El coraje parecía estar muerto. Entonces llegó Zelensky
mayo 15, 2022 8:56 am

 

 

El coraje puede parecer una virtud anticuada en un mundo de genes egoístas y economía utilitaria. Si se supone que debemos siempre  considerarnos en primer lugar de relevancia -para maximizar nuestra utilidad individual-, ¿qué espacio queda para el heroísmo? ¿Cómo puede ser altruista quien al mismo tiempo debe centrarse en sí mismo? Suena casi ilógico.

 

 

No lo es. Volodymyr Zelensky, el presidente de Ucrania, nos ha recordado que el coraje no está desfasado. Al negarse a buscar refugio en el extranjero cuando Rusia atacó, reunió primero a su pueblo y luego a gran parte del mundo libre para desafiar la invasión de su país ordenada por el presidente Vladimir Putin.

 

 

Zelensky tiene mucha compañía. Una vez que se empieza a buscar, se encuentran perfiles de coraje en todas partes: en los grupos de vigilancia vecinal que se enfrentan a los traficantes de drogas, en las enfermeras y los médicos que se exponen a enfermedades como el Covid-19 para atender a sus pacientes, en los políticos que se arriesgan a perder las elecciones por decir y hacer lo que creen que es correcto.

 

 

Está claro que el coraje existe. Pero, ¿cómo se define? ¿Qué puede considerarse  y qué no como coraje? Si un acto de coraje puede explicarse, ¿se socava de algún modo su valor? Y como esta es una newsletter de economía: ¿Existe una economía del coraje?

 

 

Aristóteles, a quien a veces se llama el primer economista, decía que el coraje, como otras virtudes, era el punto medio entre vicios opuestos, en este caso la temeridad y la cobardía. Añadió una importante matización:  No se posee coraje si no es por una causa digna. Luchar para defenderse es un acto corajudo, pero no especialmente admirable: los animales lo hacen. Luchar para defender a la patria, decía, sí lo es. Si Aristóteles estuviera aquí hoy, probablemente consideraría corajudo a Zelensky, pero no a los terroristas secuestradores del 11-S.

 

 

La economía moderna rechazó la filosofía de Aristóteles y la sustituyó por el utilitarismo, que consiste en maximizar la «utilidad», normalmente definida como placer. Para un utilitarista, un acto de heroísmo es un despilfarro si no resulta en el mayor bien para el mayor número de personas. Reducir toda la experiencia humana a una cantidad de «utilidades» es matemáticamente conveniente, pero no cuadra fácilmente con antiguas virtudes como el coraje, la fortaleza y la prudencia.

 

 

Otra vertiente de la economía moderna es la devoción por el libre mercado. En «La riqueza de las naciones», Adam Smith escribió: «No esperamos obtener nuestra cena de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero, sino de que ellos consideren su propio interés. Nos dirigimos, no a su humanidad sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas». Muchos economistas, al aferrarse a ese concepto, llegaron a ver el egoísmo como el motor de la prosperidad. El coraje era, en todo caso, una virtud precapitalista, una reliquia de la época medieval caballeresca.

 

 

La demolición del coraje pareció completarse con el darwinismo social, una filosofía nacida en el siglo XIX que sostenía que la supervivencia del más apto debía aplicarse a las personas, no sólo a otros organismos reproductores. Dos siglos después de «La riqueza de las naciones», el biólogo evolutivo británico Richard Dawkins escribió un influyente libro, «El gen egoísta«, en el que decía: «Cualquier sistema altruista es intrínsecamente inestable, porque está abierto al abuso de individuos egoístas, dispuestos a explotarlo».

 

 

El filósofo Richard Rorty se sintió conforme con la falta de heroísmo en las sociedades democráticas modernas. En una obra de 1988, «La prioridad de la democracia para la filosofía«, escribió: «incluso si los tipos de carácter típicos de las democracias liberales son anodinos, calculadores, mezquinos y poco heroicos, la prevalencia de tales personas puede ser un precio razonable a pagar por la libertad política.»

 

 

Sin embargo, el coraje sobrevivió, no sólo en la realidad sino también en la teoría. Los economistas se remontaron a una obra anterior de Smith, «La teoría de los sentimientos morales«, que explicaba que los mercados libres necesitan una base ética. John Maynard Keynes escribió en 1938 que la economía es una «ciencia moral» que «emplea la introspección y el juicio de valor«. Kenneth Boulding y Amartya Sen también situaron la moral y el coraje en el ámbito de la economía.

 

 

También en la biología evolutiva se entiende que la supervivencia del más fuerte no implica una guerra de todos contra todos. Aunque los genes sean egoístas, las criaturas que habitan no tienen por qué serlo. La tendencia a sacrificarse por los demás podría ser seleccionada por la evolución si las criaturas cuyas vidas se salvan gracias a ese sacrificio tienden (por término medio) a compartir genes con la criatura que pierde la vida y, por tanto, a transmitir ese rasgo.

 

 

El propio Charles Darwin lo señaló en un pasaje de su obra «El origen del hombre» que tuvo poca repercusión en su momento: «No cabe duda de que una tribu que incluyera muchos miembros que, por poseer en alto grado el espíritu de patriotismo, fidelidad, obediencia, coraje y simpatía, estuvieran siempre dispuestos a prestarse ayuda mutua y a sacrificarse por el bien común, saldría victoriosa sobre la mayoría de las demás tribus; y esto sería un ejemplo de selección natural.»

 

 

Puede que los economistas hayan perdido la pista del coraje, pero los intelectuales y humanistas nunca lo hicieron. Maya Angelou, la poetisa y activista estadounidense, se hizo eco en una ocasión de Aristóteles: «El coraje es la más importante de todas las virtudes, porque sin coraje no puedes practicar ninguna otra virtud de forma constante. Puedes practicar cualquier virtud de forma errática, pero sin coraje, nada de forma consistente».

 

 

Entrevisté a Geoffrey Hodgson, que se formó en economía, enseñó gestión en varias universidades británicas y escribió «De las máquinas de placer a las comunidades morales». Según él los seres humanos son únicos en el sentido de que su tendencia a sacrificarse por los demás, aunque tiene una base biológica, se ve reforzada por la cultura. «Crecí con historias de individuos heroicos«, recuerda. «Enseñamos a los niños  con historias sobre grandes héroes. Gente que hace el bien. Poniendo a los demás antes que a sí mismos«. Hodgson predijo que Zelensky servirá de ejemplo para inculcar el coraje y el desinterés a las generaciones futuras.

 

 

También entrevisté a Al Gini, profesor jubilado de ética empresarial en la Universidad Loyola de Chicago. Dijo que no es casualidad que Zelensky fuera un actor cómico antes de ser presidente. «Ser un líder es representar un papel», dijo Gini. «Un papel al servicio de los demás».

 

 

Zelensky está interpretando el papel de héroe, y lo está haciendo satisfactoriamente.

 

 

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Peter Coy – The New York Times

PETER COY ha escrito sobre economía y negocios por más de cuarenta años.

Traducción: Marcos Villasmil