Un futuro común

Un futuro común

 

Vienen días difíciles. El gobierno insiste en imponer una Asamblea Nacional Constituyente que el país no quiere y que nos aleja de la solución de los graves problemas que nos agobian. Y todo eso ocurre porque fuimos despojados del derecho a decidir como pueblo si es nuestra voluntad ejercer el poder constituyente y en qué términos. Queda el camino de la protesta pacífica y firme en defensa de la República. ¿Pero si la fraudulenta convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente tiene éxito, está todo perdido?

 

 

 

La verdad es que el planteamiento de la Constituyente tal como se ha hecho nos coloca al borde del precipicio de una desviación histórica que supondría un acrecentamiento del conflicto político a gran escala, así como la destrucción de la Constitución de 1999 y el derrumbe de sus principios fundacionales.

 

 

 

La manifestación más importante y poderosa de la participación política contemplada en esa Constitución y en el proceso que la vio nacer es la convocatoria popular de una Asamblea Nacional Constituyente mediante un referendo y esto se quiere reemplazar por una sentencia de la Sala Constitucional que erige a Maduro en soberano.

 

 

 

Además, integrantes de la Comisión Presidencial Constituyente han afirmado vehementemente que uno de sus propósitos es liquidar a la oposición, o escoger la que les convenga, que es lo mismo.

 

 

 

Disolver o reestructurar

 

 
El socialismo es por otro lado un principio recogido en la parte motiva de las bases comiciales fijadas por el Presidente de la República y la Constituyente no tiene plazo de funcionamiento, lo que le permitirá disolver o reestructurar a capricho los órganos del Estado y concentrar todos los poderes.

 

 

 

En el fondo lo que ocurre es que se acude fraudulentamente al poder constituyente, desfigurándolo, para lograr objetivos distintos a los del cambio constitucional. Lo que se persigue es la postergación de cualquier proceso electoral y, probablemente, la inclusión en la Constitución “ajustada” de nuevas reglas electorales que reediten los criterios sectoriales y territoriales de la Asamblea Nacional Constituyente.

 

 

 

Sin embargo, la paradoja de la Constituyente es que en la medida en que logre instalarse y avanzar en esa dirección estará socavando de manera profunda y definitiva la base de legitimidad que el régimen aún pueda tener. Porque cuando un movimiento político reniega de su esencia principista y lanza al mar los símbolos y fundamentos históricos de su lucha, está perdido.

 

 

 

Puede ganar tiempo, es cierto, pero dinamita sus posibilidades futuras de acción política y retorno democrático. La Constituyente se instalaría además en medio de una crisis económica alarmante, caracterizada por una inflación despiadada que cada día empobrece más a los venezolanos y un desabastecimiento crónico, todo lo cual se agravaría a causa del riesgo de un completo colapso.

 

 

 

Es poco probable, así mismo, que un gobierno sumido en un conflicto político de enormes dimensiones obtenga financiamiento con el aval de una Constituyente que pretenda actuar en reemplazo de una Asamblea Nacional de legitimidad indiscutible. Ya asistimos, por otra parte, a una absoluta concentración de poderes y la Sala Constitucional es ingeniosa al momento de abrir sin cortapisas nuevas sendas para la expansión de las facultades presidenciales. La saturación de poder que gravita sobre el gobierno en estos años, que va desde la ley habilitante espuria del 2013, pasando por el estado de excepción indefinido iniciado en 2016 y por la atribución que aquél se ha arrogado de decidir si se celebran o no referendos o elecciones, de la mano del Consejo Nacional Electoral, no tiene parangón.

 

 

Un instrumento

 

 
Creo, a fin de cuentas, que la batalla genuina es ética o espiritual. La Constituyente busca, sobre todo, ser un instrumento de desmoralización frente al combate cívico de una sociedad que no se resigna. Solo una movilización cargada de esperanza, cuya mirada apunte hacia un futuro común de democracia y prosperidad, puede embestir vigorosamente la amenaza seudoconstituyente.

 

 

Jesùs Maria Casal H

Una esperanza presurosa y absorbente, que obliga a dejar de lado los rencores y en un segundo plano las ambiciones minúsculas y el merocálculo de oportunidad, y que anuncia la justicia en un Estado de Derecho como parte de ese futuro.

La resistencia que el momento demanda no es la de la defensa denodada de un último reducto de dignidad sino más bien la de la conquista que quema naves para alcanzar el propósito histórico. No tanto una resistencia numantina cuanto un paso de los Andes decidido y sereno hacia la democracia.

jesusmariacasal@gmail.com

Comparte esta noticia: