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Un loco suicida

Posted on: agosto 26th, 2018 by Laura Espinoza No Comments

 

El éxito, a estas alturas de mi vida, no consiste en ser más rico, o más famoso, o más querido, o más poderoso, así comienza Jaime Bayly su artículo de opinión.

 

 

 

Antes de subir al avión que nos traería de regreso a casa, estábamos todos bien de salud. El vuelo salió temprano de Los Ángeles. ¿Por qué elegimos ese vuelo? Porque de los seis vuelos diarios que hay entre Los Ángeles y Miami, ése, el que sale a las nueve y tantos de la mañana, es el avión más cómodo, un triple siete. Mis chicas, quiero decir mi esposa y nuestra hija, habían dormido unas horas en el hotel. Yo no había dormido nada. Apenas despegó el avión, tomé unas pastillas y dormí profundamente las cinco horas del vuelo. Mi esposa no durmió, vio películas. Nuestra hija desayunó y durmió un par de horas. Cuando llegamos a Miami, estábamos todos contentos, pero ya enfermos, solo que aún no lo sabíamos.

 

 

 

Vinimos a saberlo al día siguiente. Despertamos los tres con un incendio lacerante en la garganta, una creciente congestión nasal, una tos cavernosa que no cedía y tendía a empeorar. El avión moderno triple siete nos había inoculado sigilosamente un bicho invisible y pernicioso. Nuestra hija debía volver al colegio al día siguiente, tras diez semanas largas de vacaciones de verano, de las cuales pasó apenas dos en Miami, las otras ocho las repartió entre Lima y Los Ángeles, ciudades que ama porque tiene amigas que la esperan. Yo tenía programa al día siguiente, y mi programa dura una hora y media, y a menudo lo hago solo, con los videos de las noticias, sin invitados, lo que me obliga a hablar bastante, improvisar todo el tiempo.

 

 

 

Cada uno eligió cómo curarse: mi esposa Silvia bebió pociones breves de jengibre con jugo de limón, traídas convenientemente a casa; nuestra hija Zoe tomó jarabes para la tos con un gusto dulzón que le dieron sueño; y yo fui a la farmacia y me apliqué la dosis más potente de antibióticos, pero en lugar de tomar uno, decidí echarme dos cápsulas de entrada, así atacaba con un ejército más poderoso a las tropas invasoras que se habían amotinado en mi garganta. El lunes Zoe estaba mejor y pudo ir al colegio, Silvia también se encontraba mejor y pudo salir a correr (y ella corre a toda prisa, como una atleta, y regresa extenuada, bañada en sudor), y yo estaba peor, mucho peor, porque la doble dosis de antibióticos resultó contraproducente, o insuficiente, y los bichos intrusos ganaron terreno, dificultando mi respiración y provocándome una tos espantosa.

 

 

 

Así y todo, sintiendo que tenía en la boca un estanque hediondo de sapos, culebras, alimañas y lagartijas, tuve que ir el lunes a la televisión y oficié la misa laica, atea, libertina, en que consiste mi programa, ante una grey incierta, una feligresía de gente peripatética, dispersa en todo el mundo. Mi gran temor era que, hablando en el tono vitriólico e inflamado que suelo emplear en aquella tribuna pagana, una rana o una viborilla o una alimaña viva saliera despedida de mi boquita de caramelo y quedase adherida como una goma verde en la cara de mi interlocutor. Debido a eso, procuré aplacar las llamas flamígeras de mi garganta, bebiendo un café tras otro, moderando los decibeles de mi sermón iracundo. No, no me habían arrestado. No, no estaba la lista de prófugos más buscados de la policía. No, no iban a extraditarme a Caracas. No, no era un delito decir en mi programa que estaba a favor de la destrucción total de la dictadura venezolana, aun si para ello resultaba necesario o ineludible eliminar físicamente a sus más conspicuos matones y asesinos. No, no me habían despedido del canal, ni me habían censurado, ni me habían reconvenido a que moderase el tono de mis críticas atrabiliarias a aquella dictadura maléfica. Dicho todo eso, la enfermedad me tenía tan rebajado y disminuido, que no pocas personas pensaron que me habían envenenado.

 

 

 

No es infrecuente que vengan decenas de personas al estudio cada noche, a presenciar en vivo mi sermón pendenciero. No es atípico que muchas de ellas sean de origen venezolano. No es insólito que algunas me regalen cosas o me pidan favores. Lo que más me regalan, quizás porque advierten con perspicacia que soy un gordito sin culpa, son chocolates, o tortas, o flanes caseros, y yo me llevo todos esos dulces a casa y luego, ya de madrugada, la tripa pidiéndome que le arroje algo, me pregunto: ¿me como alegremente todos estos regalos, o mejor los tiro a la basura, porque uno pudiera estar envenenado? Como soy un loco suicida, generalmente me los como todos. Si algún día muero envenenado, será por imprudente, claro, pero sobre todo por glotón.

