Colombia: Choque de trenes
junio 6, 2022 9:40 am

 

 

Populismo contra populismo en América Latina. El caso de las elecciones colombianas.

 

 

He escrito en otras ocasiones que las coordenadas clásicas -las que hasta ahora nos han permitido caracterizar las representaciones políticas, me refiero principalmente al eje izquierda derecha- han perdido validez universal. Pero eso no impide seguir usándolas como guías para entender las relaciones políticas que se dan en diferentes países, sobre todo en el mundo occidental (incluyendo en ese mundo a América Latina)

 

 

En el mundo no occidental, pensemos en el islámico, en el asiático, o en dos potencias mundiales como China y Rusia, nadie habla ya de izquierdas ni de derechas. El caso de la Rusia de Putin es clarísimo. Para muchos occidentales Putin pertenece a la ultraderecha fascista, para otros a la ultraizquierda stalinista, para unos no es ninguna de las dos cosas y para varios –entre los que me cuento- es las dos cosas a la vez.

 

 

Entonces, cuando decimos que el eje izquierda-derecha ha perdido validez universal no quiere decir que no podamos aplicarlo como norma regulativa en países que continúan regidos de acuerdo a los parámetros políticos tradicionales. Así lo han demostrado las recientes elecciones en Colombia.

 

 

En la segunda vuelta se enfrentará la izquierda contra la derecha. Los periódicos de izquierda agregan, Gustavo Petro enfrentará al populista Rodolfo Hernández. Los de derecha agregan lo mismo pero al revés: Hernández enfrentará al populista Petro. Para un observador no comprometido con ninguna de las dos opciones, la conclusión es llana. En Colombia tendrá lugar un choque de trenes entre un populismo de izquierda y un populismo de derecha.

 

 

El solo hecho de recurrir al concepto populismo no como caracterización sino como epíteto por ambos contendientes, nos da a entender que algo ha cambiado en el modo de entender la política. Parece ser lo siguiente: lo que vive Colombia en estos momentos no es una confrontación de dos clases sino una confrontación de dos masas. Eso quiere decir, masas populistas siguen a un candidato al que llaman de derecha, y a otro al que llaman de izquierda.

 

 

Sin intentar esta vez definir acuciosamente al populismo, me limitaré en estas líneas a afirmar una verdad de pero-grullo. Es la siguiente: sin masas no hay populismo. El populismo es, o ha llegado a ser, la norma predominante de la política en la llamada sociedad de masas, y eso no solo vale para Colombia, también para otros países del subcontinente. Pienso además de Colombia, en las recientes elecciones de Perú y Chile.

 

 

Sea en el enfrentamiento entre Fujimori (hija) y Castillo, sea entre Boric y Kast, y ahora, entre Petro y Hernández, la primera impresión es que en esos tres países (y probablemente en otros) tiene lugar una polarización que separa dos discursos corporizados en candidatos de izquierda y de derecha pero que a la vez representan a grandes masas electorales. Eso quiere decir que estamos frente a una situación en donde los extremos son mayoritarios y no minoritarios, como en el pasado reciente. Los miserables resultados alcanzados por candidatos centristas como Provoste en Chile o Fajardo en Colombia, así lo demuestran. La tendencia predominante no es la del avance de las nuevas derechas o de las nuevas izquierdas, sino el avance simultáneo de una izquierda de masas y una derecha de masas. Y aquí está el peligro: en el choque de los dos trenes.

 

 

La disolución de las clases en las masas, preámbulo de la ruina de las democracias según Hannah Arendt, hace muy difícil que el candidato vencedor represente a un sector social hegemónico o predominante, hecho que su vez lleva a la autonomización del líder en su función presidencial. En este caso me estoy refiriendo directamente a la la filiación que se da entre populismo de masas y autoritarismo estatal.

