El conflicto entre el racionalismo y el empirismo, corrientes estas que explicaron las determinaciones reivindicadas por la filosofía moderna, despejó importantes incógnitas que configuraban las variables de las ecuaciones que respondían a importantes discrepancias que para entonces constituían el contexto en el que se movilizaba el conocimiento de la ciencia en el siglo XVII
La discordancia entre ambas corrientes del pensamiento filosófico, no impidió que su desarrollo siguiera empeñado en sorprender al mundo haciéndole ver que las coincidencias también podrían servir de vínculo entre realidades y causalidades. Efectos y causas. Es decir, entre condiciones que, con base en sus distintas perspectivas, bien pudieran asemejar juicios que, en sus interpretaciones primigenias, apuntaban circunstancias disímiles. Comparación ésta que terminaba uniformizando o concordando hipótesis disímiles.
Para algunos filósofos, con Descarte a la cabeza, lucía evidente que la fuente del conocimiento verdadero era la razón. Mientras que, para otros, como Francis Bacon o David Hume, la fuente del conocimiento estaba en los sentidos. Aunque para ambos grupos de científicos, “(…) el espíritu humano tiene independencia para conocer y valorar la ciencia y la no sujeción del pensamiento a la autoridad o dogmas religiosos” (“Anclar la razón a la realidad”. En: Veinte filósofos visitan su empresa. Carlos Sandoval. Penguin Random House Grupo Editorial S.A. Santiago de Chile. 2018).
El progreso aportado por la ciencia
Los avances científicos que vinieron dándose en el siglo XVII, impresionaron a muchos estudiosos, además interesados en explicar el avance humano que por entonces venía viéndose.
Y en verdad, no hubiese sido para menos, toda vez que las realidades se cundieron de descubrimientos y conceptos que transformaron el modo de comprender al universo. Sobre todo, en materia de física, matemáticas, astronomía, química y medicina. Cabe citar, entre otros descubrimientos, los de Galileo Galilei. Los hallazgos de Isaac Newton quien formuló las leyes del movimiento y de la gravitación universal. El invento del telescopio práctico por Hans Lippershey y el barómetro por Evangelista Torricelli. El descubrimiento de William Harvey, del circuito sanguíneo impulsado por el corazón. El concepto de los elementos químicos, establecido por Robert Boyle. El desarrollo del cálculo infinitesimal, por Newton y Leibniz. El invento de los logaritmos, por John Napier.
Esfuerzos que alentaron avances de desarrollo
Entender al universo, con base en criterios desiguales, indujo no sólo razones para reconocer ámbitos que contuvieran dudas en su manera de revisar los sistemas de medición y análisis de la realidad que dieran cuenta del alcance de cada experimento. Sino también, causas relacionadas con prejuicios sociales, éticos y morales que se desprendían del conocimiento en fase de prueba.
Vale haber tomado esta discordia o desavenencia vivenciada entre la racionalidad científica y el empirismo consecuente, liderado por sus máximos representantes: Francis Bacon y David Hume que bien fundamentó el reporte de gruesas y finas consideraciones que comprometieron el rigor de los correspondientes desarrollo y experimentaciones.
Precisamente, la referida disonancia entre ambas corrientes filosóficas, abren los espacios discursivos que, por analogía simple, pueden fundamentar el problema que en la actualidad se vive. Particularmente, toda vez que la aparición de la Inteligencia Artificial (IA) pone en controversia lo que el nivel de desarrollo de las tecnologías analógicas, generaron.
Discordancias que abran debates
Tan categórica discordancia, podría inducir interesantes paradigmas, teorías o visiones que asentirían un debate alrededor de la racionalidad o irracionalidad que podría imponer la IA como posible (o ya comprobado) puntal de desarrollo tecnológico. Y que, en lo sucesivo, enrumbaría nuevos descubrimientos, hallazgos, establecimientos o concepciones de la ciencia a partir de la cual navegaría el mundo presente y avalaría desarrollos tecnológicos a futuro.
De hecho, en ningún caso, cabe albergar alguna incertidumbre que tienda a poner en vilo la imperiosa necesidad de implantar canales de conocimientos acordes con las exigentes dinámicas de realidades profusamente cambiantes.
Cualquier comparación entre las tecnologías analógicas y digital, lleva a revisar la esencia de las ciencias que coadyuvaron al desarrollo de dichas tecnologías. Por tanto, esta comparación deberá considerar cómo las realidades se consustancian con las capacidades que las tecnologías analógica y digital son capaces de exigir en términos de las circunstancias alrededor de las cuales movilizan sus funciones en cuanto a sus alcances, necesidades y aplicaciones que (comprometieron) comprometen al momento de hacer uso de ellas.
Un análisis comparativo posible
Podría acá comenzar por considerar que al igual que en el siglo XVII, la confrontación entre las dos tecnologías en cuestión, podría semejarse al conflicto entre racionalistas y empiristas. La semejanza propiamente dicha, en este caso, estriba en que ambas tecnologías se han atenido a contemplar el mercado al cual su producción moviliza. Y en cuanto a cómo el individuo busca realizarse atendiendo su conocimiento. Asimismo, sus necesidades profesionales, la ética que circunda su realidad social, política y económica. Al igual que el poder que las respetivas variables infunden determinación a sus proyectos de vida.
Por ello, el interés de esta disertación, se pasea por ver hasta dónde el valor humano es capaz de aprender a debatir sus interrogantes en medio del ámbito dubitativo de la incertidumbre, de las hipótesis a las cuales afianza su capacidad de resolución.