 

 

 

También me pidieron aquella noche, terminando el programa, lo que me reclaman a menudo en los tonos más afectuosos, de modos tan amables y querendones que no puede uno negarse: que hable por teléfono con la mamá que está en Orlando, o con la tía que está en Houston, o con la hermana en New Jersey, o que grabe un mensaje para una promoción de estudiantes de periodismo, o que conceda una entrevista allí mismo, en el estudio cuyas luces acaban de apagar, a alguien que trabaja en un periódico clandestino, una revista digital, un diario escolar. ¿Cómo podría uno negarse, si todas esas personas vienen de tan lejos, y son parte de la cofradía errante que he fundado?

 

 

 

Pero el lunes casi a medianoche ya no me quedaban palabras ni sonrisas ni aliento tan siquiera, y la tos me tenía maltrecho y estragado, y sin embargo el público me pedía una foto más, un saludito más, una entrevista al paso, tres preguntas nada más. Lo más arduo puede que sea entonces no hacer el programa en vivo, sino continuar haciéndolo amablemente, ya fuera de cámaras. Porque la gente pide las cosas más insólitas: un préstamo, una donación, un pago al doctor, un viaje de reunión familiar, un editor que le publique un libro inédito, un trabajo en el canal, una visa de trabajo, un dinero para financiar el próximo atentado contra el tirano. Y uno no tiene tiempo ni recursos ni amigos o contactos para complacer tantos pedidos, tantas solicitudes desesperadas. No tengo tanta plata ni amigos tan poderosos, no puedo conseguirles trabajo a todos los menesterosos de esta tierra, no puedo financiar atentados porque me temo que sería ilegal y podría ir preso, el único atentado que puedo cometer es, de noche, a espaldas de mi esposa, contra mí mismo, comiéndome los chocolates y los flanes caseros que me traen de regalo unos venezolanos que bien podrían ser admiradores, cófrades o contertulios, como podrían ser espías, sicarios o enemigos, vaya uno a saber.

 

 

 

El lunes, y el martes, y el miércoles, respirando a duras penas, reprimiendo la tos, acallándola o disimulándola con cafés ardientes, arrastrando mis certezas con unos bríos que sentía diezmados y en franca decadencia, sintiéndome viejo y enfermo, y corto de aire y fatigado de enfrentar quijotescamente a tantos malos profesionales en apariencia indoblegables, me pregunté si todo aquello valía realmente la pena. ¿Aprecian los dueños del canal el esfuerzo a menudo hercúleo que hago, los riesgos no menores que decido correr, para ganar ciertas noches a las ficciones de Univisión? ¿Agradecen los gerentes que me juegue la vida en el programa, que consiga enhebrar o hilvanar o urdir, como una paciente costurera solitaria, el tejido de una hora y media cada noche, en el cual estampo mis opiniones, mis ucases, mis amenazas, mis profecías? ¿Me felicitan por los buenos, buenísimos ratings, los mejores del canal? ¿Me suben el sueldo, cuelgan un afiche con mi rostro en la fachada del canal, me regalan una corbata o un perfume? ¿Se preocupan por mi salud, habida cuenta de todas las amenazas de muerte que recibo? No, no y no. Tres veces no. Nunca un saludo, una felicitación, unas palabras de gratitud. Cuando me escriben, es para pedir algo, quejarse de algo, decir que algo no les gustó.

 

 

Así las cosas, es inevitable que, enfermo y tosiendo, exhausto y expectorando, me pregunte si no habrá llegado la hora de retirarme de la televisión, o de esta forma tremenda de hacer televisión, para dedicarme tan solo a escribir, como he soñado desde muy joven. No es que me vaya mal en la televisión, no, qué ocurrencia, me va bien, demasiado bien, tan bien que me está matando, tan bien que estoy a punto de morir de éxito. ¿Sería un hombre más contento, si solo escribiera mis ficciones desmesuradas y no tuviera que ir todas las noches a predicar cosas sulfurosas en la televisión? ¿Extrañaría la tribuna del charlatán, el púlpito del hablantín, la sensación de poder que todo aquello procura, aunque solo sea brevemente? ¿Me sentiría jubilado, desahuciado, irrelevante?

 

 

 

Porque, a ser francos, los libros, que se publican cada dos o tres años, dejan unos réditos monetarios muy inferiores a la televisión, unas ganancias que además tienden a recortarse con los años, y los lee poca gente, poquísima gente, diría sin exagerar que cada vez menos gente, porque mis novelas antes competían con otras novelas en lengua española, pero ahora compiten con las ficciones de Netflix, y desde luego es imposible ganarles. Hace pocas semanas publiqué una novelita en clave de humor, titulada Pecho Frío. Salió solo en el Perú, antes salía en España y América a la vez. Me dijeron que saldría luego en otros países, eso está por verse. Le dejé la novela a mi madre. No la leyó, no me dijo nada. Dejé copias firmadas para todos mis hermanos, y son nueve. Nadie de momento reporta haberla leído. Quise enviarla de regalo a mis hijas en Nueva York. Su respuesta fue el silencio, prefieren no recibirla. Mi esposa empezó a leerla y la dejó en la página treinta, y ella me ama, a no dudarlo me ama, pero la novela no la atrapó, mal que me pese. Sus padres, tan amorosos, no sé si terminaron de leerla. Entonces, si mi propia familia, la gente que más me quiere, prefiere no leer mis libros, ¿sería prudente o razonable dejar la televisión, que llega a muchas más personas, para confinarme al gueto acotado, ensimismado, de la literatura?

