Las consignas cacareadas en cualquier escenario, fino o de mala muerte, se las lleva el viento y terminan en el patio trasero de la historia; en cambio, el amor por lo de uno no pide sello de la parroquia ni carnet de partido
Basilio Tejedor —aquel hermano lingüista no jesuita que en la escuela de Comunicación Social de la UCAB nos metía la Psicolingüística entre ceja y ceja como quien te sirve un café bien cargado en tarde de palo de agua— solía lanzarnos una advertencia que se me quedó enredada en el teclado: «Cuidado con los vocablos que terminan en -ismo y en -ista, porque dejan de ser ideas para volverse un cepo, un corsé, una camisa de fuerza».
Y miren cuánta razón tenía el querido y genial Tejedor. Nos pasamos la vida buscando cobijo, refugio (y sobre todo coartada) en las etiquetas, como si ponerle un apellido engolado o dominguero a la existencia nos librara del rigor y la faena de pensar por cuenta propia. Empezamos probando un ideal con cierta candidez y terminamos víctimas del ignorante fanatismo: esa decadente ceguera irracional que anula la razón y nos emborracha con la inercia de la fanaticada, aplaudiendo en multitud como foca en parque de diversiones.
El -ismo es el dogma y la doctrina enlatada, sin sazón, como hallaca congelada de supermercado; el -ista te tuerce el brazo y te da el carnet de una tribu para que te sumes a la hinchada y no sientas el frío de la intemperie.
Pero el cobro es amargo y con costosos intereses: le dejas el juicio empeñado al primer charlatán con micrófono, le endosas la duda a la masa y te tapas los ojos como mula de trapiche.
En esta esquina del mundo donde los adjetivos andan desbocados y la intransigencia cotiza alto, la gente pretende que uno ande alineado en una acera o en la otra, sin entender que la vida de a pie —la del café con leche, la cola del pan, la zozobra de si llega el agua o la resignación ante el apagón de turno— no cabe en la estrechez de ningún corsé gramatical de cafetín.
Por eso me planto en el zaguán y lo digo sin rodeos ni anestesia: yo no soy -ista de ninguna capilla, de ningún mesías ni de ningún altar. Soy venezolana y, a mucha honra, con excepción necesaria del “-ista”, venezolanista. Porque si hay una salvedad que aguanta el filtro del hermano Basilio, es la que no nace de la biblioteca ni de la proclama política, sino del mondongo, la empanada, la guarapita y el tequeño.
Ser venezolanista no es trajearse un uniforme ideológico, ni marchar por inercia, ni andar haciéndole barra y reverencia a las estupideces en gavilla. No es un -ismo que asfixia, sino la terquedad casi mística de querernos así, maltrechos y golpeados pero en pie; es el apego visceral a esta tierra de guayacanes, a su gente de pura guataca y a su alboroto tajante. Las consignas cacareadas en cualquier escenario, fino o de mala muerte, se las lleva el viento y terminan en el patio trasero de la historia; en cambio, el amor por lo de uno no pide sello de la parroquia ni carnet de partido.
Decirse venezolanista es mandar muy educadamente —o no tanto— a lo alto del mástil (es decir, al carajo) el encasillamiento barato para amarrarse a lo único que nos mantiene firmes cuando la casa cruje: la convicción terca de que este país vale cada desvelo, cada guayabo, cada lágrima y cada esfuerzo por remendar lo roto.
Valga, entonces, sacudirse la gramática del dogma, mandar al demonio la ceguera militante y volver a hablar como la gente de pueblo, agarrados con uñas y dientes de la única causa que jamás nos quitará la libertad: la venezolanidad.
Soledadmorillobelloso@gmail.com








