En Venezuela, la macroeconomía se cuenta en conferencias, mientras la vida real se mide en pasillos de supermercado; la distancia entre ambas escenas es hoy tan grande que parece que ocurrieran en países distintos. De un lado, se habla de crecimiento, estabilización, “normalización” de la inflación; del otro, una familia frente a una nevera casi vacía, calculando si compra un kilo menos de harina para poder pagar el pasaje de la semana.
Esa grieta es, en sí misma, una noticia que casi nunca se cuenta, porque pareciera que es “tirarle mala onda” al nuevo relato de la recuperación, “lenta pero segura” … En fin, es que ya tuvimos tantos “nuevos relatos” que uno se cansa y se siente utilizado.
La jornada del consumidor comienza mucho antes de abrir la puerta de su casa, lo hace en el chat de WhatsApp de amigos, vecinos y familiares que comparten precios en tiempo real, como si fueran corredores de bolsa de un mercado roto. “El kilo de queso amaneció en tanto”, “en tal bodega todavía está más barato el aceite”, “en dólares te lo dejan en menos”.
El venezolano promedio planifica su compra con el mismo nivel de estrategia con el que en otros países se arma una inversión: monitorea, compara, se adelanta a la subida que viene, y no compra cuando lo necesita, compra cuando puede.
El salario —cuando existe— dejó de ser una referencia; porque el consumidor venezolano vive en un país donde el sueldo mínimo legal es casi un chiste de mal gusto y su supervivencia depende de una mezcla inestable: remesas, trabajos informales, rebusques digitales, bonos del gobierno, “tigres” de fin de semana.
La consecuencia psicológica/sociológica/antropológica es profunda porque se pierde la idea de estabilidad, de horizonte, de proyecto, aspectos estos que subyacen a la esperanza y al tísico optimismo con el que tratan de mirar el futuro. Por eso es que más que esperanza, son ganas de tener esperanza.
Porque el consumo, que en teoría debería ser la expresión de una cierta libertad de elección, se convierte en una coreografía defensiva para evitar caer un escalón más en la escala de pobreza. Atraviesan el terreno frágil de la autoestima, de la comparación constante con los demás y con el propio pasado: “Antes yo podía; ahora no”.
Ese consumidor no “ajusta” el presupuesto, sino que renegocia su propia idea de dignidad: Comer tres veces al día, tener un jabón que no irrite la piel, comprar un cuaderno decente para el hijo, se vuelven lujos discretos.
En la cotidianidad, eso se traduce en una economía de renuncias silenciosas, donde el café ya no es la marca preferida, sino el paquete más barato del estante; la leche se compra una semana sí y otra no; el queso duro que antes se rebanaba generoso ahora se ralla finísimo para “rendirlo”. Se reduce la proteína, y se estira el carbohidrato.
El venezolano sabe que el precio del arroz de hoy no será el mismo dentro de dos semanas, y que el efectivo se evapora como si tuviera un agujero invisible; por eso la inflación la viven de forma brutal en lo más íntimo, que es la rutina diaria.
El resultado es una sensación permanente de carrera contra el tiempo, donde todo es “antes de que suba más”, “antes de que se acabe”, “antes de que el dólar vuelva a moverse”. Por eso compra por adelantado cuando puede, aunque eso signifique quedarse sin reserva de efectivo para otras emergencias.
A este escenario se suma un actor que rara vez aparece como protagonista que es el pequeño comerciante, el dueño de la bodega de la esquina, o el de la panadería modesta, que también es consumidor, y al mismo tiempo, villano involuntario del relato popular.
Lo señalan por los precios, pero él también vive atrapado en la misma lógica: repone inventario en dólares, paga servicios caros y poco confiables, negocia con proveedores que cambian tarifas de un día para otro, y vende en bolívares que se deprecian mientras cuenta el cambio. Y su aparente “ganancia” muchas veces no alcanza para reponer la mercancía en las mismas condiciones. También él hace malabares, también él siente que cada remarcaje de precios deteriora un poco la relación con sus vecinos.