 

 

 

Lo que me lleva a una conclusión melancólica: el éxito, a estas alturas de mi vida, no consiste en ser más rico, o más famoso, o más querido, o más poderoso. El éxito consiste, pura y simplemente, en no ir a la cárcel, en no ser arrestado, en no enfrentar cargos criminales. Puede que el éxito radique no tanto en hacer ratings abultados, ni en vender millares de libros, ni en amasar una vasta fortuna, sino en ser libre, sentirte libre, inmoderadamente libre, y en usar esa libertad, tu libertad, como mejor te dé la gana. Yo me siento libre cuando salgo a caminar por mi barrio a paso lento; me siento libre cuando duermo hasta mediodía, sin que nadie me despierte bruscamente; me siento libre cuando viajo a alguna ciudad donde nadie me conozca; me siento libre cuando digo en televisión lo que me sale del forro; me siento libre cuando me atrevo a publicar un libro que mi madre preferiría censurar.

 

 

 

Por eso, de momento, y solo de momento, elijo libremente seguir escribiendo libros y haciendo televisión. Pero, al mismo tiempo, presiento, y es solo una corazonada, que mis horas en la televisión están contadas, y cuando me permita el placer de dejarla por fin, después de tantos años fatigándola, será una fiesta de la libertad, un festín privado de la libertad.

 

 

Jaime Bayly

“Una ninfómana como yo”

Posted on: febrero 11th, 2018 by Laura Espinoza No Comments

No se confundan, yo soy una señora gorda de derechas, de derechas extremas, extremistas, pero no de derechas trasnochadas, conservadoras, sino de derechas libertarias, modernas, es decir las que nunca ganan las elecciones.

 

 

Mis principales enemigos, además de los truchimanes de izquierdas, que son todos unos haraganes, unos memos, unos buenos para nada, son los curas y los militares, en ese orden. Si yo llegara al poder por la vía democrática (altamente improbable), o mediante una conspiración militar (un golpe siempre cuesta un dinerillo, pero últimamente los generales han rebajado sus tarifas y ofrecen golpes a precios módicos, accesibles, pagaderos en cuotas mensuales a dos años plazo, así de arrastrados están), lo primero que haría sería disolver, repito disolver, a las fuerzas militares, y dejar de comprar armas de guerra, y decirles a los espadones brutos que si quieren vestir uniforme e ir por la vida portando pistola al cinto, pues que trabajen como policías y hagan algo útil por la patria, en vez de estar acuartelados, mamando aguardiente, haciéndose pajas aceitosas, entrenándose para una guerra que nunca llegará, Dios nos libre de ella, porque esos mastuerzos no le ganan una guerra ni a la Marina boliviana en el lago Titicaca.

 

 

Soy famosa por mi trabajo como locutora charlatana de televisión, atizadora de polémicas insidiosas, agitadora de escándalos de poca monta, decidora de diatribas, invectivas y filípicas contra mis enemigos políticos, que son multitud, pero no me gano la vida con el sueldo magro, esmirriado, que recibo de la televisión, el cual tiende a decrecer, sino con los estipendios que me paga mensualmente la central de inteligencia, quiero decir la CIA, que hace años me reclutó para dar la batalla mediática contra los enemigos de la libertad, los socialistas angurrientos, ávidos de poder, ansiosos por robárselo todo y esconder los bolsos de dinero en conventos y abadías. La CIA me paga bien, no demasiado bien, correctamente bien, aunque se niega a aumentarme el sueldo, alegando que nuestro acuerdo secreto era que yo, Jimena Barclays, me postulase a la presidencia del país en que nací, el Perú, un pacto que rompí sin consultarles, porque llegué al convencimiento de que si me lanzaba como candidata perdería a no dudarlo en las urnas, pues el ciudadano de a pie sabe bien que soy una gorda mañosa, drogadicta, perezosa, frívola y especialmente lujuriosa, y que mi relación con los hombres libidinosos es tan promiscua como la que tienen con la verdad los socialistas y comunistas, menudos cachafaces. La CIA me paga todos los meses en transferencias bancarias a mis cuentas en paraísos fiscales, y sobre esos dineros estoy exenta de tributar, y por eso soy una mujer rica, boyante (por la fortuna que he atesorado y por mi cintura adiposa que se parece a una boya), y el día de mañana, cuando me despidan de la televisión, me dedicaré a conspirar por las redes sociales, pero no me quedaré muy pancha, de brazos cruzados, viendo cómo avanza la izquierda mentecata en nuestra América morena.

