Es raro que alguien como yo, a quien no le gustan mucho los deportes, escriba sobre ellos con un enfoque positivo, pero, ojo, lo hago porque no soy enemigo de ellos. A mi longeva edad he sido y soy muy feliz sin hacer deportes y, sin embargo, me contenta que la gente los practique o simplemente disfrute viéndolos.
Dicho lo anterior, confieso que me gustan los mundiales de fútbol. Estos partidos en ocasiones son emocionantes y es increíble la pasión que generan, a veces irracional, como cuando, por ejemplo, desde Francia, España e Inglaterra, salen los hinchas a las calles de los países europeos, al parecer sin leyes, a destruir todo a su paso, gane o no el equipo de su preferencia. Bandas de delincuentes a su libre albedrío, saquean negocios o queman automóviles y se enfrentan a una policía blandengue que, inexplicablemente, no impone autoridad. Pero ese tema es para otro día.
Como sabemos, el fútbol genera miles de millones de dólares. Es asombroso lo que ganan los jugadores, algunas veces las cifras rayan en lo envidiablemente grotesco por lo bien que les pagan. Ellos mismos, los jugadores, son una especie de objetos que pueden ser vendidos más caros que un cuadro de Picasso. Ya casi estamos acostumbrados a escuchar que el equipo tal compró a tal jugador por tantos millones de dólares. ¡Es una venta de seres humanos! Por supuesto, yo hablo de esto desde la envidia porque en fútbol no valgo ni medio. Nadie quiere comprarme y lo entiendo.
Si yo fuese millonario, compraría para mí show de humor a Emilio Lovera, Laureano Márquez o al Profesor Briceño. Mi esperanza es que ellos se vuelvan millonarios y me compren. No sé cuánto pedirían mis managers, la de Europa, Mariela Franco y mis dos estrellas en Venezuela, Mariangely Andara y José Verdalles. La verdad es que, seguro, me pondrían en oferta. Podría ser algo como: “compre uno y se lleva dos” o “si usted compra a Claudio Nazoa le regalamos un Amilcar Rivero”.
Pero, ¿ven cómo son las cosas? Tampoco ese era el tema, pero la tentación del humor lo jode todo. Hoy quería hablarles de la psiquis de los porteros de fútbol. Su trabajo es evitar que la pelota entre dentro del arco, mientras sus compañeros de equipo harán lo imposible para que eso no ocurra, pero… en algún momento tiene que pasar y ese gol que han clavado en el arco, también se lo han clavado al orgullo del portero quien ha hecho lo imposible para evitarlo. De repente, ante millones de espectadores de un mundial, literalmente le han metido un gol.
Todos en el equipo son culpables, si es que se puede hablar de culpabilidad en un juego, pero el portero es quien más se siente así. En cuestión de segundos pasa de ser amado a ser odiado. Cuando logra parar la pelota es un héroe, cuando la pelota entra al arco es el peor de los seres humanos y millones de personas que hace un minuto lo adoraban, ahora lo recriminan sin piedad, lo humillan, lo insultan y en el momento del gol que ha dejado pasar, él mismo se siente un fracasado.
Es difícil ser el portero. Si los demás jugadores meten un gol, son aclamados como héroes y si no lo meten, siguen siendo admirados y comprendidos. Pero los porteros no tienen perdón ni descanso mental aun ganando su equipo.
Hace algún tiempo, en un viaje en avión, me tocó sentarme al lado de un portero profesional y me comentó que cuando al portero rival le conectaban un gol, por empatía, sentía alegría y tristeza al ver a su rival derrotado porque él se siente como él.
Fíjense que interesante esta disyuntiva de los porteros, ellos, por supuesto, quieren ganar, pero el dolor de la derrota de su colega lo sienten como propio.
Díganme cuando en la final de un mundial, ocurre esa cosa emocionante y horrible a la vez llamada penalti por empate. Según mi opinión y no importando quién gane, los verdaderos héroes son los dos porteros porque, irónicamente, están en los penaltis ya que ambos hicieron muy bien su trabajo, pero alguien tiene que ganar y cuando por fin eso sucede, hay dos héroes llorando por la emoción de haber ganado y perdido a la vez.
En la vida, muchas veces todos hemos sido porteros, razón por la que, con culpabilidad, entendemos el dolor ajeno aun sintiendo alegría por nosotros mismos.
Claudio Nazoa








