Guy Sorman: Otro éxito del liberalismo

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Guy Sorman: Otro éxito del liberalismo

 

El espectacular fracaso de Viktor Orbán en Hungría traspasa con creces las fronteras de su país. Orbán se había convertido en el icono de una nueva derecha que se definía, paradójicamente, como antiliberal, nacionalista, cristiana y xenófoba. Durante dieciséis años, Orbán había logrado controlar todas las palancas del poder –la economía, la Justicia y los medios de comunicación– de su país, destruyendo de forma sistemática todo lo que pudiera oponerse a su autoridad absoluta. Había encubierto su propia corrupción, la de su familia, su demagogia, su odio hacia Europa, su amistad con Putin, su rechazo a la inmigración (cuando nadie emigra a Hungría) su supuesto cristianismo, una pizca de antisemitismo para condimentarlo todo, en una jerga ideológica para la que había acuñado el concepto de ‘iliberalismo’. Esta ideología de pacotilla, máscara de la cleptocracia, había reunido en torno a la Hungría de Orbán numerosos movimientos extremistas de la misma calaña que veían o intuían en la pequeña Hungría el ejército de vanguardia de una negación de la democracia liberal, de una subyugación de la economía de mercado en nombre de un patriotismo equivocado.

El Gobierno de Orbán financiaba medios de comunicación y manifestaciones iliberales en el exterior. Los aspirantes al poder de toda Europa y de Estados Unidos acudieron a brindarle su apoyo, y hasta el último momento, Orbán pudo creer que su amistad de conveniencia con Donald Trump volvería a inclinar la balanza a su favor en las urnas. Para sorpresa general, y sin duda de Orbán, a pesar de las manipulaciones electorales a las que estaba acostumbrado, fue una auténtica oleada la que devolvió a los húngaros al camino de la razón y del liberalismo auténtico. El nuevo gobierno de Péter Magyar –conservador y liberal– deberá esforzarse, al igual que ocurrió en Polonia tras la destitución del Gobierno nacionalista (el llamado Partido de la Justicia) por parte de Donald Tusk (centrista y liberal), por reconstruir piedra a piedra lo que Orbán ha destruido: la transparencia del debate político, la libertad de los medios de comunicación, la independencia de los jueces y la reconciliación con la Unión Europea. Todo ello más allá de la división entre derecha e izquierda, obsoleta y arcaica; por otra parte, la nueva Asamblea no contará con ningún diputado de la llamada izquierda.

Lo que hizo que los votantes húngaros cambiaran de opinión no fue un razonamiento de carácter abstracto, sino la constatación de que el antiliberalismo de Orbán era una farsa cuya única víctima era la gente común, con la excepción de los que se aprovechaban del régimen. Hungría bajo Orbán se ha convertido en el país más pobre de Europa, a pesar de las ayudas europeas confiscadas por los secuaces en el poder. Los húngaros han tomado, por tanto, conciencia de los efectos catastróficos de la demagogia de Orbán, de su desastrosa ruptura con las reglas elementales de la economía liberal, de todo lo que tenían que perder al dar la espalda a la Unión Europea y acercarse a la Rusia de Putin. Los votantes húngaros, como los del resto del mundo, se dejan llevar a veces por el entusiasmo ideológico, pero mucho más a menudo por la constatación práctica de los resultados –o de la falta de ellos– de la política. Con el fracaso de Orbán no solo su partido y su método son relegados al olvido, sino que se desmorona toda la mitología de la que se había rodeado y en torno a la cual gravitaban una serie de políticos descarriados o ideólogos faltos de imaginación.

Orbán nunca logró explicar cómo el liberalismo podía ser iliberal, es decir, la negación de sí mismo; o cómo podía funcionar una economía de mercado si se suprimían el mercado y el imperio de la ley. Todo el asunto era absurdo y es lamentable que los mecanismos de la UE no hayan permitido sacar a la luz la traición de su régimen antes de que los votantes húngaros se pronunciaran al respecto. En resumen, este fracaso de Orbán reforzará considerablemente a Europa y, por extensión, el apoyo a Ucrania que él estaba bloqueando. Se trata de una victoria para la democracia liberal y para la Unión Europea, que a pesar de todas las quejas populistas y nacionalistas no deja de avanzar en unidad y eficacia, tanto en el ámbito económico como en el militar.

Europa, desde sus orígenes, paradójicamente, solo avanza de crisis en crisis. La que han provocado Trump y su aliado Putin consigue, a pesar suyo, transformarla en una verdadera confederación, en beneficio de los pueblos que la integran, de los regímenes que respetan sus normas y de sus ciudadanos. Un éxito muy bienvenido, mientras Rusia amenaza, el islamismo está a nuestras puertas y Estados Unidos se autodestruye. La Unión Europea se perfila cada vez más como una estructura sólida y radiante, la más capacitada para garantizar a largo plazo la seguridad y la prosperidad de los pueblos. Los húngaros acaban de prestarse un servicio a sí mismos, pero también ante la historia y a todos aquellos que, en todo el mundo, ven en la Unión Europea un modelo de futuro para la humanidad civilizada.

A este camino hacia el futuro le falta entusiasmo popular. Los europeos, más allá de su pasaporte común, no se sienten verdaderamente ciudadanos de esta Unión. Desconocen en gran medida su funcionamiento y las escasas decisiones que les llegan a través de los medios de comunicación y, sobre todo, de las redes sociales casi siempre se presentan de forma caricaturesca; las buenas decisiones, por su parte, nunca destacan. Para completar la Unión Europea es indispensable integrarla mejor, desde la infancia, en todos los programas escolares, de modo que cada ciudadano de nuestro continente se sienta privilegiado por llevar una doble identidad: la de su país y la de Europa. Es precisamente a través de la educación básica como nos libraremos de las caricaturas de una Europa supuestamente burocrática para revelar su originalidad histórica y su potencial de futuro. Esta educación básica iluminará las decisiones políticas en el momento en que los votantes comprendan que ya no tienen que elegir entre la derecha y la izquierda, la extrema derecha y la extrema izquierda, sino entre más o menos Europa: sabiendo con precisión lo que un mayor compromiso con Europa podría aportarles.

Con demasiada frecuencia, a los candidatos a cargos públicos les resulta más fácil, e incluso más rentable, desmarcarse de Europa y avivar la xenofobia y el miedo al otro, un discurso que solo prospera gracias a la falta de información de los votantes. Los húngaros nos dicen: «¡Ya basta de populismo!». No podemos, cada uno en nuestros países, quedarnos atrás respecto a los húngaros. Más bien debemos sumarnos a su perspicacia, basada, es cierto, en dieciséis años de experiencia desafortunada. No esperemos dieciséis años.

Guy Sorman

Artículo publicado por el diario ABC de España.

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