 

 

 

Hemos tenido dos o tres grandes victorias en los últimos tiempos, y no por eso estoy contenta o eufórica, sigo preocupada. Pero celebré como una loca que la izquierda argentina perdiera el poder y Macri consiguiera algo que todas en la agencia considerábamos imposible, y ahora lo apoyo a Mauricio, por supuesto, pero lo veo muy tirado a la izquierda, quizás para complacer al Papa, que es un peronista encubierto, un socialista de toda la vida, en la agencia tenemos un expediente secreto de Bergoglio, y sabemos que, in péctore, es más chavista que las hijas de Chávez, por eso no dice ni pío de la represión genocida en Venezuela, jesuita tenía que ser. Macri querido, estoy con vos, pero tenés que privatizar los trenes, todo el transporte público, las aerolíneas, los yacimientos de petróleo y gas, los bancos, el canal de televisión y las radios, tenés que entender que gobernar desde el centro es un suicidio lento.

 

 

 

También ha sido un gran triunfo de nosotras, las gordas espías de la CIA (porque todas mis compañeras son obesas como yo, y nadie nos acosa sexualmente, somos nosotras las acosadoras, a decir verdad), que el hablantín de Correa perdiera el poder en Ecuador, nos salió fácil y barato ganarnos a Lenín, hablamos con él, estaba necesitando una silla de ruedas nueva, se la conseguimos, buenísima, de última generación, tan cómoda que yo la uso cuando voy de compras a Aventura, y además le regalamos un helicóptero especial para personas discapacitadas, y se amigó con nosotras y mandó al carajo a Correa, bien por Lenín, que ahora, quién lo diría, está con nosotras y es sensible, maleable, dócil a nuestra agenda libertaria. Chile y Uruguay están totalmente bajo control, fuera del radar de preocupaciones, y en el Perú, mi patria querida, hemos tenido que redoblar esfuerzos para que la oposición no se tumbe al coimero veterano de toda la vida que es Kuczynski, el rey de la mermelada, quien en su día también recibió pagos secretos de la agencia, pero es que este viejito recibe pagos secretos de todo el mundo, es un as para ofrecer consultorías y cobrárselas a perro, pericote y gato.

 

 

 

Nos preocupa que en Perú decline la estrella de la hija mayor de Fujimori y ascienda la de Kenji, el hijo menor. Sabemos que este chico no ha leído nunca un libro completo. Sabemos que su formación intelectual consiste básicamente en lecturas de Condorito, Playboy, la revista Hola! y los calendarios de Luciana Salazar, y que es un pajero empedernido que se pasa las noches viendo cómo se cepillan a unas japonesas tetonas en internet. La CIA me ha comisionado a hablar con el joven Fujimori y disuadirlo de ser candidato, pero cuando viajé a Lima y me reuní con él, lo primero que hizo fue mirarme las tetas, que en mi caso, debo reconocer, son ubérrimas, y decirme “qué fuerte que está usted, señora Jimena Barclays”, con lo cual me ganó bastante a su causa, la verdad.

 

 

Lo que más me alarma ahora mismo, como agente rolliza del servicio de inteligencia, es que la izquierda gane el poder en Colombia hacia mediados de junio y en México a principios de julio. Estoy aterrada. He tenido que multiplicar mi consumo de ansiolíticos, vodka, coñac, hipnóticos y cannabis. Todas mis fuentes mexicanas me dicen que es inevitable que gane El Peje en México. Hasta Jorge Ramos, el periodista, con quien he tenido comercios eróticos furtivos en la cochera de Univisión, me confirma que El Peje es bolo fijo y que los jóvenes mexicanos votarán masivamente por él, lástima que aún no puedo convencer a Jorge de lanzarse como candidato. Si gana El Peje, será malísimo para nosotras, las chicas pistoleras, en la agencia, porque sabemos bien que ahora ha moderado su discurso, copiando al Chávez embustero del año 98, pero cuando se haga del poder, dejará ver sus verdaderos colores y el rencor tomará posesión de su agenda, hay que ver lo mucho que detesta a los capos del PRI, a quienes quiere ver en la cárcel.
También veo con pavor que la izquierda gane en marzo las legislativas y en junio las presidenciales en Colombia. Petro, que es más chavista que Maduro, que en su día era íntimo confidente y aliado de Chávez, va primero en las encuestas, y no sabemos qué hacer para torpedearlo y bajarlo. Fajardo va segundo, y el problema con él es que nadie sabe si es de izquierda, de centro o de derecha, o sea es una suerte de peronista colombiano. La única izquierda buena en Colombia es la de James Rodríguez, el futbolista, punto y final. Santos, el presidente, que solía estar en nuestra planilla, se hartó, nos mandó al carajo, se amigó con los chavistas, se obstinó con el Nobel, lo ganó, y ahora tiene a tres candidatos, que son Fajardo, Vargas Lleras y De la Calle, y hasta un cuarto, que es Petro, que mucho lo ayudó a ganar la segunda vuelta hace cuatro años. Nuestra prioridad en la CIA es derribar a Maduro e instalar un gobierno democrático en Venezuela, y si perdemos en México y Colombia, y esos dos países se vuelven defensores de Maduro, la cosa será mucho más complicada, y por eso duermo mal estas últimas noches, porque imagino a El Peje y Petro apoyando a Maduro y temo que mis jefes en la agencia, esos bandoleros que han ganado fortunas estos últimos años comprando acciones de Amazon, me despidan de una buena vez y para siempre.

