprender que la seguridad de su país estaba vinculada al destino de Europa.

Si en el frente no descansan…Las cuatro libertades.

Después de la emisión le comenté:

—Ha cambiado el debate nacional. Me respondió: —No. Sólo he ayudado a la gente a ver lo que ya estaba ocurriendo.

Tras el ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941, el papel de las Charlas junto a la Chimenea adquirió una importancia aún mayor. La nación necesitaba orientación, confianza y liderazgo. La guerra exigía sacrificios inmensos. Racionamiento, impuestos, compra de bonos de guerra, movilización industrial.

Roosevelt explicaba cada medida con paciencia. Durante una reunión en 1942 le pregunté cómo soportaba semejante carga. Su respuesta aún resuena en mi memoria.

—Cuando los hombres y mujeres que están luchando en el frente no pueden descansar, el presidente tampoco debería hacerlo.

La producción industrial estadounidense alcanzó niveles sin precedentes. Astilleros, fábricas de aviones y plantas de armamento funcionaban día y noche. La economía salió definitivamente de la depresión y se convirtió en la gran potencia productiva del mundo. Uno de los logros más extraordinarios de su tercera presidencia fue esa movilización nacional. EEUU pasó de ser una nación aún golpeada por la crisis a convertirse en el motor económico y militar de los aliados.

En 1941 también pronunció otro discurso memorable: el de las Cuatro Libertades: Libertad de expresión; Libertad de culto; Libertad frente a la necesidad. Libertad frente al miedo. En una conversación posterior le pregunté cuál consideraba más importante. Pensó unos segundos.

—Son inseparables. Cuando una desaparece, las demás terminan debilitándose. Esa visión resumía su filosofía política.

Durante los años de guerra, las Charlas junto a la Chimenea ayudaron a mantener la moral nacional. Las familias escuchaban noticias sobre campañas militares, victorias y dificultades. Roosevelt evitaba triunfalismos excesivos.

Cuando las tropas aliadas desembarcaron en Normandía en junio de 1944, el presidente dirigió una oración radiofónica al país. Fue uno de los momentos más emotivos que presencié.

—No hablo como comandante militar. Hablo como un padre preocupado por millones de hijos.

Aquella noche comprendí que su verdadera fortaleza no era únicamente política. Era profundamente humana. En su cuarta presidencia—iniciada en 1945—Roosevelt ya estaba físicamente agotado. La guerra se acercaba a su final, pero él continuaba trabajando en la construcción del mundo que vendría después. Uno de sus grandes objetivos era evitar que otra guerra mundial devastara a la humanidad.

Participó activamente en los proyectos que darían origen a las Naciones Unidas. En una de nuestras últimas conversaciones le pregunté: —¿Qué espera para el futuro? Su mirada se dirigió hacia la ventana.

—Espero que aprendamos algo de tanto sufrimiento. Luego añadió: —La paz necesita instituciones tan sólidas como las que requiere la guerra.

Pocas semanas después falleció en Warm Springs, Georgia, el 12 de abril de 1945. La noticia recorrió el país como una onda de conmoción colectiva

Su muerte, su mensaje, su trascendencia histórica.

Antes de Roosevelt, la Casa Blanca parecía distante. Con Roosevelt, millones de ciudadanos sintieron que podían comprender directamente a su presidente. Su estilo comunicativo influyó en generaciones posteriores de líderes. La televisión, internet y las redes sociales han cambiado los medios, pero el principio sigue siendo el mismo: la confianza nace de la cercanía, la claridad y la autenticidad.

Como observador privilegiado de aquellos años, sigo recordando la transformación que experimentaba Franklin cada vez que se sentaba ante un micrófono. La polio había limitado su movilidad física, pero nunca pudo limitar su capacidad para inspirar. Su voz conservaba una mezcla singular de firmeza y calidez. Hablaba de problemas difíciles sin sembrar desesperación. Reconocía los obstáculos sin renunciar al optimismo.

Una de sus frases favoritas resumía perfectamente su visión: “La prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a los que tienen mucho, sino si proveemos lo suficiente a los que tienen demasiado poco.” Sus palabras siguen conservando una sorprendente frescura. La voz sigue transmitiendo serenidad.

Las Charlas junto a la Chimenea ayudaron a salvar bancos, restaurar la confianza, sostener reformas históricas, movilizar a una nación en guerra y preparar un orden internacional más estable. Pero su legado más profundo fue demostrar que el liderazgo auténtico consiste en conectar con las personas en los momentos en que más lo necesitan.

Franklin Delano Roosevelt gobernó desde la confianza que construyó en millones de corazones. Se sentó simbólicamente junto a millones de chimeneas estadounidenses y conversó con una nación herida. La consoló durante la depresión, la fortaleció durante la guerra y le recordó que incluso en las horas más oscuras siempre existe un camino hacia adelante.

Por un instante toda una época vuelve a cobrar vida…Y sólo espero—al decir de Roosevelt mirando por la ventana tiempos incendiarios—que Dios nos conceda sabiduría y humildad, para que aprendamos algo de tanto sufrimiento.

 

Orlando Viera-Blanco

*Abogado. Ex Embajador en Canadá
@ovierablancovierablanco@gmail.com

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