Morir en una Patria pobre

Morir en una Patria pobre

 

Engrosar las estadísticas del segundo país  más violento del mundo solo es un número para muchos, es una cifra más para el Gobierno, 90 asesinatos por cada cien mil habitantes, según el Observatorio venezolano de violencia, una cantidad expresada en miles sin rostros, de cuerpos sin futuro, sin pasado y sin historia para los entes de justicia.

 

Morir para muchos resulta la solución de una vida de penas, de martirios. La respuesta anhelada ante tantos pesares. En Venezuela morir no representa una solución para escapar ante el hambre que hemos venido enfrentando progresivamente en la gestión de un gobierno “obrero”, de un aparato gubernamental que enciende motores, que lucha contra una guerra que solo ellos ven, pero de la cual se desconocen como los causantes de estos casi 18 años de nación beligerante. De una guerra civil silente en la que fuimos envueltos y en la que solo el ciudadano de a pie tiene las de perder.

 

Perecer en esta Patria pobre representa tener, al menos, 250 mil bolívares disponibles para pagar en servicios funerales, cien de ellos en efectivo para asegurar la capilla y los demás por transferencia, porque “Usted sabe aquí muere tanta gente que hay que pagar por adelantado”. Morir en Venezuela, donde la vida no vale nada, es sinónimo de resignación, resolver una regla de tres en la que hay: tristeza, indignación e inseguridad para tener como resultado de su incógnita a la impunidad.

 

Ser asesinado en Venezuela es esperar, mínimo, al Cuerpo de Investigaciones Científica Penales y Criminalística (CICPC) seis horas, 360 minutos de agonía en el que sabes que el cuerpo de tu familiar está cada vez más frío y cada vez menos lleno de esperanza de dar con el culpable, son 21.600 segundos en el que el asesino está en la calle, segundos en los que tu lloras y él se siente libre, segundos en los que te preguntas ¿por qué, quién haría tal acto, cuán aberrado tenía que ser? Segundos, minutos y horas en las que quieres morir, adentrarte en tu dolor y sentir tanta desesperanza por la humanidad, creer que Venezuela ya no tiene salvación.

 

Morir en un hecho violento en una Patria socialista es, tal vez, que tus familiares nunca sepan quién te arrebató la vida porque las autoridades dejaron la casilla de “Muerte violenta presuntiva” en blanco. Representa irte a la cama cada noche pensando que la negligencia de los cuerpos de seguridad dejaron a un asesino libre, porque en un país bolivariano debes haber sido una persona pública o estar ligado a las cúpulas rojas para no engrosar el ya grande 97% de impunidad.

 

Cuando eres asesinado en una Patria pobre tu cuerpo es arrumado, porque para las autoridades que tu corazón haya dejado de latir es igual a perder tu humanidad, entonces proceden a sepultarte bajo otra pila de cuerpos, a desfigurar con el peso de otros cadáveres la poca dignidad que le queda a esa vida profanada y arrebatada de una puñalada.

 

Ser enterrado en Venezuela, en una patria pobre socialista es “Señores la vamos a enterrar rápido porque la semana pasada robaron a todos los familiares de un entierro”. Tener como última morada el Cementerio General del Sur es dejar el cuerpo de tu familiar encomendado a Dios para que pueda descansar en paz y no ser profanado, porque mientras todas las tumbas son abiertas, se caen por el paso del tiempo, o solo sufren los embates de los años, la de Robert Serra tiene seguridad, está alumbrada y la adorna un tricolor desvencijado y opaco.

 

¡Ser asesinado en una patria pobre es haber vivido en una Venezuela triste, es un país venido a menos, perder horas de goce en colas y pensar siempre en la comida del mañana, perecer en una nación autoproclamada socialista es enterrar con lágrimas de inflación a tus muertos y quedar endeudado, rogar cada noche para que no vayan a profanar el ataúd de tu familiar y soñar con que tú mismo no termines siendo víctima de la delincuencia desbordada en cada amaneces, amén!

 

 

Alberto Martínez Vizcaya

@AlbertMViz

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