 

 

 

Porque a Maduro tenemos que voltearlo antes de julio, antes de que termine el mundial de fútbol a mediados de julio. Si para entonces ya ganaron Petro y El Peje, estaremos fritas. El momento para sacarlo será en mayo, luego de que consume el fraude monumental que viene maliciando para finales de abril. Le hemos pedido a Ramos Allup que no inscriba su candidatura, pero el viejito es terco y no nos hace caso y dice que es su última oportunidad biológica de ser presidente, porque ya está mayorcito. Le hemos ofrecido un maletín lleno de Bitcoins, pero el viejito me respondió: “esas criptomonedas, señora Barclays, puede usted metérselas por su criptoculo”. Me dejó fría, helada, no sabía que Henry era tan procaz. Y le hice caso y me introduje una por la vía rectal, y la verdad es que fue un placer inenarrable, le debo ese éxtasis innoble al buen Ramos Allup. Y es que cuando muera quiero que mi epitafio sea: “Hizo un uso creativo de sus orificios”.
No me ha quedado más remedio que ponerme en contacto con el general Padrino. Es un idiota redomado. Al lado de ese descerebrado, Maduro es Elon Musk o Jeff Bezos, y no exagero. Padrino es tan poca cosa que duerme con la luz encendida y con pantuflas de unicornio, y orina sentado (esto lo tenemos documentado fotográficamente en la agencia, y es materia de encendidos debates, porque al parecer Padrino tiene una dotación genital tan microscópica que no aparece en cámaras, lo que acaso explica su aversión al coraje), y está enamorado de Delcy Rodríguez, una mujer que tiene el carisma de un lunar y la belleza de una verruga. Le he propuesto a Padrino una suma millonaria para que expectore del poder a Maduro, le hemos asegurado un exilio dorado en la costa oeste del Canadá, sin pagar por sus crímenes desde luego, pero cada vez que lo llamo por teléfono satelital encriptado me dice: “deme tiempo, señora Barclays, deme más tiempo, los cubanos me espían, tengo miedo de que me fusilen como fusilaron a Ochoa”. Y yo le digo: “oiga, Padrino, nuestra oferta expira a fines de mayo, y si usted no la acepta, contrataremos a otro y daremos el golpe y usted irá a la cárcel, así que piénselo bien y no se demore tanto, hágame el favor”. Padrino es tan tarado que me dice: “pero señora, si ejecutamos la operación comando, yo no quiero irme a Canadá, quiero presidir la junta de transición, y ser candidato presidencial, y ganar las elecciones, y gobernar seis años”. Y yo le digo: “pero Padrino, no sea mamahuevos, quién carajos va a votar por usted”, y él me dice: “eso no importa, señora Barclays, dejamos a Tibisay en el CNE y así gano seguro”. Tremendo pillo este felón de Padrino, no sabe que tiene sus días contados y es tan pesado y aburrido que pone a dormir a una ninfómana como yo.

 

Jaime Bayly:

Si quiere leer otras columnas de Jaime Bayly: http://www.elfrancotirador.com/

El origen del mal

Posted on: enero 27th, 2014 by Super Confirmado No Comments

El técnico de sonido está destruido por un resfrío y sin embargo trabaja esa noche porque no puede darse el lujo de quedarse en casa, arriesgándose a que lo despidan.

 

Al verme, extiende la mano como todas las noches, mientras yo pienso: si le doy la mano voy a contagiarme, pero por otro lado ¿cómo podría desairarlo y dejarlo con el ademán del saludo inacabado sólo por un temor absurdo y sin fundamento a que me pase el bicho malo?

 

Prevalece la cortesía, la humanidad, el sentido de camaradería al pelotón, y le doy la mano con énfasis, pensando no importa si te enfermas, ante todo debes ser educado y responder el saludo siempre, en cualquier caso, eso es lo que te enseñó tu padre y es así como debes vivir y morir, aceptando los peligros inevitables cuando eres un buen soldado, uno leal a su pelotón.

 

Y todo está bien, no te quejas, sólo registras el momento: un apretón de manos que pudiste declinar de un modo cortés y, sin embargo, sellaste porque prevaleció en ti el espíritu de tu padre.

