Esta foto representa la realidad de muchos jóvenes que se van de Venezuela. Dejan todo atrás y se van descalzos a buscar una vida mejor. Muchas personas suelen pensar que la gente que decide irse del país lo hace con todo resuelto, que todos lo que se van están bañados en plata. Esto no pudiera estar más alejado de la verdad.
Cientos de venezolanos con vidas relativamente cómodas, abandonan todas sus facilidades para escapar de la inseguridad y la falta de oportunidades. Dejan a sus familias, sus amigos, sus hogares, buscando un mejor futuro. Emigran a territorios desconocidos, donde tal vez ni siquiera hablen su lengua materna. Donde es probable que no conozcan a nadie cercano y donde se enfrentarán al mundo solos. Es un desafío psicológico muy grande que lleva consigo un sentimiento de desarraigo y un gran proceso de adaptación.
Jóvenes con apenas 18 años recién cumplidos, dejan la protección de sus padres para enfrentarse solos a un nuevo mundo. De golpe pasaron de que sus papás los despertaran para ir al colegio, a despertarse solos, de madrugada, para ir a trabajar de meseros y no volver hasta muy entrada la noche a sus casas; todo esto con la meta de lograr pagarse sus estudios en el futuro. Tengo una amiga que hasta el pelo se tuvo que cortar para venderlo y poder sobrevivir un poco más. El tema de las divisas en Venezuela sólo complica la situación de los que deciden estudiar afuera.
Estas personas tienen un mérito muy grande, porque saben lo que quieren y están luchando por eso. Son una de las clases de personas que necesita este país y que eventualmente volverán. Porque una persona que está dispuesta a dejarlo todo atrás por su futuro y por un lugar mejor, es una persona que será capaz de construir cualquier cosa desde la nada, desde las ruinas. Así que cualquiera que pretenda juzgar a un joven que haya decidido emigrar, le recomiendo primero que oiga sus historias y reflexione.
Verónica Brito. 18 años. Caraqueña. Volvió a Caracas luego de 5 meses en Panamá.
Yo me fui porque creía que todo allá iba ser bonito, iba a ser rosado. Quería irme a otros lugares como Miami y terminé yéndome a Panamá porque era el primer lugar al que me podía ir. Mi experiencia fue un poco solitaria, ya que Panamá no es un lugar de estudiantes como Bostón. En Panamá todo el mundo anda en sus cosas, vive con su familia, no hay mucha gente viviendo lo que tú estás viviendo. Fue divertido tener una casa para mí sola pero al final la responsabilidad de manejarla fue muy grande. Me gustó porque era seguro, pero aún así existe cierto rechazo de los panameños a los venezolanos y eso se siente. Me devolví porque aquí vivo mejor, por lo menos por ahora como estudiante, afuera todo es muy caro. En este país, hasta los momentos, se puede obtener una educación universitaria a un precio relativamente bajo. Estoy feliz vale, no hay nada como la casa de uno.
Bryan Berrios. 18 años. Nació en Caracas. Lleva tres meses en Nueva York.
¿Por qué me fui? (risas) la principal razón fue por la calidad de vida. Yo en Caracas tenía más comodidades de las que tengo aquí. Pero todos los días era un problema salir, la inflación era otro problema más. Para mis metas en la vida yo no podía tener esas cosas deteniéndome. Esas “estupideces” que debería tener todo ciudadano para poder vivir bien. Mi experiencia ha sido muy fuerte, tal vez no me vine en la edad correcta, pero ya la cagué, ya estoy acá. Yo voy a crecer aquí. Yo me vine sin dinero, sin nada, pude tener casa gracias a mis hermanos que viven acá, pero ya dentro de unos meses me tendré que mudar.
Mi forma de ver la vida ha cambiado completamente. Luego de ser mesero, que he sido barista, que aprendí a hacer un buen café. Me siento demasiado mal por los malos tratos que recibe la gente que trabaja en la industria de servicios (meseros, etc) no es fácil. La gente puede ser muy grosera y muy ruda. Tú estás dando lo mejor de ti y cualquiera te puede salir con un grito o una mala mirada. Es muy fuerte, pero creo que estoy aprendiendo muchísimo y de alguna manera me va a ayudar en el futuro. No puedo esperar para reunir lo suficiente para poder pagarme mis estudios.
Mi experiencia no ha sido tipo EF, yo me vine aquí a reunir dinero para poder estudiar. En Nueva York no hay una comunidad consolidada de venezolanos como en Miami por ejemplo. No hay mucho apoyo, cada quien por su lado.
A este punto yo creo que no pueden juzgar absolutamente a nadie por haberse ido. La situación es demasiado obvia en el país. De alguna manera se va a mejorar, pero por lo menos yo no puedo esperar más, tengo que estar pilas, aprovechar todo lo que se me presente. Es el siglo XXI y hay demasiadas oportunidades y demasiada competencia. En el futuro creo que en todos los países van a haber elites venezolanas, va a ser brutal.
Mayra Yánez. 19 años. Nació en Caracas. Lleva 6 años viviendo en Roma.
Me fui porque a mi papá le ofrecieron trabajo en Italia. Fue difícil adaptarme, yo aprendí el idioma viviendo acá. No tenía a mis abuelos, primos y amigos. Al principio fue difícil, pero como con todo, uno se adapta. Aunque yo me haya ido en mejores condiciones que otras personas, aún así no es una experiencia fácil. No es fácil dejar todo lo que conoces atrás. Cosas como no poder bajar la basura en pijama porque te miran mal, son una de las pequeñas diferencias culturales que te hacen sentir extraño. No me pueden juzgar porque si cualquier persona hubiera tenido la misma oportunidad que tuve yo, probablemente, la hubiera tomado. La situación en Venezuela es muy difícil y no puedes juzgar a nadie por querer lo mejor para sí mismo y para su familia. Hoy me falta un año para graduarme de bachiller, aquí el bachillerato dura dos años más, espero poder estudiar medicina.
Juan Andrés Steele M
Foto por Bryan Berrios.















