¿Quo Vadis, América Latina? (Parte II: la polarización)
septiembre 4, 2022 2:33 am

 

 

Este texto es continuación del de la semana pasada sobre la pandemia. Motiva esta discusión en capítulos la necesidad de analizar la realidad de la región e imaginar, aunque más no sea especulativamente, posibles trayectorias futuras. De ahí que la pregunta formulada por el Interamerican Institute for Democracy, ¿Quo vadis, América Latina?, sea más que mera retórica.

 

 

Comenzamos por la pandemia del COVID-19 por ser importante en sí misma y como fenómeno acelerador de tendencias sociales, políticas y económicas previas. Dos años más tarde, actúa todavía como caja de resonancia de activos y pasivos por igual, de virtudes y defectos antecedentes. Entre ellos, lo que llamamos “polarización” y lo que llamamos “populismo”.

 

 

Y digo “llamamos” porque, si bien dichos términos forman parte de nuestra conversación cotidiana, no siempre es claro a qué nos referimos y si entendemos lo mismo. Ni tampoco es claro qué causa la polarización, qué exacerba las pulsiones populistas que toda sociedad posee y qué efectos tienen estas tendencias, que algunos ven como complementarias, en la res publica, o sea, en el cuerpo político de una sociedad.

 

 

La polarización en cuestión no es tan solo el reflejo de la disgregación del centro político. Es, sobre todo, consecuencia de la erosión de la civilidad, necesaria para vivir en democracia, y la prevalencia de las malas prácticas enquistadas en nuestros sistemas políticos desde hace tiempo: la corrupción, la falta de independencia de la justicia, el ataque a la libertad de prensa y la gradual cooptación de los organismos de administración electoral.

 

 

Como resultado, ha crecido en nuestras naciones el desapego con la democracia y la desconfianza hacia sus instituciones; partidos, parlamentos y medios de comunicación, estos últimos más allá de ser víctimas de sí mismos o de las redes sociales. Hace tiempo que los estudios sistemáticos de opinión muestran a las instituciones no políticas gozando de más credibilidad que aquellas a cargo de normar y administrar el orden democrático, y ello no solo en las Américas.

 

 

Por allí transcurre la polarización, entre los dogmas de la corrección política y la superioridad moral, por izquierda y/o por derecha. El no-debate se dirime en falacias, la incesante repetición de clichés que sustituye la verdadera conversación. La política, aquella virtuosa actividad civilizatoria —la polis de los griegos— agoniza.

 

 

La autocracia no se ha impuesto necesariamente por la fuerza, en diversas latitudes goza de un supuesto prestigio —injustificado— de garantizar el orden político con mayor eficacia y asignar recursos materiales con más eficiencia que la democracia. La política se ha transformado en un juego de suma-cero, prevalecen las posiciones irreconciliables, desaparecen los juegos cooperativos. La mala noticia es que el desapego con la democracia es, fundamentalmente, culpa de la democracia.

 

 

El contexto es propicio para ello. Nótense los amplios incentivos existentes para que un Jefe del Ejecutivo busque consolidar su poder discrecional; de eso trata, de hecho, el llamado “nuevo constitucionalismo latinoamericano”. Desde las transiciones de los años ochenta, la vasta mayoría de las nuevas cartas fundamentales han sido escritas para beneficio directo del partido, presidente o matrimonio en el poder al momento de la reforma, habitualmente modificando la regla sucesoria para permitir la perpetuación.

 

 

Es que cuando la política se hace en base a slogans pseudo-ideológicos, es tentador caer en la borrachera refundacional del voluntarismo en vez de introducir cambios graduales, prudentes y negociados colectivamente. El referéndum constitucional chileno de este domingo 4 de septiembre no escapa a este patrón. Por cierto, la región ha producido procesos constitucionales virtuosos —por ejemplo, Brasil en 1988, Colombia en 1991 y Argentina en 1994— pero desafortunadamente no se copia lo bueno.

 

 

Todo esto refuerza los liderazgos mesiánicos; es decir, el híper-presidencialismo característico de América Latina. La polarización en curso alimenta los populismos de los que hablamos todo el tiempo. Quédese conmigo, amable lector, hasta la semana que viene y “conversamos” sobre populismo.

 

 

Héctor Schamis