Ricardo Escalante Beatrice Rangel, poder con ingenio

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Ricardo Escalante Beatrice Rangel, poder con ingenio

Secretos de una venezolana de cancha internacional
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En mi actividad periodística he hecho incontables entrevistas, pero esta es la primera a un personaje a quien me han unido estrechos lazos de amistad por no sé cuántas décadas y, por lo mismo, lo confieso, no me ha sido fácil sentarme a escribirla. El temor a las exageraciones o a dejarme llevar por mezquindades eran óbice para el diálogo que pavimentara el camino de esta entrevista-perfil con Beatrice Rangel.

Lo hago ahora acicateado por ella misma, porque un día le pedí que leyera con espíritu crítico el borrador de mi libro En voz alta. Tres días después ella me llamó para decirme “me gustó y voy a ser tu prologuista”.  Sus rechazos a muchas peticiones de ese tipo le abundaban, pero el gesto excepcional me emocionó y lo guardo con afecto.

Conocí a Beatrice Rangel cuando como reportero de El Universal yo visitaba casi a diario la casa nacional de Acción Democrática, en la nostálgica era de los líderes que protagonizaban enjundiosos debates. Ella no era dirigente ni la animaban aspiraciones de ese tipo, pero tenía fuertes ataduras adecas de origen familiar: Domingo Alberto, su padre, había sido uno de los fundadores y fue jefe del ala de izquierda que en 1960 dio lugar al Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Sus tíos Manuel y Wenceslao Mantilla tuvieron respetables trayectorias y fueron funcionarios de primer orden en los gobiernos socialdemócratas.

Con impecable formación en las mejores universidades del mundo, políglota y de trato amable, a Beatrice Rangel nunca le ha costado ser irreverente, discute con naturalidad aún con descollantes figuras internacionales y es viajera impenitente. Por eso no me equivoco al decir que ella se mueve en política como pez en el agua, pero a diferencia de otros no la anima el protagonismo. Su razón de ser es otra.

Habla con soltura sobre materias venezolanas y mundiales, ningún tema le es extraño, además de contar con una memoria excepcional. Se mantiene al día a través de los principales periódicos de Estados Unidos y de Europa, tiene contactos en todas partes y nada la exime a la hora de hacer las llamadas telefónicas que a otro cualquiera le resultarían imposibles. Por citar solo dos nombres, en la extensa lista de sus amigos estuvieron el superpoderoso Henry Kissinger y el exuberante escritor Gabriel García Márquez.

Por primera vez vio y conversó con Carlos Andrés Pérez (CAP) en un cumpleaños del tío Manuel Mantilla mientras aun era una adolescente. Ya adulta, con su primer postgrado en Boston y divorciada, trabajaba para el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnológicas (Conicit), cuando en un evento de ese instituto se reunió una tarde con el inminente triunfador de la contienda electoral de 1988 y le mostró desinterés en participar en el gobierno que se avecinaba.

En pocas semanas, en un viaje de regreso al país luego de un compromiso político internacional, un periódico la sorprendió con el anuncio de que formaría parte de los colaboradores más cercanos al presidente Pérez en su segundo gobierno. Así llegó a Miraflores.

En los años previos a la campaña electoral de 1988 CAP era vicepresidente de la Internacional Socialista y Beatrice trabajaba con él. Por sugerencia del excanciller alemán Willy Brandt, ella había ascendido a la subsecretaría femenina de la Internacional. En esa etapa de aprendizaje intenso, trabó relaciones con carismáticos líderes de distintos países y se mantenía en contacto permanente con aquel viejo sabio que era Gonzalo Barrios, presidente de AD.

Como viceministra y luego ministra de la secretaría de la presidencia de la República, Beatrice ayudó a CAP en gestiones fundamentales y presenció hechos de especial importancia, como un diálogo del presidente Carlos Andrés Pérez con el influyente ministro de relaciones exteriores de la entonces Unión Soviética Eduard Shevardnadze, y más adelante en otro con el presidente francés Francois Mitterrand.

