Los historiadores del futuro tendrán un problema de gran magnitud al tratar de explicar las razones que condujeron a Chávez a designar “a dedo” a Maduro como su sucesor en el poder, existiendo en su entorno individuos con más derecho y facultades mentales para ejercer ese rol. Tal vez podría ayudarlos la proposición que se me ha ocurrido llamar “Hipótesis del cojo, tartamudo y bobo de los Castro”.
A propósito de entender tan extravagante denominación, es indispensable darle un vistazo a la Historia Universal.
En 41 dC ocurre el asesinato de Calígula, resultado de una conspiración de nobles civiles y jefes militares de la Guardia Pretoriana, hartos de las atrocidades de ese loco y desesperados por su pésimo gobierno, que dio lugar a una hambruna en el imperio, semejante a la que hoy vive Venezuela. El mismo día del magnicidio los jefes de la Guardia Pretoriana, por el mismo procedimiento de ‘señalado a dedo’ designan emperador a Claudio; con lo cual traicionan a sus cómplices civiles, que a partir de la muerte de Calígula aspiraban restaurar el sistema republicano.
¿Por qué la maniobra de llevar al poder a ese personaje, existiendo en Roma otros de muchas más luces? En efecto, Tiberio Claudio Druso (10 aC-54 dC) era un individuo distanciado de la vida pública, dedicado a tareas intelectuales y marcado por taras psicofísicas: era tartamudo, epiléptico y cojo; lo suponían bobo. Precisamente a tales insuficiencias responde la acción de la jefatura pretoriana; gracias a las mismas lo suponen manipulable: sería un emperador títere de ellos. Además, la designación de Claudio le daba visos de legalidad a su acción, permitiéndoles conservar lo que en el lenguaje moderno llamaríamos el ‘hilo constitucional’, por cuanto el hombre, tío de Calígula, era el único representante vivo de la dinastía gobernante, la familia Julia.
No es necesario hacer un esfuerzo mental sobrehumano para imaginar a Fidel Castro diciéndole a Chávez, ya al borde del sepulcro: “Mira, tú, muchacho, te nos vas a morir. ¡Por un pelín no eres ya cadáver! Deja en el poder a uno que no se nos vaya a alebrestar, a uno que no se nos ponga a inventar que quiere gobernar y discuta nuestras instrucciones; a uno bobo y mansito. ¡Maduro es el hombre, él come de mi mano! ¡Acuérdate que lo indoctrinamos bien aquí en La Habana! ¡Hacemos tris y baila como un mono!”
Pero, así como hay probable similitud entre este caso y el ocurrido hará cosa de dos milenios atrás, también apreciamos diferencias.
Claudio no era ningún tonto, sólo lo parecía por sus taras. Su más notable error fue hacerle caso a su esposa, Agripina, en lo de designar como sucesor a su hijastro Nerón, hijo de esta mujer en un matrimonio anterior. Conseguido el objetivo, Agripina lo envenenó y abrió el camino de su vástago al trono… para la mayor desgracia propia y del Imperio Romano. En efecto, después de varios intentos de asesinarla, cumplió con su propósito por la vía “legal” al acusarla de ser la cabeza de una conspiración ficticia en su contra y lograr que fuera condenada a muerte.
Por lo demás, su período fue sensato y próspero. Una vez en el poder logró alianzas inteligentes que lo afincaron en el trono; se distanció del absolutismo de los emperadores y se apoyó en el Senado, confiriéndole la importancia y el respeto que le habían sido negados por su predecesor; extendió el imperio hasta Britania, perfeccionó la administración del Estado y se guió por el principio de la capacidad en el nombramiento de cargos públicos. Los historiadores coinciden en calificar el suyo, en el marco de la época, como un buen gobierno.
¿Verdad que no podemos decir lo mismo de la decisión castrochavista?
Rubén Monasterios












