Esta vez, la anatomía no se prestará no para estudiar la estructura, forma y organización de las partes del cuerpo humano, tal como la define la RAE.
Hoy, la anatomía buscará analizar las consecuencias de la estupidez para lo cual esta disertación se apoyará en consideraciones expuestas desde la psicología y la filosofía toda vez que han dado cuenta de que el ser humano se comporta estúpidamente cuando no comprende que sus actos siguen un patrón de reacción que lo aleja de la razón.
Entender la estupidez
La estupidez resulta convertida en una actitud impedida por una imaginaria barrera moral y cognoscitiva que hace al estúpido dependiente de necedades y arbitrariedades que resultan incongruentes con las realidades que vive de cara a la situación que envuelve el momento.
Por eso, el teólogo cristiano alemán Dietrich Bonhoeffer habla de la estupidez “(…) como un defecto moral y sociológico, más que intelectual”. De ahí infiere que, es una condición “más peligrosa que la maldad”. Aunque a decir de otros, el estúpido “es más peligroso que el criminal” por cuanto no tiene límites cuando decide llevar adelante cualquier acción por peligrosa que pueda ser o comprometer a otros.
Otra concepción
A decir de la teórica política Hannah Arendt, No siempre el estúpido podría llegar más lejos de lo que el malvado pueda hacerlo. Al acuñar el término “la banalidad del mal”, Arendt (Eichmann en Jerusalén, 1963; Múnich, 1986) determinó que “(…) las peores atrocidades pueden ser cometidas por personas ordinarias que, en lugar de ser monstruos sádicos, son burócratas obedientes a un sistema político que no reflexionan sobre las consecuencias que sus acciones acaecen (…)”
Sin duda que cualquier comparación que pueda resistir la acepción de “estupidez”, dada la connotación de esta disertación, puede deducir que es posible dar con casos que superen los estragos de un estúpido en la furia de sus actos. Razón esta para estar de acuerdo con la reflexión de la filósofa Arendt cuando aludía: “prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga” Por eso Arendt alegaba que “el mal no necesita monstruos, sólo persona que dejen de pensar”
De esa forma podría articularse la diferencia entre ignorancia, falta de educación y estupidez para entonces dar cuenta de que el límite entre estas condiciones es tan fino, que su delgadez puede hacer invisible las escasas diferencias que en lo social pueden confundirse las tres. Y aunque Martin Luther Kig, Jr, hablaba que dicha confusión puede apreciarse en cuanto se luzca “el peligro disfrazado de virtud”.
Complicaciones conceptuales
Existen ciertos sistemas políticos, construcciones moralistas o entornos de realidades capaces de fomentar conductas irracionales que propendan a favorecer una condición sobre otra. Es decir, que la delgadez del límite entre las condiciones arriba referidas, puede ocasionar confusiones que acarreen actos de tal violencia o imprudencia, que la estupidez pudiera quedar atrás. Entonces la diferencia comenzaría a solapar una condición con otra. Y por tanto, a generar ciertas confusiones conceptuales.
Inclusive, al enmarañamiento de estas condiciones podría coadyuvar la incidencia del papel de las redes sociales y de la desinformación que las implica como configuraciones propias de la dinámica social y política que en la actualidad está dándose a fin de soportar el grueso peso ético-moral de la estupidez. Que, además suele ser “pegajosa”.
Reflexiones finales
Es posible que la cadencia bajo la que el embrollo al cual conduce la confusión entre las condiciones arriba aludidas puede establecerse. Justamente eso, podría llevar a plantear las siguientes interrogantes, propias de toda reflexión. Son las siguientes:
¿Podría la estupidez ser un mal evitable o un rasgo estructuralmente humano?
¿Podría la estupidez aparecer enredadad en una paradoja arraigada en medio de sociedades desarrolladas?
¿Podrían los límites de la razón establecerse una vez que la inteligencia ceda ante la necedad y el desorden encausado por improvisaciones inorgánicas?
¿Por qué la estupidez vende cuando se asocia con la politiquería, mientras que la inteligencia apenas se asoma o se muestra tímida?
¿Será el siglo XXI un tiempo que se adaptará a reconocer la estupidez como un deporte político que no necesita entrenamiento, sino osadía?
Así esta disertación concluye toda vez que cree haber contribuido a mapear la dinámica sociopolítica desde donde se erige el poder como factor de acción. Y, por consiguiente, haber realizado un trazado genérico del discurrir humano. Es por ello, como este ejercicio de opinión, ha intentado estructurar lo que se tiene a lo interno de la anatomía de la estupidez.
Antonio José Monagas










