En el marco del Día Internacional de la Mujer, el Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP) presentó un balance crítico sobre la situación de la población femenina en las cárceles del país. La organización alertó que más de 3,500 mujeres se encuentran privadas de libertad, enfrentando un sistema que vulnera sistemáticamente sus derechos fundamentales.
Una crisis con rostro de mujer
Según el OVP, la realidad dentro de los centros de reclusión trasciende la pérdida de la libertad, convirtiéndose en una lucha diaria por la integridad física y mental. Las reclusas enfrentan:
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Hacinamiento crítico: Espacios reducidos que imposibilitan una convivencia digna.
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Violencia y Tortura: Reportes de maltrato físico, psicológico y tramas de corrupción.
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Retraso Procesal: Una justicia lenta que mantiene a cientos de mujeres en espera de una sentencia firme durante años.
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Desatención médica: Carencia de servicios de salud básicos y productos de higiene menstrual.
El «Sesgo de Género» en el sistema penitenciario
Uno de los puntos más contundentes de la denuncia señala que el sistema carcelario venezolano fue históricamente diseñado por y para hombres. Esta falta de perspectiva de género genera una «doble penalización» para las mujeres, quienes deben adaptarse a infraestructuras y reglamentos que ignoran sus necesidades específicas.
«Estar presa en Venezuela no solo significa perder la libertad, significa luchar a diario por conservar la dignidad humana en un sistema que parece haberlas olvidado», sentenció la ONG.
Un llamado a la responsabilidad estatal
El OVP cuestionó severamente la capacidad del Estado para garantizar los derechos de las ciudadanas bajo su custodia. La organización enfatizó que, mientras existan estas violaciones sistemáticas, el discurso oficial sobre la protección de la mujer carece de coherencia.
Puntos clave de la exigencia:
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Garantizar condiciones dignas de reclusión de forma inmediata.
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Acelerar los procesos judiciales para reducir la población penal sin sentencia.
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Implementar políticas de género reales dentro de los recintos penitenciarios.
Para las mujeres tras las rejas, este 8 de marzo no es una celebración, sino un recordatorio de la urgencia de visibilizar una crisis humanitaria que ocurre en las sombras del sistema judicial.



