Un instante de sueño capitalista

¿Por qué puede perder Maduro?

Un instante de sueño capitalista

En el Moscú de la Perestroika, cuando ya el derrumbe del viejo sistema se consumaba y la Unión Soviética estaba en pleno proceso de desintegración, aún persistían las reglas del modelo económico estatista y centralizado, pero a punto de colapso por la exacerbación de los vicios generados por el control de la economía. La transición resultaba caótica y aunque los mecanismos coercitivos desaparecían buena parte de la población, acostumbrada a 73 años de sometimiento, enfrentaba la agudización de la escasez y el desabastecimiento con proverbial pasividad. Para corroborarlo bastaba acercarse a lo que el lenguaje oficial denominaba gastronoms y que no eran otra cosa sino la versión socialista de los supermercados. Cada región de la ciudad disponía al menos de uno donde, teóricamente, se conseguía toda clase de alimentos. Ornados con escaleras de mármol y dimensiones heroicas en el centro de Moscú, en la periferia, poblada de superbloques, eran feos, cuadrados e inhóspitos.

 

 

De gastronoms y speculantis

 
Al entrar la sensación era de abandono y desolación, pese a dos largas colas silenciosas, ateridas y melancólicas que salían a la calle. El gran espacio estaba en sombras y los aparadores vacíos, a no ser por unas papas mohosas y cubiertas de tierra, los envases de jugos tropicales (cubanos) de sabor artificial que nadie quería y la sección del pan, donde el comprador podía comprobar la suavidad del producto presionándolo con una paleta metálica. No había huevos, los embutidos brillaban por su ausencia y la leche se perdía en los cajones porque al llegar ya estaba pasada, aunque algunas abuelas se llevaban una buena provisión para hacer yogurt. Afuera un grupo de ancianos vendía puñados de ajo, lechugas tristes y manzanas amarillas, mientras la cola de los borrachos reptaba desordenada y entre gritos, frente al ventanuco desde donde salían pertrechados con su botella de vodka.

 

 

El aumento de precios decretado por el gobierno no había logrado hacer llegar los productos a los almacenes estatales y la economía paralela seguía tan campante como siempre. Cada día se producía menos, las importaciones se habían reducido drásticamente y lo pocos productos que llegaban, muchas veces en calidad de donaciones de países extranjeros, se desviaba hacia los que en Rusia llaman los spekulantis, quienes revendían en el mercado negro la mercancía a precios muy por encima de la capacidad adquisitiva de las grandes mayorías (el sueldo promedio era de unos 150 rublos). Se hablaba de la vuelta de las tarjetas de racionamiento y el viejo fantasma de la hambruna mostraba el hocico.

 

El aborto de la transición

 
El Plan de los 500 Días, tímido e inicial intento por ensayar modalidades de mercado daba bandazos y Mijail Gorbachov, apremiado por índices económicos catastróficos y una baja dramática de la producción y de los precios petroleros (base de sustentación de la economía soviética), frenó la medida presionado por los sectores conservadores del Partido Comunista. En una primera etapa el plan perseguía estimular la propiedad privada e ir eliminando los controles. Inamovibles por décadas, los precios en la URSS, hasta entonces, eran los mismos de 1917 y lucían irrisorios comparados con los de las economías occidentales. Oficialmente un apartamento costaba 30 rublos mensuales y un ticket de metro cinco kopecks (centavos). Pero ahora el dique se resquebrajaba y los precios se disparaban hacia cifras inconcebibles para el viandante que salía en busca de alimentos con su bolsa de plástico en la mano.

 

El colapso del sistema

 
Fue así como el Estado se declaró incapaz de continuar sosteniendo ese gigantesco subsidio, mientras la especulación, el desabastecimiento y la dolarización (un rublo por un dólar era el cambio oficial, pero en la calle te daban 25) atormentaban al consumidor, quien perdía su acceso a los productos de primera necesidad. Esa distorsión generó la existencia de tres o cuatro economías paralelas, cuyas fuentes de suministros eran las cadenas comercializadoras estatales, las escasas importaciones legales y el contrabando. La carne, cuyo precio oficial era de 6 rublos, no aparecía en los gastronoms, pero se conseguía por 7 veces su valor en los mercados libres permitidos por el gobierno o en las veriohskas, tiendas donde solo compraba quien tenía dólares.

 

 

Lo mismo ocurría con los expendios de comida rápida al estilo de Pizza Hut que, después de McDonalds, era la brillante novedad en medio de la grisura invernal. Dividido en dos áreas separadas, el restaurante estaba provisto de dos cajas registradoras, también separadas. En una se compraba en divisas, en la otra en rublos. La cola de los rublos salía del local y sobrepasaba la esquina. Los clientes con moneda dura no sumaban una decena y observaban, no sin displicencia, a la chusma muerta de frío, esperando el turno para vivir su instante de sueño capitalista.

 

 

Roberto Giusti

@rgiustia

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