Dadme una palanca y moveré el mundo, dijo Arquímedes. Y hoy miramos a Venezuela como ese objeto descomunal, incrustado en su desgracia, pesado como un planeta detenido, pero no condenado a la quietud. No se trata de cargar al país como quien arrastra un cadáver sobre los hombros; se trata de encontrar el punto exacto donde apoyar la barra y hacer fuerza. Se trata de que todos, sin excepción, nos pongamos sobre los hombros a Venezuela entera. La reconstrucción empieza ahí: en esa decisión mínima que altera el equilibrio de lo que parecía definitivo.
La palanca no es un armatoste heroico. Es una idea que se niega a morir, una institución que vuelve a funcionar sin trampas, una comunidad que decide no dejarse someter, una palabra escrita con la puntería de un francotirador. El punto de apoyo es más pequeño aún: la confianza recuperada, la certeza de que el país puede ser habitable, la convicción de que la ley no es un chiste ni una coartada, la memoria que resiste aunque quieran triturarla. Por ahí se empieza a mover el monstruo. Venezuela no se reconstruirá a empujones. Se reconstruirá desplazándola milímetro a milímetro. Un milímetro de orden, uno de transparencia, uno de respeto, uno de ciudadanía que no baja la cabeza. Cuando esos milímetros se suman, el país se inclina. Y cuando se inclina, cambia su equilibrio. Y cuando cambia su equilibrio, aparece la posibilidad. No es magia: es física emocional, social, política. Es Arquímedes con acento caribeño.
La reconstrucción será técnica, profesional, paciente. Hecha por gente preparada y honesta. Será encontrar dónde apoyar la barra y dónde aplicar la fuerza justa. Y cuando eso ocurra, el país se moverá. Ese movimiento será el principio de todo. La ayuda es necesaria, sí, pero no basta: debe venir acompañada por esa otra fuerza que no se compra ni se improvisa, la unidad de los buenos. Porque lo que enfrentamos no es una disputa menor ni un desacuerdo político; es una batalla frontal entre la civilización y la barbarie, entre la decencia que sostiene a un país y el fascismo que lo quiere arrodillado, entre la ética que ordena la vida y los siete pecados capitales convertidos en sistema, método y estilo de poder.
Reconstruir Venezuela exige que los buenos —los que recuerdan cómo se ve un país digno, los que no han perdido la sana capacidad de indignarse, los que saben que la ley no es un chiste ni la vida un descarte— se mantengan juntos, sin fisuras. La barbarie siempre está organizada; la decencia, en cambio, suele dispersarse. Este es el momento de apretar filas.
Se lo debemos a todos los muertos: a los que murieron por negligencia, abandono, corrupción, soberbia; a los que no tuvieron rescate ni auxilio ni Estado. A ellos les debemos que la reconstrucción no sea tibia, que la unidad no sea un eslogan sino una postura moral, que la ayuda no sea parche sino compromiso. Cada rueda de prensa inflada de solemnidad, cada video que pretende barnizar la realidad, cada montaje diseñado para impresionar es un agravio directo a la inteligencia del país. Cada vocería que intenta maquillar lo que duele es una bofetada a la lucidez colectiva. Y aun así, pese a todo ese ruido, el pueblo conoce la verdad.
El país se moverá cuando los buenos decidan no moverse de su sitio. Y ese primer movimiento, mínimo pero firme, será el inicio de la reconstrucción.
Soledadmorillobelloso@gmail.com