 

 

Los populismos, sean de derecha o izquierda, cuando son gobiernos tienden a adquirir un carácter unipersonal y luego autoritario, lo que en América Latina se ha visto fortalecido por el desmedido peso del ejecutivo sobre el legislativo que prima en la mayoría de las constituciones de sus países. Esta es al menos la experiencia histórica que conocemos. Pues así como no hay populismo sin masas, no hay populismo sin líder. Un líder que no es el líder de una izquierda, o de una derecha, sino de un conjunto de izquierdas y de un conjunto de derecha fragmentadas, es lo que están mostrando las últimas elecciones latinoamericanas. El autoritarismo es la secuela política de la crisis de representación política y el populismo es su estación intermedia.

 

 

Ahora, si observamos la composición interna de los frentes de izquierda y derecha en Colombia, podríamos concluir en que el choque de trenes entre dos extremos de masas que tendrá lugar en las elecciones finales, no es demasiado diferente al que se ha dado en otros países latinoamericanos. El balotaje colombiano puede ser visto así como una réplica colombiana de un fenómeno continental.

 

 

En el lado izquierdo, el Pacto Histórico. En sentido literal, un pacto entre diversas versiones de la izquierda girando en torno a la figura integradora de Gustavo Petro. Dentro de ese pacto caben los residuos ideológicos de las antiguas izquierdas de la Guerra Fría, en sus diferentes versiones. Muy minoritarios sí, pero con una formación dogmática que le permite en ocasiones dar forma retórica a los proyectos políticos. En segundo lugar, una izquierda violenta, en Colombia más organizada que en otros países debido a la larga tradición de lucha armada que ha acosado a esa nación. En tercer lugar, una izquierda identitaria, donde predominan las demandas sexuales o de género, las indigenistas (más fuertes en Chile y en Perú) y en un lugar más alejado, las ecologistas. En breve, una izquierda tridimensional.

 

 

Petro es el candidato adecuado del pacto inter-izquierdista colombiano. Perteneció a la izquierda dogmática, a la izquierda violenta y ha integrado como posible vicepresidente a la candidatura feminista de Francia Márquez. Pero más: dentro de esa izquierda predominan las tendencias extremas lo que de hecho presenta un problema a la hora de ejercer gobernabilidad sobre la base de un estado de derecho.

 

 

Si llega a ser presidente, lo más probable es que Petro sea confrontado con el mismo problema que hoy viven Castillo y Boric. El primero, Castillo, se lo ha pasado tratando de demostrar que no es una versión peruana de Evo Morales, e intenta ajustarse a las reglas y a las normas institucionales, frente a una derecha rabiosa, intolerante, racista e implacable, como es la peruana. Boric a su vez, ha demostrado ser más democrático que los contingentes políticos de donde proviene, lo que lo ha llevado a distanciarse de los comunistas y de la izquierda populista e incluso de la tendencia identitaria indigenista. En cierto modo Boric busca implementar una política de centro -izquierda, lo que no es posible sin arriesgar serias divisiones en el campo de la izquierda dura y pura. Sus distanciamientos con los gobiernos de Ortega y Maduro, su condena a la Rusia putinista, su tono ponderado, han generado malestar entre las bases comunistas, violentistas, y populistas que lo catapultaron al gobierno. Si en el plebiscito de septiembre que lleva al “apruebo” o al “rechazo” de la nueva constitución, triunfa la opción “rechazo”, la derecha lo endosará a la cuenta de Boric quien se verá presionado a gobernar más con el centro que con la izquierda. Ante una eventual derrota del “apruebo” Boric estaría obligado a mover los punteros del reloj hacia el centro y convertirse en lo que probablemente quiere ser, un presidente de la centro izquierda chilena.

 

 

Pero volvamos a Colombia.

 

 

Frente al populismo de izquierda colombiano ha tomado repentina forma una suerte de populismo de derecha representado en la figura del empresario Rodolfo Hernández, llamado por la prensa el Donald Trump colombiano. Un sobrenombre nada inadecuado, como tampoco lo fue haber llamado a Bolsonaro, el Trump brasileño.