Por eso la vida cotidiana del consumidor venezolano está marcada por una paradoja cruel: se ve más oferta, más anaqueles llenos, incluso productos importados, y sin embargo se siente menos acceso real.
El supermercado muestra una Venezuela que no coincide con el bolsillo de la mayoría, donde la abundancia relativa de mercancías convive con la escasez profunda de poder adquisitivo; haciendo aparecer una forma muy particular de frustración, que es la de ver, tocar, oler, pero no poder llevar. Es la versión económica del “mirar desde la vitrina”, o en tanguero argentino “la ñata contra el vidrio”.
Pero, en contrapartida, se ha consolidado la capacidad de adaptación que se ha construido alrededor de esta precariedad; la cual será necesaria para la etapa de reconstrucción donde la palabra clave, a todos los niveles, será austeridad. Enfrentaremos, si Dios quiere, las vacas gordas con un criterio de escasez que habilitará que cada paso que demos hacia adelante, sea sólido y con criterio de ahorro e inversión.
Al mismo tiempo que surgen mercados comunales más baratos, redes de intercambio, grupos que juntan pedidos para abaratar costos, emprendedores que venden por encargo desde sus casas, y sistemas informales de crédito entre conocidos. Es una economía de baja escala, muchas veces invisible para las estadísticas, pero que sostiene la vida diaria de millones. Es también una forma de resistencia: si el sistema formal no garantiza estabilidad, la comunidad intenta construir sus propias reglas.
Sin embargo, no hay que romantizar esa resiliencia, porque esa misma “viveza” económica, ese ingenio para sobrevivir, tiene un costo emocional enorme que agota, desgasta, y consume tiempo vital. Lo que en otros lugares se resuelve en una hora de compras aquí puede significar un día entero de traslados, conversaciones, comparaciones, colas y negociaciones.
Para ese consumidor, la economía, lejos de ser un fondo abstracto de grandes números de inflación, crecimiento o reservas, se ha convertido en la ocupación central de la vida: pensar en cómo llegar a fin de mes es un trabajo a tiempo completo.
Mientras no se cuente esta historia con la misma fuerza con la que se narran los acuerdos energéticos o las cifras del banco central, seguiremos hablando de economía sin mirar de frente a quienes la sostienen todos los días, que son las personas que, con un carrito medio vacío y una billetera exhausta, siguen intentando llevar algo digno para su casa.
Noticias destacadas
El País: La apuesta petrolera de María Corina Machado: seguridad y transparencia para atraer inversionistas a Venezuela. La líder opositora asiste a la mayor conferencia energética del mundo en Texas y aboga por un aumento de la inversión extranjera incluso dentro de Pdvsa
La Patilla: María Corina Machado presentó plan energético para la recuperación económica de Venezuela en el CERAWeek. EFE: María Corina Machado ofrece minimizar intervención estatal en Venezuela para la industria petrolera.
El Nacional: Trabajadores y estudiantes de la UCV convocan marcha nacional el 9 de abril hacia Miraflores.
Tal Cual: Trabajadores y estudiantes se concentraron este miércoles en la Plaza Cubierta de la UCV en protesta por bajos salarios y para exigir liberación de presos políticos y hasta elecciones, luego marcharon por los alrededores de Plaza Venezuela.
Anunciaron que el 9 de abril irán a Miraflores
La Ceiba. Diosdado Cabello, noche del miércoles: la Ley de Amnistía es «potestad de la revolución bolivariana» y «donde nos tengamos que trancar, nos trancamos».
DW: Delcy Rodríguez destituye a embajador de Maduro ante la ONU. La encargada del régimen chavista de Venezuela, Delcy Rodríguez, destituyó este miércoles al embajador venezolano ante la ONU, Samuel Moncada, quien ocupó el cargo por casi 10 años.
Tal Cual: Rodríguez promete seguridad a inversionistas en Estados Unidos «indistintamente de alternancias políticas».
CNN: Delcy Rodríguez dice que Estados Unidos “es un mercado natural” para los hidrocarburos de Venezuela.
