El reciente anuncio del acuerdo petrolero entre la administración de Donald Trump y el Ejecutivo interino de Delcy Rodríguez responde a una necesidad bidireccional: el interés de Washington por asegurar reservas energéticas y la urgencia de Caracas por atraer capital para reactivar una industria golpeada por años de desinversión. Sin embargo, la inédita arquitectura del pacto plantea serios interrogantes sobre la transparencia del proceso, la legitimidad constitucional y el futuro de la transición democrática.
Un esquema operativo atípico
Ante la cautela de las grandes petroleras multinacionales por los riesgos jurídicos e infraestructura deteriorada, la Casa Blanca optó por involucrarse directamente en la estructura corporativa:
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Estructura corporativa: Según reportes de The Wall Street Journal, la firma North American Blue Energy Partners (propiedad del empresario Alejandro Betancourt) operaría el proyecto, con un 35% de participación pasiva para el Gobierno de EE. UU. y un derecho preferencial para adquirir el 20% de la producción a precio de costo.
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Proyección financiera: Aunque la vocería oficial promete inversiones por el orden de los 100.000 millones de dólares en 17 campos (65.000 millones de barriles en reservas), no se han precisado los plazos de ejecución ni las condiciones fiscales definitivas.
Ilegitimidad y riesgo de revisión constitucional
El convenio suscita cuestionamientos sobre su validez jurídica a largo plazo. Dado que la presidenta interina, Delcy Rodríguez, carece de un mandato derivado de elecciones competitivas, la firma de compromisos que hipotecan recursos del subsuelo —declarados inalienables por el artículo 12 de la Constitución— genera incertidumbre sobre si un eventual Gobierno democrático respetará dichos términos.
«Si este acuerdo puede sobrevivir a los siguientes gobiernos venezolanos, Trump habrá asegurado reservas estratégicas para EE. UU.», advirtió Schreiner Parker, analista de la consultora Rystad Energy.
¿Transición o consolidación del statu quo?
La inclusión directa del Gobierno estadounidense en el entramado corporativo busca blindar el contrato ante futuros cambios políticos en Caracas. Esto deja en un terreno incierto la agenda de democratización y el restablecimiento de instituciones independientes:
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El riesgo de la estabilidad sin democracia: La politóloga Carmen Beatriz Fernández señala que Washington corre el riesgo de priorizar un modelo de «estabilidad autocrática» con un alto costo reputacional.
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Costo de legitimidad: Aunque un régimen puede sostenerse mediante la fuerza o acuerdos económicos pragmáticos, la legitimidad democrática sigue siendo el camino más sostenible para la inversión internacional a largo plazo.
El desenlace del pacto determinará si este modelo de tutela energética se traduce en una verdadera reconstrucción con bienestar social o si, por el contrario, consolidará un esquema de extracción atado a las dinámicas de poder de turno.
Por elmundo.es









