Antonio Ledezma:Los Otros Terremotos

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Antonio Ledezma:Los Otros Terremotos

“Reconstruir a Venezuela no será solo levantar los ladrillos caídos por el último temblor; será, por encima de todo, refundar el Estado de Derecho, devolver la dignidad a nuestros profesionales y levantar instituciones tan sólidas que ningún caudillo, presente o futuro, pueda volver a derribar. Pero mientras llega esa el tiempo para ejecutar esa tarea, corresponde ahora dedicar todo esfuerzo a salvar vidas y para ello es in dispensable reunir apoyos de grupos especializados en rescates de víctimas, que aun sobreviven entre los escombros. Acopiar los bienes indispensables, desde alimentos, medicinas, agua, y cobijas, colchones,  etc., para que la gente sobrelleve este suplicio”.

El pasado 24 de junio, la tierra volvió a sacudir a nuestra Venezuela. El sismo natural, con su fuerza implacable, dejó al descubierto el miedo, la vulnerabilidad y la angustia de un pueblo que ya no tiene de dónde aferrarse. Ver a nuestra gente acorralada por la naturaleza es una imagen dolorosa, pero nos obliga a una reflexión urgente y profunda: la tragedia de una nación no se mide solo por la escala de Richter de sus fenómenos geológicos, sino por el estado de las instituciones llamadas a protegerla.

Porque mucho antes de que la tierra temblara, Venezuela ya venía siendo demolida. Hemos soportado, durante más de dos décadas, «los otros terremotos». Hablo de los sismos institucionales producidos por la conducta atrabiliaria de Hugo Chávez, continuados por las locuras destructivas de Nicolás Maduro y sus sucesores. Esas réplicas dictatoriales, sistemáticas y calculadas, son las que verdaderamente han dejado al país en ruinas. El sismo natural solo vino a desnudar el escombro que el régimen ya había construido.

El primer gran epicentro de esta catástrofe fue el derribo del Estado de Derecho y la liquidación absoluta del sistema de justicia. Cuando los tribunales se convirtieron en paredones políticos y las leyes en herramientas de extorsión, la República perdió su primera línea de defensa. A esto le siguió el cercenamiento feroz de la libertad de expresión y el asalto a la propiedad privada. Un país sin voz y sin certezas económicas es un edificio sin bases, condenado a desplomarse.

La persecución política y la desaforada corrupción —un verdadero saqueo que expropió y dilapidó las riquezas de la nación— terminaron por quebrar la columna vertebral de nuestra sociedad: los servicios públicos y la dignidad humana.

Hoy vemos las consecuencias de ese deslave moral. Mientras los jerarcas del régimen exhiben opulencia, nuestros médicos, enfermeras y maestros sobreviven con salarios paupérrimos, resistiendo por puro amor al prójimo y vocación de servicio. La meritocracia fue desterrada por el sectarismo ideológico. En lugar de especialistas formados y capaces, los organismos públicos clave fueron entregados a la incompetencia leal al partido.

Los resultados de esa exclusión son criminales. Grupos de élite de los Bomberos, Protección Civil y cuerpos de socorristas —héroes sin capa que arriesgan su vida por los demás— se encuentran hoy con las manos atadas. No tienen herramientas, carecen de grúas operativas, no hay ambulancias suficientes y los hospitales a donde deberían trasladar a las víctimas sufren una escasez crónica de insumos y equipos básicos. A esto se suma la dolorosa deserción y el éxodo forzado de paramédicos y personal de rescate, que se vieron obligados a huir del país buscando el sustento que su patria les negaba.
Frente al sismo del pasado 24 de junio, la ciudadanía quedó en la más absoluta indefensión. No por culpa de la naturaleza, sino porque las instituciones que debían prever, mitigar y responder a la emergencia ya habían sido dinamitadas por la irresponsabilidad gubernamental.

Escribo esto sin odios, porque el odio nubla el juicio, pero lo hago sin un milímetro de concesión ante la negligencia criminal con la que se han manipulado los destinos de Venezuela. La historia no puede ser indulgente con quienes cambiaron la planificación por el dogma y la seguridad ciudadana por el control social.

Esta es la lección más amarga, pero también la más necesaria que debemos asimilar como nación: cuando un pueblo permite que el autoritarismo derrumbe sus instituciones, queda expuesto a la intemperie total. Los terremotos dictatoriales son más devastadores que los geológicos, porque sus réplicas duran años y destruyen el alma de un país.

Reconstruir a Venezuela no será solo levantar los ladrillos caídos por el último temblor; será, por encima de todo, refundar el Estado de Derecho, devolver la dignidad a nuestros profesionales y levantar instituciones tan sólidas que ningún caudillo, presente o futuro, pueda volver a derribar. Pero mientras llega esa el tiempo para ejecutar esa tarea, corresponde ahora dedicar todo esfuerzo a salvar vidas y para ello es in dispensable reunir apoyos de grupos especializados en rescates de víctimas, que aun sobreviven entre los escombros. Acopiar los bienes indispensables, desde alimentos, medicinas, agua, y cobijas, colchones,  etc., para que la gente sobrelleve este suplicio.

¡Vamos todos a unirnos en estas faenas para ayudar a Venezuela!

Antonioledezma.net

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