Parece ser el primer mandamiento del presidente Guaidó. Tal vez sea una reacción natural ante viejas inercias, o una forma espontánea de llevar la vida, pero la actividad constante y evidente es el rasgo primordial de su liderazgo. Gracias a ella despliega las cualidades personales, en primer lugar, y también la importancia que concede a la misión de naturaleza pública que le ha tocado.
No es poca cosa en un país que se volvió perezoso frente a los asuntos del bien común durante las últimas décadas, en el imperio de un paquidermo rojo-rojito, en un régimen administrado por la enemistad con la dinámica de las sociedades y con todo lo que se oponga a las pausas y a las siestas. La infinita hibernación de la dictadura ante la atención de los temas esenciales para la ciudadanía es retada con éxito por un líder cuya misión, según demuestra desde que Dios amanece, es la actividad constante.
Pero, así como desafía a la usurpación a través de un contraste fulminante entre la inmovilidad y la energía, ha hecho que los otros dirigentes de la oposición enciendan unos motores que parecían desvencijados por falta de uso, o por la antigüedad del modelo, o porque los anteriores conductores no hablaban mucho de cómo los ponían a funcionar en la carretera para que los viandantes se enteraran. Las temporadas de trabajo en el seno de la oposición pueden delimitarse considerando la aparición de Juan Guaidó, por lo flojas que eran o parecían antes de su aparición y por lo constantes y veloces que se han vuelto después de que su liderazgo se puso a la cabeza.
Es justo afirmar que no hace gala solo de una pujanza en acciones e ideas, porque lo acompaña un equipo cuyos integrantes no se caracterizan por la desgana sino por meterle todos los hierros a sus funciones de vanguardia en el arranque de un capítulo capaz de mover resortes que parecían vencidos o inútiles. Estamos así ante el renacimiento de una política que no es solo capaz de sembrar de ilusiones una parcela yerma, sino también de darle una patada olímpica al usurpador. Ya ha puesto en movimiento a todos los diputados de la Asamblea Nacional y a buena parte de la dirigencia que pasaba por largos períodos vacacionales, en un prometedor comienzo de carrera que se orienta hacia la victoria.
Lo mejor del ejemplo del presidente Guaidó es que desciende con ímpetu hacia las bases. El paradigma no se encierra en la cúpula, baja largos escalones para encontrarse con los anhelos de la sociedad civil hasta convertirlos en vivacidad. Los sujetos pasivos se mueven gracias a su llamado y debido a que no lo ven perdiendo el tiempo. Como todo lo que hace se siente, se sabe y se respeta en la calle, la calle quiere ser como su esperado animador. De allí que la articulación de un gran movimiento colectivo dependa en buena medida del respeto por un hombre que quiere servir, que quiere de veras al prójimo y actúa para demostrar su afecto. Porque acata con invariable fidelidad su primer mandamiento: no descansar.
Editorial de El Nacional












