Aunque sobre la idiotez, en lo exacto, poco se ha escrito, el glosario popular está lleno de alusiones que exaltan y critican al idiota. Hace algunos años, 1996, fue presentado el “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano”.
Si bien dicho libro lució edificante por el tono dialéctico y profundidad semántica empleada para referirse a las determinaciones y calor del discurso expuesto, no hay duda de que las páginas del citado libro se vieron cargadas de bastante diversión. La misma supo zarandear la ideología política de entonces. Sembró en la unidad conceptual de la temática tratada, enriquecidas categorías metodológicas azuzadas por sus autores: Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner, Mario Vargas Llosa y Álvaro Vargas Llosa.
Una crítica aplaudida
La ironía encausada por las páginas del libro, valieron a manera de “punta de lanza”, para poner a prueba la resistencia emocional del lector ante las abstracciones a las cuales los autores acudieron. Las mismas sirvieron para resaltar las apreciaciones volcadas sobre la idiotez entendida como “ideología”.
Acertadas razones tuvieron quienes dieron forma escrita y editorial al “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano” para dar cuenta de la idiosincrasia del idiota. Este idiota, quien sin mayor esfuerzo y apegado a principios que por mera mediocridad, justifica pasar por alto la necesidad política de esconderse tras los muros ideológicos de un sistema colmado de injusticias e imperfecciones.
Contradicciones al mayor
Así sucede con enfermiza reiteración. Indistintamente, del hecho de vivir al presunto amparo de leyes nacionales. Generalmente, en países con bajas tasas de analfabetismo. Contradicción ésta que termina siendo incomprendida. O gravemente afectada por el crítico problema que dicha situación refleja.
Podría decirse que tal crisis ocurre en medio de realidades que, paradójicamente, caen en períodos de injustificada decadencia. Incluso al inicio del siglo XXI cuando lejos de pensar que tales hechos fueran urdidos por la inconsistencia de políticas públicas mal estructuradas o improvisadas, gruesas crisis políticas, económicas y sociales comenzaron a determinar el efecto de problemas que seguían tendencias progresivas asociadas a inercias compulsivas.
En el fondo de las susodichas realidades, se detectan situaciones cuyos representantes hacen alarde de potenciales energéticos y capacidades intelectuales que en ningún momento se compadecen de las agotadoras crisis que consumen esfuerzos, ideales y voluntades. Incluso, se atragantan de dignidades y conciencias que comienzan a venderse al mejor postor.
Idiotas al poder
Justo es ahí, cuando las realidades se cunden de desesperados a quienes no le es difícil subscribirse al plano que reúne mediocres y corruptos, con soberbios, estúpidos e idiotas. Sólo que los idiotas sabiéndose mayoría, se aprovechan de los recursos que las coyunturas arregladas les proveen. Valiéndose de tan inmejorable oportunidad, los idiotas se unifican siguiendo el lema marxista: “Idiotas del mundo, uníos”.
Es así, cómo conquistan el poder que va a permitir su presencia hasta en rincones donde la geografía no ha dado cuenta del potencial encerrado en esos lugares. No importa que la condición de idiota, se facture según cada fraude articulado.
La naturaleza del “idiota”
Acá pareciera que el diccionario de la RAE pareciera haber equivocado la definición de “idiota” al transcribir “(…) tonto, corto de entendimiento (…)”. No advirtió que la viveza lo lleva a superar el enunciado de la RAE.
El problema estriba en que hay idiotas cuya viveza la aprovechan para hacerse de poder. Pero no del poder que implica compromisos asumidos o declarados. Es del poder que infunde “presunción” para que de forma apresurada alcanzar fácil o tramposamente objetivos calculados con alguna alevosía y maliciosa premeditación.
Ello, un tanto, producto de la mediocridad que sustenta cada decisión entendida como “empeño”. No forjada con base en la racionalidad. Fraguada, alejada de la reflexión crítica pues así, el idiota -soportado en la ideología que fundamenta cada estupidez determinada- se ciega y ensordece ante la “pluralidad humana”, para decirlo con palabras de Hannah Arendt.
La idiotez como ideología
La idiotez como ideología convierte el desinterés por lo patrimonial-público en actitud. En doctrina de gobierno, para entonces justificar el vaciamiento de las instituciones públicas, desestimando, en consecuencia, la participación de la ciudadanía. Tanto, como la importancia de razones políticas toda vez que buscan involucrar extensas comunidades.
Por eso, al hablar de la idiotez como ideología está haciéndose ver que esa idiotez o estupidez que conduce la conducta humana a verse como condición inmanente de destrucción pública, lleva a calificar al idiota como quien se moviliza de modo aleatorio. Aunque no por ello deja de actuar con la malicia que caracteriza a quien luce con cierta indiferencia. Pero que, no por tal causa, se presta para operar en nombre de estratos politizados. Sobre todo, porque a juicio de Dietrich Bonhoffer, el idiota dada la reincidencia en errar, termina trasformando al ciudadano “en consumidor irreflexivo de su propio destino”
A manera de epílogo
De acuerdo a la opinión de Norberto Bobbio, el carácter de la ideología representa un estilo político que bien puede atribuirse a una “(…) creencia o acción inducida por la incidencia de ciertos elementos típicos como el doctrinarismo, el pragmatismo. Incluso, un fuerte componente pasional o un conjunto de valores concernientes al orden político que tienen la función de guiar los comportamientos políticos colectivos”. Es ahí cuando surgen las crisis.
Aun cuando al final, todo idiota representa para el mundo político un operador de cierta peligrosidad dado que su comportamiento coadyuva a definir la ocasión o situación que tiene por delante cuyo manual de instrucciones tiende a configurarlo la oportunidad que le provee cada coyuntura que perciba como ganancia o ventaja ante otros.
Y que, ante la cuestionada situación, no se permita reflexionar en lo moral y éticamente. De ahí pues, surgió la idea de disertar sobre lo que lleva advertir el problema que infunde cuando en el ejercicio de la política se observan implicaciones que ponen de bulto: la idiotez como ideología.