 

Tu esposa abre la caja fuerte, saca la hierba fina y anuncia que va a liar un porrito. ¿Cómo podrías oponerte a ese emprendimiento pacífico, amigable, humano? ¿Cómo podrías alegar que en nombre de la salud es mejor evitar esas aspiraciones de humo? ¿Cómo podrías reñirla, amonestarla, hacerla sentir culpable porque quiere un momento de relajación y sano esparcimiento que no se lo vas a dar tú y acaso va a encontrar en esos atados frescos que alguien nos ha regalado por navidad?

 

Estupendo, amor, haz un porrito, fuma el porrito, puedes fumarte el jardín entero si eso te colabora a la felicidad. ¿No es eso el amor, compartir pequeñas travesuras y transgresiones, romper juntos una ley anticuada? Pero por otro lado sabes bien que ya no tienes los pulmones para seguir tragando humo y vas a dormir mejor si no fumas. No es una decisión fácil: ¿tragas humo para reír juntos en el cine o haces el papel de adulto responsable y dejas a tu esposa fumando sola?

 

Es horrible hacer ese papel, el del desertor, del exadicto, del tipo asustadizo que se niega a un vicio placentero porque teme por su salud. Por eso cuando ella prende el porrito y lo acerca a ti para que lo pruebes apenitas y te dice no te sientas obligado, todo bien si no fumas, tú piensas: no es educado dejarla así, con el porrito encendido, no sería fino decirle fuma tú sola, amor, yo ya estoy muy viejo y hecho polvo para fumar contigo.

 

No se lo digo, veo esa posibilidad teórica, la de abstenerme, pasar, no aspirar el humo, y elijo, digno hijo de mi padre, un galán ante todo, los riesgos de fumar a sabiendas de que en esas bocanadas podría estar inhalando los últimos residuos de impureza que acabarán conmigo. Y entonces fumo, trago el humo, golpeo a medias y en ese momento demorado pienso: después no te quejes cuando te falte el aire, tú has elegido sacrificar el aire para ganar unas risas en el cine, ese porrito puede ser la bala pérfida que viene silbando por tu vida.

 

Tarde en la noche todos duermen, te hundes en la cama y sientes el frío: ha llegado una ola de frío, ha bajado la temperatura a unos niveles absurdos, desusados, dicen que mañana bajará a los cuarenta, lo que parece algo obsceno para esta ciudad.

 

En ese momento, qué curioso, eres, sin pensarlo, el tío Bobby en su casa de playa, y te quitas inconscientemente los pantalones porque así has dormido siempre, muy abrigado en el pecho y los pies, pero con las partes íntimas sueltas, respirando, expuestas a las calamidades de la noche. Antes, te asalta una duda, una mínima duda: ¿será mejor dormir esa noche con pantalón de pijama térmico o no permitiremos que el frío nos acobarde y nos quitaremos los pantalones toreros?

 

Por supuesto, el tío Bobby vive en ti, te deshaces de los pantalones y los calzoncillos y te entregas a los peligros de la noche en ese curioso estado de parcial desnudez: todo está abrigadísimo salvo los genitales, que, díscolos, se rehúsan a guarecerse del frío.

 

Y en ese momento antes de quedarte dormido piensas: es una imprudencia lo que estás haciendo, es por allí abajo que se te va a meter el bicho malo, después no te quejes si amaneces enfermo, tosiendo y escupiendo sapos y culebras.

 

Eso es lo que, para bien o para mal, finalmente eres: el que da la mano al enfermo, el que aspira el humo ajeno, el que no puede dormir en calzoncillos.

 

Luego, por supuesto, terminas resfriado como todos en el canal, tosiendo y estornudando mientras haces el programa, compartiendo los bichos del aire, contagiándonos unos a otros de las enfermedades que vienen con el cambio de estación.

 

¿En qué momento te jodiste, Jaimito? ¿Cuándo fuiste humilde, cuándo fuiste amoroso, cuándo fuiste aventurero? ¿Pudo ser la vida de otra manera? ¿Era acaso posible no estrechar esa mano, no tragar el humo, no quitarte los pantalones? ¿No era tu vicioso destino fracasar en esas mínimas pruebas de valor? Esos pequeños fracasos, ¿no son precisamente las señas de tu identidad, aquello que mejor te define?

 

Uno acaba siendo todas las manos que estrecha con los riesgos consiguientes, todos los aires viciados que aspira a sabiendas, todas las prendas que se pone pero sobre todo las que se quita en algún momento de la noche: eso es lo que eres exactamente, ese hombrecillo mediocre, inacabado.

 

Ésas son las cosas que definen a una persona, los pequeños momentos en los que pudiste tomar una decisión responsable y fuiste insensatamente feliz tomando todas las decisiones irresponsables.

 

Puestos a ser responsables, tendría que haberme quedado en los testículos de mi padre, ya salir de allí fue una gigantesca irresponsabilidad. A lo mejor es allí adonde iré cuando deje de respirar: a los santos huevos de mi padre, donde todo esto se originó.