Esta reflexión pudiera incitar el debate más importante de los tiempos actuales. Quizás, la misma importancia tuvo la confrontación entre racionalistas y empiristas ante la forma de cómo entender al Universo. Por supuesto, gracias a los descubrimientos, conceptos y avances científicos y tecnológicos del siglo XVII. Y aunque no lo pareciera, el problema sólo podría resolverlo la filosofía. Fundamentalmente, dado que el problema de reconocer las implicaciones del conocimiento, en principio, comprometen intereses y necesidades. Mas no siempre, reconocen las realidades concomitantes ante las cuales las tecnologías movilizan sus exposiciones. Para luego, activar sus funciones y alcances.
Una interpretación para el análisis
Un aforismo atribuido al filósofo francés, Premio Nobel 1927, Henri Bergson, interpreta esto cuando señala que “el ojo sólo ve, lo que los sentidos están preparados para valorar”. Frase esta que refiere: cómo funciona la inteligencia, el pensamiento, o la razón humana. Ello deja ver: cómo la mente humana interpreta la realidad, lo cual lleva a inferir que cada individuo decide lo que su conciencia alcanza a comprender en función de sus creencias, prejuicios o criterios. Es decir, su conciencia, su razón Y que no podría dejar de responsabilizar sus sentidos en la elección o decisión tomada.
De lo anteriormente aludido, luce posible deducir que si bien el enfrentamiento que, en el siglo XVII, motivó la interrogante clave: ¿Cómo se alcanza el conocimiento y qué lo justifica y valora? Es la pregunta que esta disertación pretende resolver. Pero trayendo a colación, el caso de la tecnología digital comparada con la tecnología analógica.
Especificidad de cada tecnología
La tecnología analógica alcanza su necesario desarrollo al haber considerado en el plano ético o de la necesidad humana, técnica, laboral y profesional, la superioridad que su utilidad proporcionaría. Es tal cual lo destaca Calos Sandoval al referir que “el origen de toda idea, incluido el conocimiento científico, es un conjunto de impresiones particulares provenientes del mundo externo o de sensaciones internas (…)” (Ob. cit.)
Asimismo, la tecnología digital, indistintamente de sus implicaciones un tanto cuestionadas desde la moralidad y la ética, busca desarrollar formas diligentes de asegurar el camino que conduzca a la generación de conocimientos. Cabe acá resaltar la preocupación de Sandoval, al momento de destacar “la capacidad de identificar los prejuicios y falsos conocimientos que nublan el espíritu humano (…)” Desde luego, esto sucede -a decir del Sandoval- por la necesidad de liberarse de las ofuscaciones que ensombrecen el debido pensar. Entre otras: los ídolos de la cueva: que responden a la individualidad de cada persona. Y los ídolos del mercado: producto de la confusión que genera el intercambio cultural.
Estas ofuscaciones, expresa Sandoval, dificultan la rectitud y eficacia del pensamiento pues son obstáculos al buen conocimiento. Precisamente, es lo que afecta a la tecnología digital toda vez que la convulsión que inducen ofuscaciones como las indicadas arriba, para que muchos evidencien la preocupación ante la IA por causa del carácter amenazador que su continuo uso expone.
Entonces, que la IA sea capaz de desafiar la generación de conocimiento, no significa que sus consideraciones no lleguen a obviar la interpretación de conceptos que puedan ahondar los análisis procesados y transcritos. Esto revela que las respuestas ofrecidas son elaboradas a desdén del significado real de lo expuesto. Posiblemente, pudiera reconocerse que, a decir del filósofo italiano, reconocido profesor en Yale por sus estudios sobre filosofía de la información, Luciano Floridi, la IA rompe la tradicional idea de conocimiento visto cual “creencia cierta y justificada” (En: Esto no es inteligencia. Edición Kindle, Amazon, 2025).
En consecuencia, Floridi opina que para comprender la diferencia entre la IA y la tecnología analógica, debe aceptarse la rivalidad que plantea una tecnología que está transformando el presente para luego, supuestamente, perfilar el futuro de la sociedad.
Por su parte, la tecnología analógica tampoco es capaz de generar conocimientos. Si bien, sus funciones no superan la velocidad de procesamiento que distingue a la IA. Aunque igual, sin la racionalidad del ser humano, la analógica buscó imitarla en cuanto al modo de responder a las exigencias que cada realidad enfoca.
Al cierre
La ventaja de la IA no siempre debe conceptuarse por la velocidad que le imprime a sus respuestas. Según la filosofía, tal valor de la IA no se adecua a la racionalidad propia del individuo, ya que lo esencial de todo no está en la referida velocidad. Sino en la capacidad para tomar decisiones capaces de distinguir la ruta prefijada por la cual ha de caminar una vez enrumbada la acción o activado el hecho propiamente definido.
Asimismo, se ha llegado a hablar “del peligro de dejar de dudar” (homogeneización del pensamiento humano) toda vez que la tentación de vivir apegado a respuestas dictadas por los algoritmos de la IA, moldean en un mismo grado la sensibilidad natural. Esto, no sólo desnaturalizaría el conocimiento como proceso asociado al desarrollo humano. Sino también, degeneraría la diversidad cognitiva propia del ser humano.
Entender estas diferencias, da lugar a reflexiones decisivas. Considerarlas como necesidades de vida, ayudaría a edificar un mundo humanizado. No, decidido a instancia de la IA pues no hacerlo sometido a las pautas de la IA, coadyuvaría a preservar la humanidad en medio de las tentaciones que acaricia la idea de construir un futuro absolutamente computarizado. O como señala el profesor Floridi, clamar por la urgente necesidad de dar forma ética a las actuales tecnologías, antes que estas alteren el conocimiento, desalojándolo del puesto que el desarrollo del mundo le ha otorgado. Es así como tal inquietud inspiró a esta disertación haberse intitulado: cuando la razón se subordina a la percepción.






