El punto esencial de la fórmula es esta: la felicidad alcanza su máximo cuando ganamos y nuestras expectativas son bajas; pero esa felicidad disminuye gradualmente con el tiempo. Para ser claros, los científicos no estaban estudiando la satisfacción general de la vida, sino la alegría momentánea –esa que todos confundimos con felicidad y queremos postergar– que viene de ganar un premio.
Con máquinas MRI, los científicos espiaron el cerebro de 26 sujetos que jugaban un juego de apuestas. A lo largo del juego, la computadora les pidió a los participantes que calificaran qué tan felices estaban en una escala del 1 – 10. Después de ello esbozaron la ecuación de arriba.
Lo que encontraron fue que no era la cantidad de dinero lo que les daba la mayor felicidad, sino ganar cuando no estaban esperando ganar. Lo más destacable de la fórmula es que incorpora el “factor de olvido”, que predice que la felicidad obtenida de un triunfo anterior se degrada con el tiempo. Ello quizás pueda explicar la obsesión de compartir repetitivamente frases y citas que dicen esencialmente lo mismo. Tendemos a olvidar el pequeño “placer” que nos genera una cosa, y necesitamos provocarlo una y otra vez, hasta que, naturalmente, todo se vacíe de significado (lo cual no nos detiene, sino al contrario nos produce más deseo).
De acuerdo a la fórmula, la felicidad no aumenta con la repetición, sino disminuye. Cuando ganamos y ganamos en un juego de apuestas la felicidad se normaliza. Cuando compartimos y compartimos frases “profundas”, la profundidad se vuelve superflua. La búsqueda de la felicidad es un cuento de nunca acabar, por que como tal no existe. Existe la alegría momentánea, pero incluso esta se escabulle si intentamos forzarla. Existe el bienestar, ese sí existe y es duradero, pero nada tiene que ver con lo anterior.
Fuente: Pijama Surf