 

Por Jaime Bayly

El próximo año, sin falta

Posted on: julio 2nd, 2013 by Super Confirmado No Comments

A ver, jovencito, sus papeles. No tengo papeles, oficial. Por qué no tiene papeles. Los he perdido, los he dejado en casa. Dónde está su casa. Eso depende. De qué depende. Del mes, del año. Ahora mismo, dónde está su casa. Mi casa está donde duermen mi esposa y mi hija menor.

 

No me diga que tiene esposa, pensé que usted tenía esposo. Nada es lo que parece, jefe, todo va cambiando. Ya veo, o sea que ha tenido esposo. Bueno, no, pero casi. Casi qué. Casi nos casamos, no se pudo. Por qué no se pudo, será que usted no quiso. Yo no quise, es verdad, pero tampoco se podía, y ahora se puede o pronto se podrá y, sin embargo, ya no es tiempo para mí, ahora tengo otras prioridades. Cuáles son sus prioridades.

 

La más urgente es llegar vivo a fin de año. Veo que tenemos problemas de salud. Quién no los tiene, a mi edad quién no los tiene. Qué edad tiene. Me dicen que he cumplido cuarenta y ocho. Quién le dice eso. Los que saben cuándo nací, mi madre por ejemplo, a mí no me consta que nací el día y el año que ella afirma, puede que se equivoque, no me fío tanto de su memoria. Cómo está su señora madre. Espléndida, estupenda, mejor que nunca. Dicen que ha heredado. Eso dicen, no me consta. Dicen que usted ha heredado.

 

Solo he heredado problemas. Dicen que usted es millonario. Siempre he sido de clase media y me las he ingeniado para vivir como millonario, la simulación es un arte. No me hable en difícil, dígame cuánta plata tiene. No lo sé, es relativo, depende. De qué depende. De la moneda en que contamos: si contamos en pesos argentinos tal vez soy millonario, si contamos en libras esterlinas me parece que no. Pero usted en qué moneda ahorra.

 

Yo no ahorro, yo invierto. Ya, o sea que es inversionista. Podría decirse eso, o podría decirse que soy especulador. En qué especula usted. Yo especulo en que al final tengo éxito, mi éxito es una especulación, una conjetura. Vamos a ver, dígame si usted trabaja. Trabajo, por supuesto, todos los días trabajo. En qué trabaja. En mi casa. Cómo que en su casa. Bueno, escribo en un cuarto de mi casa. Qué escribe. Cosas. Qué cosas. Novelas. Ya, es escritor de telenovelas. Bueno fuera, ganaría más plata. Y qué cuenta en sus novelas. La misma historia de siempre, la historia de un tipo al que le toca perder pero que cree que en la siguiente ronda le tocará ganar.

 

Pero no gana. No gana, pierde, pierde siempre. O sea que es usted un perdedor. Sin duda, jefe, sin duda, pero, bien mirado, si me quedo trabajando en mi casa, podría decir que soy un ganador, digamos que he encontrado una manera de ganarme la vida sin salir de casa, eso ya es un pequeño triunfo. Cuáles son sus sueños. No tengo. Cuáles son sus ambiciones. No tengo. Cuál es su patria. Carezco de patria. Adónde quiere llegar en la vida. Aquí mismo, a este lugar en el que estamos. Se puede decir entonces que ha cumplido sus objetivos. Sí, se puede decir eso, también se puede decir que solo trazo unos objetivos que ya he cumplido, así no me siento frustrado. Defínase: ocupación, sexo, nacionalidad, raza, estado civil. Ocupación: artista. Artista de qué. Artista de la farándula. O sea, vedette. Eso, vedette.

 

O sea, puta. Podría decirse, sí, o puto, según sea el requerimiento. Pero ahora tiene esposa, me dijo. Sí, esposa e hija menor. Cómo se llama. Cómo se llama quién, jefe. Cómo se llama lo que quería decirle…ah ya, pero dígame, usted es macho o tira para el otro equipo. No, macho no soy, tiro para el otro equipo, y si no hay otro equipo lo armo enseguida y juego de capitán. Pero, dígame, qué cosa es lo que más le gusta. Tirar, oficial. Tirar con quién. Con quien sea, oiga, no están los tiempos para ponerse quisquilloso. O sea que usted es todoterreno. Así es, cuatro por cuatro. Ya veo, le gusta ponerse en cuatro. Me encanta, soy pasivo. Eso leí que decían los periódicos, que es usted pasivo.

 

Lo soy, sí. Y entonces qué carajo hace casado y con hija. Tres hijas, oficial, tres hijas, qué le parece para ser cabrito. Pues es usted un cabro muy raro, a mi modo de ver. No lo crea, oiga, nada es lo que parece, a mí lo que me gusta es tirar, sea con quien sea. No me mire así, compórtese, párase derecho, déjese de mariconadas, carajo. Relájese, oficial, no se ponga tan estricto, todos podemos ser un poquito putos, es cuestión de estar dispuesto a experimentar.

