Alexander Cambero: La debacle de Brasil,

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Alexander Cambero: La debacle de Brasil,

Unos disparos han causado un nuevo asesinato. ¿Cuántos van? Es difícil cuantificar la cantidad de estos hechos que ocurren cotidianamente en el Brasil profundo; curiosamente, en esas entrañas en donde se carece de lo elemental, es el fútbol el que presenta una vía de escape.

Una pelota hecha de trapo dirime sus inquietudes a través de los juegos callejeros. Cada uno va tras la esférica con el hambre en los estómagos de una realidad espeluznante. Sus familiares llevan sobre sus hombros la crueldad de la injusticia social, que es un latigazo que lacera hasta lo profundo los sueños de un destino mejor. Es allí en donde el fútbol aparece con su magia.
En esos suburbios aterradores, entre balas que apagan vidas y gambetas que buscan la gloria, se inicia la irrupción de los artistas. Cada estrella brasileña del balompié tiene su historia en la sordidez de estos espacios tan aproximados al infierno.

Sin embargo, el sortilegio está allí, en la carencia de lo elemental, para exudar la credencial de la oportunidad. Sus innumerables títulos tienen ese sello cultural que jamás se negocia; es su esencia la que brota del pedrusco bendecido.

La actualidad no se condice con su gloria. El otrora esplendor que llenaba los ojos hasta eclipsar al espíritu de pronto sufrió un traspié que viene proyectándose desde hace seis mundiales. En nuestro modesto entender, todo comenzó con la desgraciada tarde del 5 de julio de 1982 en el Mundial de España.

El demolido estadio de Sarriá en Barcelona fue el escenario del partido entre Brasil e Italia. La verdéamela era caviar Beluga, como exquisitez para los gustos más exigentes.

Su virtuoso juego se prendía en el fulgor de la magia; el manejo del juego gozaba de una exuberancia técnica; el campo de juego se llenaba del brillo de aquellas estrellas que coordinadamente dirigía Telê Santana.

El match se inició con una sensación extraña, un melancólico quejido del tiempo que fue como aletargando las cosas. Italia esperaba en su guarida con sus dientes afilados en la búsqueda de un descuido del oponente. Paolo Rossi, en veloz esprintada, sorprendió a Brasil con tres memorables goles.

La maquinaria italiana se caracterizaba por la pausa bien aceitada de un plan magistralmente concebido por Enzo Bearzot; la derrota de Brasil la lloró el mundo, un gran duelo universal por el alma del jogo bonito.

Los rostros de pesadumbre con el cortejo de las lágrimas que gemían balones; el arte sufría un golpe directo en el corazón. El resultado trajo un amplio debate en Brasil.

Los conservadores comenzaron a imponer el criterio: «Que jugar bonito no ganaba títulos»; de esa forma fue perdiéndose su esencia. Y más reforzado aun cuando ganan el mundial de Estados Unidos dirigidos por Dunga, con un planteamiento táctico poniendo énfasis en la defensa. Sin negar el decisivo papel de Romario y Bebeto como ejes del ataque.

Aquel triunfo trajo consigo la castración de la idea original. Lo ocurrido en el mundial del 2026 es la heredad de aquel fracaso en España hace cuarenta y cuatro años, casualmente en la misma fecha. El primer clavo en el balón fue escoger un técnico no brasileño.

El italiano Carlo Ancelotti trajo sus ideas que son absolutamente contrarias al juego del pentacampeón. Su bosquejo cortaba las alas del vuelo preciosista. Las raíces originales perdieron su fuerza en la tierra para ir al pragmatismo europeo.

La escogencia que hizo en el amplio escenario de nombres del cual goza Brasil hizo ruido. No convocar a un goleador letal como João Pedro fue un costosísimo error que tuvo sus consecuencias. Llevar a un Neymar lesionado y fuera de forma tuvo sus consecuencias, no era un acto para homenajear a un distinguido; se trataba de un mundial.

*Lea también: Sobre astros y planetas en el fútbol, por Fernando Mires

Apenas han pasado algunas horas en que unos impetuosos vikingos noruegos se alzaron sobre la vorágine desnuda en sus procelosas aguas para que Erling Haaland estremeciera la red bajo el embrujo de sus esforzados remos.

Ahora le toca a Brasil volver a sus afluentes, regresar a las raíces que lo hicieron el mayor ganador de la historia. Jugar con su estilo de siempre, sin regalar nada; hacer renacer la impronta maravillosa de su gentilicio deportivo.

Lo primero es encontrar la magia que los hizo gigantes en el universo futbolístico. En algún lugar debe andar extraviada, pidiendo la dirección que lo conduzca nuevamente hasta la casaca con las cinco copas universales, se viene la necesaria reconstrucción, el futbol lo agradecerá.

 

Alexander Cambero

X: @alecambero

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