“No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza». Baruch Spinoza
“Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus voluntades y deseos, pero, son ignorantes de las causas por las cuales son llevados al deseo y a la esperanza.” Baruch Spinoza
“La esperanza es el sueño de los hombres despiertos.” Aristóteles
Resulta interesante releer al genio holandés que desafía el conocimiento y la religión de su época y su maravilloso tratado sobre la ética que se constituyó y aún perdura como un reto al pensamiento que no se acompaña de la razón.
En el caso de la Venezuela de esta hora, vienen a mi espíritu preguntas sensibles y gravosas. ¿Seguiremos en el remolino que nos niega? ¿Podemos superar la crisis perfecta que nos acogota y esperar vivir en un mejor país? ¿Vamos verdaderamente hacia otra realidad?
¿Qué es eso de la transición? Hay otras interrogantes que nos hacemos, pero, trataremos de encontrar respuestas a estas para comenzar, dado que parecieran estar en los labios de una mayoría de los coterráneos y, no solamente los que siguen en el lar sino también a buena parte de los que arriaron velas buscando otras oportunidades.
Luego del descalabro manifiesto que la nación había encajado, el pasado 3 de enero se produjo un acontecimiento que reabrió las ventanas del espíritu hasta ese momento amargamente cerradas a toda expresión de libertad y bienestar. Un pueblo, falto de aire por demás, creyó que llegaba el anhelado cambio por el cual había votado el 28 de julio del 2024 y que le había sido arrebatado y con ello su ilusión democrática, por las fuerzas del autoritarismo que desde la presidencia ilegítima y el estadopsuv, dirigieron el aparato público ideologizado y vaciado de su telos además de desdemocratizado.
Empero, el actor de la épica era y es otro o así pareciera, a juzgar por la sorprendente “entente,” empatía que se ha desarrollado entre el señor presidente Trump y la más cercana colaboradora del defenestrado Nicolas Maduro quién, más que solícita, obedece la instrucción que se le dicta y de manera sistemática desmoviliza a las fichas del preso de New York y coloca los propios, aunque, si miramos de cerca, se trata de los mismos.
Lo cierto es que hablamos de transición como si se tratara de una certeza impajaritable. Ello a pesar de que el nuevo Hegemon a la distancia, recurre al argumento de la estabilidad que permite la permanencia del aparato madurista sin Maduro y que todo siga igual o muy similar, para que la economía alcance una recuperación, -eso dice- y el negocio petrolero, sea reeducado y sirva excluyente y exclusivamente, a los intereses de los Estados Unidos de América.
Ahora bien; la transición puede definirse como el tránsito hacia el cambio de un estadio a otro; vale decir, una experiencia que permite con la operatividad institucional y la decisión política de sustento, acometer el viaje de lo que hay, hacia lo que deberíamos o deseamos tener.
Acá aparece la esperanza de Spinoza, entiéndase, no es el simple sentimiento de que el fin de la travesía está a la vista y solo es cuestión de tiempo para llegar a la orilla. La esperanza como mística elevación, sin embargo, no es suficiente y es menester alimentarla de racionalidad, de una conducta plausible y aterrizarla, en cuanto a verosimilitud y veracidad debe suponer.
Por lo afirmado, debo decir que la transición ambicionada no ha comenzado. El “statu quo” ha maniobrado para mantener con garra de hierro su control de las cosas, si bien se han dado pasos en algunos escenarios que serían indispensables para una genuina transición como la liberación de los presos políticos y el regreso de los exilados y forzados al ostracismo, pero, no de todos los presos ni de los ausentes forzosamente, ni tampoco, plena libertad para los privados disidentes amnistiados. Impregnados pues han estado los movimientos del chavomadurismomilitarismoideologismo sobreviviente del gatopardismo como nos ilustro Di Lampedusa en su maravillosa novela.
Precisemos no obstante evocando, cómo ha imaginado el blondo preservador el proceso hacia la transición que sin embargo deberá cumplir previamente con tres fases. Primeramente, la estabilización entendida como la regularización de la dinámica política e institucional. Seguidamente y como segundo tramo del plan, la recuperación económica que, según el secretario de Estado Marcos Rubio, se adelanta con el control del manejo de los recursos provenientes del negocio petrolero y finalmente, elecciones que legitimen los poderes públicos y aunque no se ha dicho expresamente o no lo he visto, el regreso de la plena soberanía que durante el tiempo que tome el plan aparece por decir lo menos, limitada y/o restringida.
En paralelo, la némesis del régimen que gobierna, la representa cardinalmente la señora María Corina Machado que, a pesar de su enorme popularidad no ha podido regresar a Venezuela y tampoco ha logrado despejar una de las incertidumbres más notables y de difícil elucidación. Me refiero a los criterios que permitirían saber cuándo y cómo evaluar la marcha y el fin de las mencionadas etapas y su finalización. El margen de subjetividad es visible y peligrosamente extenso por su propia naturaleza.