 

Experimente usted, yo estoy muy contento siendo varón. Dios bendiga su virilidad, oficial, Dios bendiga su culo invicto. Un culo no se bendice, no diga estupideces. Depende de qué culo, oiga usted, hay culos benditos. En eso tiene razón. Míreme el culo, oficial, dígame si le parece que tengo buen culo. Dese vuelta, carajo, míreme a los ojos, no me distraiga. Mil disculpas.

 

Ya no me acuerdo lo que le estaba diciendo. Yo tampoco, da igual. Cómo así fue usted tan huevón de pelearse con sus hijas y botarlas de su casa, a ver, dígame. No me toque el tema, oficial, que me pongo a llorar. Eso no se hace, oiga, eso no se hace. De acuerdo, eso no se hace. Y entonces por qué lo hizo, en qué carajo estaba pensando. No estaba pensando, estaba drogado. Eso le pasa por imbécil, por drogarse. Tiene usted razón, aunque tampoco le voy a mentir, de vez en cuando me gusta drogarme. Vicioso es usted, malogrado, quemado.

 

Un poco malogrado, tampoco tanto. Para mí usted ya quemó, ya fue. Puede ser, pero al final todos vamos a terminar quemados. Dónde están sus hijas. No tengo idea. Desconoce su paradero. Desconozco mayormente: las mayores son mayores de edad y hacen lo que les parece y la menor está durmiendo en mi casa. Con quién duerme. Con María. María será su esposa. No, es mi nana. La nana de su hija, quiere decir. No, jefe, mi nana, la nana de mi esposa y la nana de mi hija, ella nos cuida a los tres. La nana: si será usted pituco, carajo, cómo va a tener nana a su edad.

 

Yo siempre he tenido nana, oficial, no sé lo que es vivir sin nana, así me acostumbraron mis papás. Qué fue de su señor padre. Falleció, oficial. Mi más sentido pésame, que en paz descanse. La paz que no tuvo en vida, oficial. Imposible tener paz teniendo de hijo a una joyita como usted: a mí me sale un hijo chueco como usted y lo enderezo a patadas, lo meto en colegio militar y lo de-sahuevo a punta de correa. Suerte que no soy su hijo, jefe, mejor para los dos. Me estaba contando de sus hijas. Le decía que ya son mayores de edad. Qué estudian.

 

No sé. Dónde viven. No sé con exactitud. Con quién viven. No sé responder, no les he preguntado, no me gusta invadir su privacidad. Qué clase de padre degenerado es usted, carajo. Lo mismo digo yo, oficial, pero que las quiero, las quiero, y ellas lo saben. Pendejadas, el amor se demuestra. Sí, claro, yo lo demuestro siempre. Cómo lo demuestra, si no las ve nunca. Pagando las cuentas, eso ya es algo: que otros se hagan las fotos, yo soy el que paga la cuenta y no jode ni se mete donde no es bienvenido.

 

Y de dónde saca la plata para pagar las cuentas así tan tranquilito. De mis inversiones, jefe, ya le dije que soy inversionista. En qué invierte. Eso no sé. Cómo que no sabe. Eso lo sabe mi hermano, él es el que maneja un fondo de inversión. Ah carajo, su hermano. Mi hermano, sí, yo soy su hermano pero no sé nada. Qué suerte, pues. Suerte, sí, oficial: yo le doy la plata y él la mueve y me da las ganancias cada tres meses y yo no le pregunto en qué la invierte porque para qué le voy a complicar la vida. Y la plata que usted le da a su hermano, de dónde la saca. De mi madre.

 

Entonces sí ha heredado de su señora madre. No, ella me presta, yo invierto su plata, mi hermano me da la ganancia y luego le pago el capital a mi madre. Ah carajo, qué bonita familia. Linda familia, nos queremos mucho. Oiga, y por qué se pasó el semáforo en rojo, qué cree, que somos cojudos, que no lo vemos. No diga eso, el cojudo soy yo, no vi el rojo, pensé que era naranja, soy daltónico.

 

Ya, el mismo cuento de siempre, no vi el rojo, a ver si no ve el rojo cuando va a cachar al cinco y medio, allí sí que ve el rojo del cuarto que está libre. Yo no cacho, oficial, yo hago el amor. Mariconadas, qué amor ni qué carajo. Cómo puedo colaborarle, jefe. Mire, justamente quería comentarle que estamos organizando una kermesse y no sé si a usted le gustaría comprarme un ticket para la rifa. Con mucho gusto, a cómo sale el ticket. Para usted, a diez soles. Y qué se rifa. Cómo que qué se rifa. Qué se rifa en la rifa, usted me dijo que hay una rifa en la kermesse. No hable huevadas, oiga, hay una rifa pero no se rifa nada. Ah ya, entiendo. Y cuándo regresa a la televisión. El próximo año sin falta, oficial, allí nos vemos.

 

Por Jaime Bayly

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