El país vive un proceso de deterioro progresivo e inocultable en sus estructuras administrativas, físicas y hasta morales. La demostración más palpable es el apagón nacional del pasado martes, que dejó a más de medio país sin energía eléctrica (en algunos casos por más de 18 horas).
La frustración del pueblo crece ante la falta de soluciones efectivas por parte del Estado, mientras que la explicación oficial a todos los males que aquejan al ciudadano es siempre la misma: “Fue sabotaje, conspiración y golpe”.
El sempiterno culpable es el enemigo externo, el interno o ambos, pero ¿qué implicaciones tiene semejante hipótesis en un país donde las instalaciones de generación y transmisión llevan más de tres años fuertemente custodiadas por efectivos militares y el CICPC, desde la primera declaración de emergencia eléctrica en febrero de 2010, y donde las empresas consideradas “medulares” para el funcionamiento del Estado han sido objeto de una feroz cacería de brujas para depurarlas de todo elemento “contrarrevolucionario”?
¿No es entonces la adjudicación de la responsabilidad a factores externos una admisión tácita de incompetencia absoluta de los cuerpos de seguridad y los gendarmes políticos de la revolución?
Este fuera el caso si la gente en efecto comprara por cierta la tesis del sabotaje, pero ante las acusaciones prematuras y la falta de investigaciones serias que aporten pruebas convincentes, la población ha caído después de mucho tiempo en un estado de nihilismo donde se da cada vez menos crédito a la palabra del gobernante.
El Gobierno necesita con urgencia rescatar su credibilidad y ello pasa por asumir responsabilidades y cumplir lo que se promete. El más que evidente fracaso del llamado plan de los 100 días del ministro de Energía Eléctrica, Jesse Chacón, debería resultar en la renuncia irrevocable de este, tal como prometió cuando asumió el cargo el pasado 7 de mayo; no hacerlo, bajo alegato de tecnicismos y excusas maniqueas, solo evidencia que se trató de una oferta hueca en busca de centimetraje mediático.
Cuando Hugo Chávez Frías asumió la responsabilidad y consecuencias del fallido golpe de Estado el 4 de febrero de 1992, muchos venezolanos vieron entonces a un hombre capaz de hacer lo que la clase política de los últimos 40 años no había hecho: dar la cara. Hoy, cuando el Gobierno se esfuerza en mantener vigente el legado de su “comandante eterno”, bien valdría la pena honrar con el ejemplo la cualidad que les abrió las puertas como fenómeno político y social.
Fuente: La verdad