No obstante, políticamente se populariza una promesa de transición más expedita y pretendidamente rápida. Se repite que hablar de transición es referirse a convocar comicios para elegir presidente y no recurrir al expediente de seguir como si se tratara de validar la última elección, la del fraude contra Edmundo González realizado por Nicolas Maduro y sus secuaces y esperar el 2030.
En esa última perspectiva algunos creen que se ubica la señora encargada de la presidencia dispuesta a darle largas al asunto y disfrazar la transición mediando si acaso, elecciones de los demás poderes públicos, conservando la presidencia como encargada y con ella, los adláteres de Chávez y de Maduro que se hayan mantenido y gocen de su tolerancia o aprecio. Para el chavomadurismomilitarismocastrismoideologismo el objetivo es mantenerse en el poder a cualquier costo.
El conciudadano común alterna en ese escenario la esperanza de una transición con el miedo, siguiendo a Spinoza. El miedo a que nada cambie realmente y las maniobras del oficialismo los mantengan en el poder y ello, desconfiando cada día más, del compromiso de los norteamericanos de facilitar una decisión electoral que, en suma, es lo que se sabe y sin dudas aspira la aplastante mayoría de los connacionales venezolanos. Trump sigue popular pero, una silente espera acompaña la mención de su nombre
En Panama hace dos semanas se reunieron los dirigentes opositores más importantes de Venezuela liderados por la ingeniera María Corina Machado para deliberar y acabar postulando un plan que llamaron “Gran alianza nacional para la recuperación de la república” que contiene todo un programa de acciones y propósitos que según ellos vendrían a la medida de las expectaciones que presenta Venezuela en la actualidad.
El documento redactado con suficiencia política y económica apunta a ofrecer respuestas en lo inmediato con respecto al Estado y la institucionalidad que, bien sabemos, adolece de falencias graves que han de ser atendidas a la brevedad lo que recientemente reconoció la misma presidente encargada, entre otros variados temas de clara pertinencia nacional. El estado atenazado por multiplicidad de regulaciones inútiles que solo sirven para la corrupción no es sino obstáculo para cualquier transición.
La política económica debería ser revisada y trastocada hacia criterios que la orienten hacia una economía social de mercado, con el lema de, libertad, mercado, pero con justicia social.
La constitución y el perentorio regreso al estricto cumplimiento y acatamiento de sus pautas sentaría las bases de una transición ceñida a las normas y principios legítimos y en esa dirección se expresa el citado instrumento. El retorno al estado de derecho daría confianza al inversionista lo que colaboraría con la recuperación económica y cimentaría aún mas la estabilidad a la cual se refieren en el norte y, acá mismo se admite como indispensable.
La superación del cuadro de juritrogenia y corrupción que inficiona al espectro todo de la justicia es de irrefragable consideración y más aún, instrumentación. No puede haber transición si la justicia sigue ideologizada y funciona a realazos que compran resultados judiciales desde la prevaricación, el comisariato político y el cohecho.
Salir del estado fallido que postra a la ciudadanía, precarizados y vulnerables los coterráneos, sin servicios públicos ni seguridad, con una educación y una salud carentes de lo esencial y universalmente ineficientes, requiere de reformas, transformaciones, modificaciones para las que una transición convocaría a la deliberación y a la ciudadanización del asunto y, desde el sectarismo agresivo y represivo de los cuestionados que gobiernan no puede ni podría lograrse.
Para que quede claro y una vez más lo hago notar, la transición no es la curación del mal ni de las patologías que nos vulneran y postran sino, la terapia para ir hacia el mejoramiento, el saneamiento, la regeneración del enfermo, el paulatino desmantelamiento de los muros que nos estancan y enervan como nación e impiden el flujo regular de la dignificación de la persona humana que es el genuino propósito de la organización social y pública de la república y de su instrumentación, el estado constitucional, democrático y social, de derecho y de justicia.
A partir del próximo 3 de julio se pudieran calentar más aún los ánimos. Constitucionalmente debería declararse la ausencia absoluta del extraído y en 30 días, llamarse a elecciones presidenciales. Cabe una interrogante entonces, ¿Prevalecerá el plan a tres fases de Trump o se dará cumplimiento a la Constitución?
La transición corre peligros diversos. Se pasma el embrión o se demora mas de lo que la gente quisiera, se nos pasa la idea como una fruta, se pierde en el resentimiento, la frustración o la desesperanza. Los cálculos que se hacen se dificultan por la complejidad del asunto y porque, como nos recuerda Spinoza y lo parafraseo, lo que queremos y deseamos tiene una causa que tal vez no conocemos. La historia anda de parturienta veamos que alumbra Venezuela.
Nelson Chitty La Roche









