NYT: Emily Falk El cerebro y el desorden: por qué tirar un cuaderno viejo se siente como perder una parte de uno

NYT: Emily Falk El cerebro y el desorden: por qué tirar un cuaderno viejo se siente como perder una parte de uno

Credit…Francesca Colussi

Cuando me topé con mis viejos cuadernos de la escuela secundaria mientras ayudaba a mi mamá a despejar el desorden en la casa de mi infancia, supe que debía tirarlos. Aunque hubiera querido repasar la historia de América Latina, serían un recurso deficiente. Y, sin embargo, no quería deshacerme de ellos.

Muchos nos enfrentamos al desorden cuando hacemos la limpieza de primavera o, mucho más difícil, cuando tenemos que ocuparnos de las cosas de un ser querido fallecido. Cada año los estadounidenses gastan millardos de dólares en almacenamiento, y muchos viven con sótanos y áticos repletos. Como neurocientífica que estudia cómo las personas toman decisiones, también he vistoque, cuando se les dan las herramientas, pueden elegir trabajar con los sistemas cerebrales que regulan la toma de decisiones, en lugar de en contra de ellos, para ayudarse a soltar ideas y conductas antiguas. Saber cómo funciona nuestra mente es el primer paso para alinear nuestras decisiones con nuestras metas y valores.

No es irracional que nos cueste desprendernos de los objetos. Las partes del cerebro que nos ayudan a decidir qué es valioso se superponen con las que registran lo que sentimos como propio. Como resultado, sentimos que lo que es nuestro es bueno, y aumentamos el valor que atribuimos a los objetos, ideas y conductas de nuestro pasado.

Las personas a quienes se les da un objeto suelen valorarlo más que un objeto similar que no les pertenece. En un estudio, se les pidió a los participantes que clasificaran objetos en dos cestas: una que sería suya y otra que sería de otra persona. Colocar objetos en su propia canasta produjo de inmediato más actividad cerebral en el sistema de autorrelevancia, y esos objetos posteriormente fueron recordados y preferidos por encima de otros objetos. Estas investigaciones ayudan a entender por qué, cuando sostenía mis viejos cuadernos, los sentía como pedazos de mí, objetos de verdadero valor que no quería tirar.

En estos momentos, la aversión a la pérdida es poderosa. En estudios en los que las personas tomaban decisiones sobre qué comprar y qué vender, los vendedores a quienes les costabadesprenderse de los artículos mostraron más actividad cerebral en las regiones que procesan el dolor, el riesgo y la atención. Por eso conservamos las reliquias familiares, y también los pantalones que ya no nos quedan y las pilas de vasos térmicos que abarrotan la despensa.

Los objetos también pueden convertirse en señales que activan recuerdos y los traen de vuelta, por un momento, al primer plano. Un estudio de imágenes cerebrales indicó que las versiones pasadas de nosotros mismos se comprimen en nuestra mente, de manera similar a cómo los objetos lejanos se desdibujan en la distancia. Sostener un sombrero que antes te encantaba activa recuerdos de ese yo del pasado y crea un portal entre quien eres ahora y la persona que fuiste. A mí me cuesta desprenderme de las cosas que ofrecen esa sensación de conexión, por tenue que sea.

Sin embargo, mi investigación me decía que aferrarme a objetos como mis viejos cuadernos era el enfoque equivocado. Mi laboratorio estudia lo que sucede en los cerebros de las personas cuando toman decisiones y cómo podemos usar ese conocimiento para hacer que el cambio sea más fácil. Una manera de lograr que el cambio sea más fácil es cambiar del punto de vista del poseedor al del comprador. En vez de preguntar: “¿Quiero conservar esto?”, pregúntate: “¿Compraría esto hoy?”. Modificar el marco de la toma de decisiones permite que un cálculo neuronal en los sistemas de recompensa y de autorrelevancia también cambie. Una tetera se convierte en algo que puedes elegir, o no, en lugar de algo que corres el riesgo de perder.

Otra forma de pensar sobre las cosas desde una perspectiva diferente es tomar prestados los ojos de otra persona. En la investigación de mi equipo, cuando les pedimos a las personas que imaginaran la perspectiva de otra, su conducta cambió y se pareció más a la de esa persona imaginada. Los escáneres cerebrales muestran que adoptar la perspectiva de otra persona también cambia las reacciones de nuestros cerebros ante situaciones desagradables e incluso puede afectar cómo pensamos en nosotros mismos. Cuando le mostré a mi pareja mis viejos cuadernos, me recordó que a él no le entusiasma guardar papeles viejos y enmohecidos en nuestro sótano. Él es menos sentimental porque su cerebro no trata los viejos cuadernos como parte mía, como lo hago yo.

Los investigadores han descubierto que las personas que revisan cosas viejas se sienten más dispuestas a desprenderse de un artículo si se les instruye que tomen una fotografía para recordarlo. En un estudio, se colocaron carteles en dos grupos de residencias estudiantiles para animar a los estudiantes a donar los artículos que no querían. En uno de los grupos, los carteles también animaban a los estudiantes a tomar una foto de los artículos antes de donarlos. Las residencias estudiantiles con carteles que sugerían una foto tuvieron un 15 por ciento más de donaciones.

Para mí, la meta no es deshacerme de todas y cada una de las cosas, sino ver con claridad por qué elijo conservar ciertas cosas y volverme más deliberada en esas decisiones. La investigación documenta la tendencia del cerebro a priorizar las recompensas inmediatas, de modo que es crucial descubrir cómo hacer que el proceso sea más agradable.

Tomarse un momento para conectar con los demás es una forma de activar los sistemas de recompensa del cerebro. Me aseguro de responder con entusiasmo a la foto de nueve cajas listas para donar en el porche de una amiga, sabiendo que las respuestas sociales positivas pueden ser el combustible que la mantenga en marcha. Conectar con los demás también ayuda a manejar el estrés. Cuando encontré una vieja muñeca de la madre de un amigo que coleccionaba muñecas cuando estaba viva, le escribí un mensaje. “Ella te quería mucho, y las muñecas lo eran todo para ella”, me dijo, y añadió: “Yo también tengo una muñeca espeluznante en mi casa”. Dar consejos a alguien en la misma situación también puede ayudarnos a hacer lo correcto nosotros mismos. Cuando le muestro objetos a mi mamá para que los fotografíe y le pregunto si los compraría hoy o cómo podría reaccionar un observador neutral ante ellos, esas preguntas me recuerdan también las herramientas que yo necesito.

También debemos reconocer cómo el entorno en el que estamos nos trajo hasta aquí. La omnipresente publicidad dirigida, las compras sin fricción y la fabricación más barata nos han engañadopara que acumulemos mucho más de lo que necesitamos. Si queremos evitar el dolor de despejar el desorden más adelante, también podemos eliminar de manera activa las tecnologías que nos empujan a acumular.

Soltar no es difícil porque los objetos sean, objetivamente, tan valiosos. Es difícil porque el cerebro lo ve como un cambio de quienes somos, y se resiste a eso. Lo mismo ocurre con nuestras viejas ideas y conductas. Pero si damos un paso atrás y usamos la imaginación y la conexión con los demás para ver el problema de una manera nueva, podemos soltar con más determinación lo que no nos sirve sin perder la esencia de quienes somos.

Emily Falk

Falk es neurocientífica y profesora de la Universidad de Pensilvania.

The New York Times en español

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