César sopló las velas de su torta de cumpleaños minutos después de que Antonio, el albañil del edificio, llenara diez bolsas de escombros raspando las paredes agrietadas de la sala. Heleonor asiste todos los días con su computadora a distintos centros de acopio a escanear las órdenes de salida de la ayuda humanitaria que entregan dos fundaciones, a pesar de que se quedó sin casa en el centro de Caracas y ahora vive con su hermano en el extremo opuesto de la ciudad.
Héctor sigue trabajando como fotógrafo, pero duerme con su mamá y su hermana en Caricuao, para bajar la ansiedad que le produce ir cada día a La Guaira a cumplir con sus labores. Gabi y Marcello pasan los días reparando la habitación que ellos mismos habían dejado lista tres días antes del terremoto, mientras vuelven a abrir su tienda de diseño en un centro cultural. Humberto sigue presentando su programa de televisión con análisis de los partidos del Mundial de Fútbol, pero sin música y vestido de negro. Alejandra acaba de subir los ocho pisos de su edificio en esas escaleras de caracol con un mercado a medio hacer, sin advertir que no puede cocinar por la fuga de gas de su edificio. Y Emilio se acaba de ir de Venezuela después de años sin visitarla, sin haber podido ver el mar desde el apartamento de su familia en La Guaira, porque se desplomó.
Desde los terremotos del 24 de junio que azotaron Venezuela, que según la ONU dejó a casi 7 millones de personas afectadas, Caracas se convirtió en una ciudad sin ascensores, sin cocina y, a veces, sin paredes. Los vecinos intentan una nueva normalidad que se resume en el color de la etiqueta que les han puesto los revisores de daños a los edificios: roja, amarilla o verde. Funciona como un semáforo de la habitabilidad. Una idea que empezó gracias a la Alcaldía de Chacao —la única de cinco alcaldías en la capital que ha respondido en tiempo real las necesidades de sus vecinos, desde el primer día— y que, de a poco, se ha extendido a otros municipios. Todos quieren saber el estado de su propiedad. Si es roja no se puede entrar, está comprometida y quizá hay que demoler; si es amarilla, hay que hacer muchos arreglos; y si es verde, los vecinos están dentro de la aspiración: pueden venir réplicas y no se va a caer. Se puede habitar, recibir visita, aunque haya que subir ocho, doce, dieciocho pisos por las escaleras. E intentar una vida normal.
Pero los edificios no tienen los ascensores encendidos. Un poco por sentido común —ha habido más de 1.200 réplicas desde el día de los sismos, según Funvisis— y otra, por ley. Los Bomberos de Caracas y el Ministerio de Relaciones Interiores prohibieron usarlos hasta nuevo aviso. Y, para quienes tienen la etiqueta verde, deben mandar a revisarlos para llevar un informe técnico a la alcaldía que autorice su funcionamiento, cuando se decida que se pueden reactivar. Lo mismo pasa con el gas, que afecta a quienes tienen calentadores de agua o cocinas. Los enlatados no han sido solo para los damnificados, sino para muchos de los ciudadanos que permanecen en sus casas y no pueden optar por un plato de comida caliente aún.

Una solución han sido las “balas frías”, el título que les dan los venezolanos a las comidas rápidas como perros calientes en la calle, cachitos en las panaderías, empanadas o restaurancitos chinos de toda la vida. El asunto es que no todo está abierto, abre a medias o abre con el ruido de las máquinas que todavía están removiendo escombros en las inmediaciones de la nueva normalidad. Los comensales atraviesan calles acordonadas —sobre todo las que están cerca de los edificios desplomados de la zona o las moles empresariales que corren el riesgo— intentando no prestarles atención a los escombros, pero esas máquinas que suenan buscando cuerpos, o pertenencias, son los mismos que, durante al menos una semana, estuvieron escuchando lamentos de los familiares y sonidos de ambulancias desde sus casas, mientras intentaban conciliar el sueño en medio de las réplicas que siguieron y hoy siguen sintiendo que todo tiembla, que no es seguro estar en casa, que todo es una pesadilla, que no pueden dormir.
Según Carolina Carrillo, docente del Postgrado de Psiquiatría de la Universidad Central de Venezuela, ha habido un incremento en la asistencia de pacientes a la consulta que acuden por primera vez después del doblete sísmico, aunque todavía no hay una cifra oficial. “Hay pacientes con antecedentes de depresión y ansiedad que, a partir de estos eventos, están sufriendo recaídas” dice. Pero el trastorno más frecuente que presentan los pacientes que no sufrieron un gran daño o pérdida, es la reacción al estrés agudo. Explica la especialista: “Se trata de un malestar que agrupa trastorno del sueño, sensación de amenaza permanente, hipervigilancia, miedo a que se vuelva a repetir el mismo evento, y una sensación de angustia constante que provoca insomnio porque la persona no puede relajarse, e incluso sale de la casa y no regresa”.
Por EL PAÍS