 

 

Hernández ha sido bautizado también como el outsider, debido a la inesperada votación alcanzada. Probablemente sea un outsider en Colombia. En el contexto latinoamericano, e incluso, más allá de América Latina no lo es. Hernández es más bien el representante de un nuevo tipo de derecha a la que podríamos llamar derecha populista, o derecha de masas. Liderando a esa nueva derecha, Hernández obtuvo una victoria doble en la primera vuelta. La primera: llegar a situarse como el ganador de la derecha. La segunda: a mi juicio la más importante, haber desplazado de la segunda vuelta al candidato de Uribe y del uribismo.

 

 

Hoy Hernández y no Federico Gutiérrez es el candidato de Uribe, lo que ha hecho pensar a muchos de modo errado que Hernández será ahora el hombre de Uribe, algo que pareció verse confirmado por el automático apoyo post-electoral de Gutiérrez a Hernández. Una mirada atenta al programa y al discurso d Hernández puede, sin embargo, llevar a una deducción distinta. No Hernández se ha integrado al uribismo sino el uribismo se ha integrado al movimiento electoral encabezado por Hernández. ¿Cuál es la diferencia? La siguiente: Uribe y el uribismo son partes constitutivas de la clase política colombiana. La candidatura de Hernández, en cambio, ha sido levantada en contra de la clase política colombiana a la que pertenecen Uribe y el mismo Petro. Hernández, desde esa perspectiva, no es el representante de una derecha tradicional colombiana, orgullosa de su pasado agrario y señorial, y convertida por fuerza de las circunstancias en uribista. La de Hernández es una derecha plebeya, surgida como reacción en contra de la amenaza de una izquierda revolucionaria, pero a la vez en contra de la democracia liberal que permitió la existencia de esa amenaza. Es una derecha, llamémosla con comillas, “revolucionara” y, tal vez por eso mismo, populista.

 

 

El discurso de Hernández es casi el mismo que el de Bolsonaro, Kast, K. Fujimori, Bukele, Trump, y en Europa, podemos situarlo muy cerca del nacional-populismo de Le Pen, de Salvini, de Abascal y de Orban. Una derecha, a la que, si el término no hubiera sido tan mal usado, podríamos calificar sin problemas como fascista, o por lo menos fascistoide. El llamado a terminar contra la corrupción – nudo de su oratoria – está dirigido en contra de toda la clase política. El centro hegemónico de su movimiento no reside en una clásica oligarquía de derecha, conservadora y cristiana, sino en un empresariado nacional que rinde culto a la riqueza y a la meritocracia. Su dura oposición a todo lo que sea izquierda le ha granjeado además el apoyo de sectores medios temerosos frente a una eventual “venezonalización de Colombia”, y sus ataques a las elites políticas y culturales es compartida por el resentimiento social, muchas veces justificado, de vastos sectores populares. El mensaje de la segunda vuelta de Hernández apuntará a ese enorme océano de personas que no votaron en la primera vuelta, muchos desencantados por la política y por lo políticos.

 

 

No está escrito por cierto que Hernández ganará las elecciones. Lo único seguro por ahora es que serán estrechísimas. Pero gane o pierda, ya el síndrome Hernández, el de la política de la anti-política, ha aparecido sobre la superficie colombiana.

 

 

Alguna vez deberemos darnos cuenta: la democracia, no la democracia liberal, sino la democracia a secas, se encuentra amenazada, no solo en América Latina, por la emergencia de una nueva derecha extremista y de masas a la vez. Proyectos como los de Petro (o Boric, o Castillo, o Lula), todos polarizadores, no parecen ser los más adecuados para detenerla. Más bien garantizan futuros choque de trenes.

 

 

Extremos mayoritarios, populismos contra populismos, masas contra masas, son cimientes desde donde emergen gobiernos fuertes, autocracias y dictaduras. Ojalá eso no suceda. Que Dios me oiga y el diablo se haga el sordo.Choque

 

 

Fernando Mires