Carolina Jaimes Branger: Después de 27 años, ¿qué NO hemos aprendido?

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Carolina Jaimes Branger: Después de 27 años, ¿qué NO hemos aprendido?

No quiero una Venezuela en la que unos venezolanos aprendan a despreciar a otros venezolanos con el mismo lenguaje que durante años hemos denunciado. Carolina Jaimes Branger

Vi en Instagram un post sobre un nuevo programa de Venezolana de Televisión Noches con Silvaconducido por Henrys Silva. Hasta ahí, cada quien verá lo que quiera ver y escuchará lo que quiera escuchar.

Lo que me llamó la atención -y me dio mucha rabia- fue el comentario de una persona que, al referirse al público que asistía al programa, escribió: “Ahí está la zambería”.

Le respondí algo muy sencillo: ¿Qué tienen de malo los zambos? ¿Cuál es, según él, el dilema con ellos? Porque ese, precisamente, es uno de los problemas que después de 27 años de sufrimiento seguimos sin resolver.

Durante mucho tiempo nos contamos a nosotros mismos que los venezolanos no éramos racistas ni clasistas. Que aquí todos éramos iguales. Que el mestizaje nos había vacunado contra esos prejuicios. Pero quizás nos lo creímos demasiado, porque sí éramos clasistas y sí hemos sido racistas, aunque nos incomode reconocerlo.

En Venezuela, como en cualquier sociedad, hemos tenido prejuicios de clase, de color de piel, de apellido, de origen, de educación y hasta de acento. Los hemos disimulado detrás del humor, de la familiaridad y de esa costumbre tan nuestra de tratarnos de “negro”, “catire”, “gordo”, “flaco” o hasta “niche”, sin preguntarnos siempre qué hay detrás de las palabras.

Pero hay algo que deberíamos tener clarísimo a estas alturas: ser negro no es un defecto. Ser zambo no es un defecto. Y ser blanco tampoco es una virtud.

Mi tío bisabuelo Laureano Vallenilla Lanz decía -no sé si la frase es suya o simplemente la repetía- que en Venezuela quien tenía varias generaciones aquí, “si no tiraba flechas, tocaba tambor”. La frase podrá sonar políticamente incorrecta hoy, pero encierra una verdad que deberíamos recordar: Venezuela es un país profundamente mestizo.

Todos podemos tener entre nuestros antepasados a indígenas, africanos y europeos. ¿Y qué? Eso NO es un problema. El problema empieza cuando alguien se siente superior a otro por su color de piel. O por su apellido. O por el dinero que tiene. O por la universidad en la que estudió. O por el lugar donde nació. O por la música que escucha. O por la manera en que habla. Y ahí está, precisamente, una de las grandes tragedias de estos 27 años.

Nos hemos pasado siglos tratando de averiguar quién tuvo una abuela negra para decidir cuánto valía. Y después de 27 años de chavismo seguimos utilizando el color de la piel como arma política. ¿De verdad eso es lo que aprendimos?

Hugo Chávez no inventó todos nuestros prejuicios. Los encontró. Encontró resentimientos reales, desigualdades reales y heridas sociales reales. Y en lugar de ayudarnos a superarlos, convirtió muchos de ellos en instrumentos de poder. Convirtió el resentimiento en una herramienta política, la división en una estrategia, la condición social en una identidad política “somos patenelsuelos” y el color de piel, en ocasiones, en una bandera. Y así terminamos enfrentados venezolanos contra venezolanos.

Pero hay algo todavía más triste: que después de haber pagado un precio tan alto, sigamos regando la misma matica. Porque el resentimiento no se combate con otro resentimiento. El racismo no se combate con racismo de signo contrario. El clasismo no se acaba cambiando quién desprecia y quién es despreciado. Y una sociedad no se reconstruye sustituyendo una superioridad por otra.

Por eso me preocupa tanto leer “ahí está la zambería” como si la palabra fuera un insulto.

Me preocuparía exactamente igual que alguien escribiera “ahí están los blanquitos”, “ahí están los sifrinos”, “ahí están los negros”, “ahí están los indios” o cualquier otra expresión destinada a convertir las características de un grupo humano en una descalificación.

No quiero una Venezuela en la que unos venezolanos aprendan a despreciar a otros venezolanos con el mismo lenguaje que durante años hemos denunciado.

Quiero una Venezuela en la que podamos mirar una multitud y no preguntarnos primero de qué color es, cuánto dinero tiene o de qué clase social viene.

Quiero que aprendamos, finalmente, que una persona no vale más porque sea blanca ni vale menos porque sea negra. Que no es mejor quien tiene un apellido ilustre ni peor quien nació en un barrio humilde. Que nadie hereda superioridad, pero tampoco nace inferior.

Y que el verdadero problema nunca ha sido el color de la piel. El problema son los que se sienten superiores.

Después de 27 años de sufrimiento, de familias separadas, de millones de venezolanos fuera del país, de una economía destruida, de instituciones arrasadas y de tantas vidas atravesadas por el conflicto político, uno esperaría que hubiéramos aprendido algo.

Por lo menos, que NO hemos sufrido 27 años para terminar aprendiendo a odiarnos mejor.

Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

 

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