En el primer encuentro, ocurrido el 29 de septiembre de 1989 en Nueva York, al margen de la asamblea general de las Naciones Unidas, Shevardnadze manifestó que “la alianza con Cuba nos ha costado miles de millones y solo nos ha reportado dolores de cabeza. Ha sido el acuerdo de cooperación más oneroso de la URSS”…

CAP replicó que un cambio en el panorama internacional quizá abonaría el terreno para el inicio de la democracia en Cuba, y remató diciendo que el problema radicaba en la terquedad gallega de Fidel Castro. Ya para despedirse, Shevardnadze dijo estar enterado del empeño de CAP en esa apertura, y que si esta se concretaba sería de mucho valor para la URSS.

Mijaíl Gorbachov, a la sazón secretario general del PCUS, aceleraba los cambios conocidos como perestroika y glasnost, en un complicado proceso en que el papel de Shevardnadze era crucial para afrontar la crisis desatada por el centralismo estatal. Shevardnadze aquel día asombró además al presidente venezolano con un singular examen de las relaciones soviético-americanas: “Mientras en Estados Unidos haya presidentes como Reagan y George H. Bush, nosotros estaremos tranquilos”, porque sus claras visiones del mundo permiten la convivencia pacífica.

A diferencia de la cita con el soviético, la de Mitterrand tuvo un extraño y hasta desconcertante sabor. Vistas las cosas a posteriori, resulta obvio que los servicios de inteligencia habían puesto al presidente francés al tanto de la trama conspirativa de Hugo Chávez, por lo cual uno de sus secretarios le comunicó a Beatrice el especial interés de la reunión con CAP.

Después de un abrazo y ya instalados en las cómodas butacas de una pequeña sala de la ONU, el prominente europeo fue al grano con la pregunta de “¿Cómo marchan las cosas en Venezuela?”, lo que dio paso a una explicación sobre los avances económicos que reflejaban las estadísticas nacionales e internacionales. “Estamos despegando y todo está bajo control”, respondió CAP” con su habitual firmeza.

En la relación CAP-Mitterrand había una buena dosis de cercanía y calor estimulada por la coincidencia de ser ambos miembros de partidos socialdemócratas e integrantes de la IS, a pesar de lo cual la ancestral frialdad francesa se manifestó en un par de frases: “Carlos Andrés, con esas mismas cifras yo era el hombre más odiado de Francia. Yo creo que las cifras económicas solo dicen la mitad de la historia. ¡Piénsalo!”…

Después de aquel episodio y de otros similares, la reflexión de Beatrice Rangel es que Carlos Andrés Pérez jamás sospechó que en Acción Democrática podía gestarse una actitud traicionera en su contra y contra la democracia, cuyas nefastas consecuencias todavía hoy la estamos pagando los venezolanos.

Beatrice ha tenido una vida rica por la enorme variedad de sus experiencias. En una cena en homenaje a un excanciller japonés, Kissinger la sentó junto a Robert de Niro sin que ella tuviera la menor idea de quién era ese señor poco parecido al astro de cine por todos conocido, después de lo cual ella se moría de risa de la ingenuidad por ella mostrada aquella noche. Lo cierto fue que de Niro se divirtió tanto como Beatrice, y todo finalizó con cierta dosis de suspenso.

Para digerir como Dios manda el inusual episodio, le pedí a mi amiga los detalles de eso que tenía un cierto toque de película cómica. La inteligencia y desenvoltura de Niro habían llevado a Beatrice a preguntarle si él era uno de esos profesionales del Derecho que se mueven como Pedro por su casa en la quinta avenida de Nueva York, para recibir una respuesta tan natural como incierta: “No, pero sí he personificado abogados”… Transcurridos algunos minutos ella volvió a sondearlo con “ah, ya veo, usted es un médico”, para escuchar de nuevo “no, no soy médico pero he personificado a muchos de ellos. Soy actor y mi nombre es Robert de Niro”…

Desbordante en simpatía, de Niro agarró una mano de Beatrice, la miró a los ojos y sonriente le dijo: “Nunca pensé que iba a conocer a alguien no contaminado (por el mundo de las comunicaciones) y lo acabo de conocer”… Pues bien, espero haber retratado en estas líneas a la Beatrice Rangel de quien he tenido el honor de ser amigo por más de media vida. ¡Salud, Beatrice!

 

 

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