Hay que ir ahí, sin guantes ni mascarilla: Al hueso, al tuétano rancio, al sitio donde la casa respira moho y cucarachas. Porque la enfermedad no está en los nombres almidonados para la foto ni en los cargos que pronto se vestirán con solemnidad de utilería y batolones recién planchados. La enfermedad está en la estructura, en ese andamiaje torcido que sostiene la podredumbre y la convierte en costumbre, casi en folklore administrativo: “Así se hace aquí, mi amor, no pregunte tanto”.
Es un andamiaje que permite que los poderes del Estado —el Ejecutivo, el Legislativo, el Electoral, el Ciudadano y hasta el poder militar— usen la justicia como quien usa un machete: Para abrir camino, para espantar, para cortar cabezas. Cuando esos poderes no sienten el sano temor institucional y republicano ante un juez capaz de decirles “no”, invaden el sistema judicial como plaga de bachacos. Lo colonizan. Lo convierten en prolongación de su puño, afilado y dispuesto, como machete recién pasado por piedra.
Cuando los otros poderes del Estado no respetan al sistema judicial, lo aplastan. Y cuando lo aplastan, lo convierten en cómplice. No en víctima: En cómplice diligente, servicial, obsecuente, casi entusiasta, indispensable para que las fechorías se ejecuten bajo la máscara de la legalidad. Porque un Poder Judicial independiente es un muro; Uno domesticado es herramienta de faena, como esas yuntas viejas que araban obedientes bajo el sol, sin desviarse ni medio centímetro, aunque el surco estuviera torcido.
Un sistema judicial sano genera respeto. El venezolano genera disponibilidad: Para firmar lo que le ordenen, para encarcelar a quien estorbe, para absolver a quien convenga, para fabricar expedientes, para triturar vidas con un sello húmedo y un gesto de fastidio, como quien sella una constancia de residencia.
Cuando los otros poderes no respetan al sistema judicial, lo degradan a oficina subalterna. Lo vuelven mensajero. Lo vuelven verdugo. Lo vuelven escribiente de arbitrariedades, como esos empleados de tribunal que rellenan formularios sin mirar a los ojos porque saben que mirar también es peligroso, también es delito, también es desafío. “No me vea, señora, que después dicen que uno se mete en problemas”.
Ahí está el punto neurálgico: la justicia deja de ser poder y se convierte en servicio, uno prestado al poder político para ejecutar fechorías con apariencia de procedimiento. En contra de la sociedad. En contra del ciudadano. La audiencia se vuelve trámite; La sentencia, guion; El expediente, arma. El ciudadano queda desnudo, sin refugio, sin interlocutor, sin ley: Como quien llega a una comisaría buscando auxilio y encuentra apenas un ventilador roto, un perro flaco dormido en la puerta y un funcionario que bosteza con desprecio, como si el dolor ajeno fuera interrupción de su siesta.
Por eso no basta con nombrar magistrados. Porque la pirámide está enferma desde la base.
Porque el Tribunal Supremo de Justicia es apenas la vitrina, y la enfermedad recorre toda la estructura, desde la cúspide hasta el sótano donde la arbitrariedad fermenta como guarapo olvidado en un bidón. Porque la independencia no se decreta: Se construye, como se construye una casa que no se quiere ver arrastrada por el primer aguacero.
Mientras los demás poderes no sientan ese sano temor republicano ante un juez que pueda decirles “no”, la justicia seguirá siendo cómplice, no contrapeso. No es solo ineficiencia: Es perversión y perversidad, una maquinaria afinada para obedecer, castigar y cobrar por el servicio. Porque sí: El sistema judicial venezolano es transaccional, tarifado, con precios según urgencia y cliente.
El sistema judicial venezolano es insalubre; Está enfermo y gangrenado porque fue diseñado para obedecer y para venderse.
Y cuando un sistema obedece y es transaccional, no juzga. Cuando no juzga, no protege. Y cuando no protege, se convierte en el principal cómplice de las fechorías de los poderosos del Estado.
Los nuevos magistrados, si de verdad quieren cambiar algo, tendrán que comprometerse a limpiar todo el sistema. Con cepillo de cerdas gruesas. Con agua, jabón y lejía. Y sin miedo a que el olor a podrido les salpique.
Soledad Morillo Belloso
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