Economía y vida real

Economía y vida real

Lo que me contaron los caficultores y paperos en Sanare coincide con lo que ya me habían dicho los cultivadores de hortalizas en La Puerta

 

Lo que me contaron los caficultores y paperos en Sanare coincide con lo que ya me habían dicho los cultivadores de hortalizas en La Puerta. No pueden haberlo ensayado. Los insumos están muy caros y no se consiguen. A Agropatria le dicen “Agronada”. Más que un apoyo es una fuente de inconvenientes. No hay semillas certificadas, escasean y tienen precios altísimos los fertilizantes, plaguicidas y pesticidas. Y, por si fuera poco, está el problema de la inseguridad en el campo. Se sienten a merced de un pillaje impune y de toda laya. Abajo, en la zona ganadera, sea en Sarare o en Upata, no solo se roban las reses, sino también el alambre de púa. Cuando te dicen que esto tiene qué cambiar, les sale de dentro, con argumentos, con razonamientos.

 

 

A menos producción agrícola, comida más cara. Para el consumidor que necesita y tiene qué pagar, no hay regulación que valga. En el café ajustaron los precios. Que el gobierno se meta en eso no es una gran ayuda. La regulación es fantasiosa, nada qué ver con la producción real. Aparte, el Estado es el principal procesador por las expropiaciones y el principal comercializador. Pero por primera vez estamos importando café. En otros rubros, la noticia es que llegará un barco con comida, como si fuéramos Siria o Somalia. El gobierno apurado comprando fuera y la caraota convertida en artículo de lujo.

 

 

En la otra punta de la economía, el sábado un vendedor de tequeños en el estadio Universitario se queja. Vende poco. La cosa está dura. Viene menos gente al juego y compra menos. Es que la plata no rinde y hay que estirar el sueldo para llegar al fin de quincena, con esfuerzo. Si no alcanza para lo básico, menos da para los gustos. Y la gente trabaja mucho y es triste que tenga que conformarse con sobrevivir.

 

 

Para no mirar a las causas, donde están sus huellas digitales, el gobierno se afinca en las consecuencias. Regula precios, importa con lo que la corrupción le deja, distribuye, controla cada camión de comida que se mueve en el territorio nacional, y ahora sube el salario mínimo, sin saber de dónde va a salir esa plata. Saldrá de la gente que pagará todo más caro. Al régimen cubano le tomó 50 años darse cuenta.

 

 

Lo malo es que el dinero perdió su valor. El problema no es el salario mínimo, sino la política mínima. Un gobierno enredado en la pequeñez, atrapado en el corto plazo electoral, incapaz de rectificar. La vida real se le viene encima.

 

Ramón Guillermo Aveledo

@AveledoUnidad

 

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