AP: No mencionó a Maduro y, en cambio, se centró en tranquilizar a los posibles inversionistas diciéndoles que Venezuela representa una inversión segura, en parte gracias a la reciente reestructuración de su industria petrolera.
Alianza Rebelde Investiga: La Conversa. Delcy Rodríguez persigue legitimidad de su gestión y el tiempo la favorece. Para la analista político, Carmen Beatriz Fernández, el paso del tiempo favorece a la presidenta interina que goza de la venia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Sostuvo que los cambios en el gabinete son avalados por la Casa Blanca y espera que la sociedad civil siga pujando por una transición.
Reuters: Equipo de Exxon Mobil llega a Venezuela para evaluar recursos e instalaciones energéticas. La misión, según el director de exploración de la compañía, tiene dos propósitos esenciales: primero, obtener una valoración clara del “estado del recurso existente”; y segundo, comprender en detalle el nivel de deterioro de la infraestructura sobre el terreno.
Lo que no fue noticia (y debería serlo)
Que el gobierno celebra un aumento interanual de 32% en el consumo en enero de 2026 y habla de 19 trimestres de expansión, pero el salario mínimo sigue congelado desde 2022 en 130 bolívares, equivalente hoy a 0,30 dólares; mientras la canasta alimentaria supera los 600 dólares y la inflación acumulada en solo 2 meses de 2026 ya ronda el 52%, con una tasa anualizada sobre 600%. Perdiendo de vista la brecha brutal entre un consumo sostenido por remesas, informalidad y subsidios, y un salario legal prácticamente simbólico que deja al trabajador fuera del propio “rebote” económico mientras obliga a las empresas formales a sobrevivir en un entorno de costos reales en dólares y precios políticos en bolívares.
Ni que Venezuela se acostumbró a una inflación de tres dígitos como si fuera clima tropical. El Banco Central actualiza cifras y, más allá de lo dramático del número, está la “normalización” social y mediática de un país que convive con variaciones mensuales de dos dígitos como si fueran inevitables; erosionando cualquier posibilidad de planeación a mediano plazo para consumidores y empresarios, y premiando la especulación y el cortoplacismo por encima de la inversión productiva
O que Venezuela quema (flaring) un volumen de gas anual comparable al de Estados Unidos, y equivalente a todo el consumo de gas de Colombia, con un impacto ambiental gigantesco; es decir, se atrae inversión para producir más gas sin haber resuelto primero la crisis estructural de desperdicio y contaminación que ya existe. El gobierno anuncia acuerdos con Shell para desarrollar gas costa afuera y en tierra, apoyados en una reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos que reduce el rol del Estado y abre más espacio a inversionistas privados, y lo presenta como prueba de confianza internacional.
Tampoco que los dólares del petróleo siguen el siguiente recorrido, en versión muy resumida:
1. Cobro y tesorería externa
Estados Unidos paga el crudo venezolano, pero esos dólares no van directo a Caracas, sino que se concentran primero en cuentas bajo esquema de supervisión (Tesoro de Estados Unidos o fideicomisos en terceros países como Qatar), desde donde se autorizan desembolsos parciales hacia bancos corresponsales vinculados a Venezuela.
2. Bancos corresponsales y banca local
Esos fondos se canalizan a unos pocos bancos internacionales corresponsales, que a su vez los acreditan en bancos venezolanos grandes con los que tienen relación; desde allí, bajo lineamientos del BCV, se venden divisas a empresas y se inyectan al mercado cambiario interno.
3. Política monetaria híbrida del BCV
Al mismo tiempo, el BCV mantiene un encaje legal extremadamente alto (alrededor de 72–73% de las obligaciones en bolívares), lo que seca el crédito y hace muy restrictiva la liquidez bancaria formal.
4. Emisión de bolívares e inflación alta
Pese a ese freno, el Estado sigue emitiendo bolívares para financiar gasto y cubrir déficits, mientras usa parte de los dólares petroleros para intentar anclar el tipo de cambio; esta combinación de encaje duro + emisión en bolívares alimenta una inflación que se proyecta para 2026 en 618% si todo lo demás se mantiene constante (ceteris paribus).
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