“No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”.
— Albert Einstein
Dificilísima sería la tarea de adecuar la circunstancialidad que muestra el mundo actualmente tomando como base los principios y normas que han precedido las acciones acometidas por los Estados y entre ellos, las potencias, en los últimos veinte años, así como el rol fantasmal de las organizaciones internacionales.
Conciliar lo acontecido en Ucrania, en Irán o en Venezuela —por solo evocar lo que más se comenta en los medios internacionales— con los parámetros y referentes de la normativa creada y vigente desde la Segunda Guerra Mundial es un vano esfuerzo. No cuadran los supuestos en las reglas, porque las desbordan, las abandonan y las contrarían.
La ONU ha derivado en un espectro, acaso costoso, insensible y precario; ciertamente las potencias, y en especial Rusia y los Estados Unidos de América, han prescindido materialmente de ella. Se hacen presentes en las sesiones del ente en un juego cínico en el que la asumen como una entidad sin trascendencia, vaga, penumbrosa o quimérica, según se vea.
No obstante, cabe echar algunas luces sobre ese oscuro horizonte que advertimos al otear el paisaje internacional actualmente. Vientos fuertes vienen a moverlo todo, como ese huracán que se llama Donald Trump, y los afanes belicosos de los enemigos de Israel y su compulsiva respuesta, sin dejar de notar la persistente y tozuda decisión de Putin de continuar una guerra en Ucrania, sin escuchar —y ahora lo hará menos— a quienes recomiendan detenerse y negociar.
No solo se advierte el sistemático quebrantamiento de la normativa internacional, de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración de los Derechos del Hombre, entre otras convenciones cada día más desconocidas o conscientemente transgredidas, sino también que las alianzas que, para decirlo de una buena manera, han sido puestas en jaque, amenazadas incluso de disolución. Me refiero, claro, a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pero también pienso en la Unión Europea, cuya sostenibilidad luce a ratos plena de incertidumbres.
Si algo ha mostrado la crisis actual es que no puede separarse la política exterior de la política de defensa; y por cierto, siempre fue así. Van de la mano, y no solamente debe ser así, sino que desatender esa suerte axiomática, más tarde o más temprano, reclama gravosamente a quienes incurren en su descuido.
Occidente es ahora una frágil sociedad entre la América imperial de Trump y un puñado de países que otrora dominaron el mundo y que, sin embargo, se exhiben hoy sin el fuelle para siquiera asegurar su propia defensa. A porrazos han entendido que el socio norteamericano los quiere en la cola y adelanta sus planes y acciones inaudita altera pars y luego, soberbio y displicente, exige no la discusión ni la consulta sino la adhesión pura y simple, con retaliación arancelaria o comercial incluida en caso de inobservancia o demora. Se nos perdió la paz en el camino, entre más extravíos.
Lo que se hace en Irán, con ese otro partner, igualmente desaforado e incontrolable, Israel —pero antes se hizo en Venezuela—, prescinde de toda consideración con el Derecho Internacional y deja en la cuneta de la autopista histórica toda circunspección jurídica o política de esas que pretendía garantizar la organización internacional y el respeto a la soberanía de los Estados.
En paralelo, ese olvidado continente africano soporta mal no solo las fronteras mal dibujadas por el colonizador y sus tendencias centrífugas tribales y/o raciales, sino que también conoce y padece el expansionismo religioso forzoso del islam, como una erupción que está presente como factor belígero, fusionado a ratos con movimientos políticos radicales como Al Qaeda, ISIS u otras expresiones locales de la misma naturaleza.
Por la fuerza —el terrorismo incluido—, el islam, contra toda regla y en su fanatismo, protagoniza la injerencia en el Cuerno de África y en numerosos otros Estados para soliviantar los espíritus y convertirlos en detonante de la inestabilidad y de la más larga transgresión de la organización internacional y de sus bases fundamentales.
Cientos de miles de víctimas se acumulan sin que se produzca una verdadera reacción para impedirlo. Y pienso en esa fantasía: el R2P, la responsabilidad de proteger que —recordemos 2005 y a Kofi Annan— se expuso como un avance, y lo era:
“La Responsabilidad de Proteger (R2P) es una norma internacional aprobada por las Naciones Unidas y adoptada en 2005, que afirma que los Estados deben proteger a sus poblaciones del genocidio, los crímenes de guerra, la limpieza étnica y los crímenes contra la humanidad. Si un Estado fracasa, la comunidad internacional debe intervenir mediante la acción diplomática o, como último recurso, la acción militar colectiva.”
La cruda realidad muestra groseramente que la Corte Penal Internacional —y ya era difícil por ese alfil en medio del tablero que es la soberanía de los Estados— decepciona a propios y extraños. Es tan largo el camino de la instrucción de un expediente que la justicia que pretende se desfigura y vacía, haciéndose fallida e inasible.
Las potencias se burlan del organismo y Netanyahu y Putin, ambos reos de delitos diversos de lesa humanidad, se solazan en sus incapacidades. En Venezuela se pierde cada día la fe, vista su ineficiencia. Los abogados recordamos aquello de Couture: “La justicia con demora no es justicia”.
China, cada día más poderosa militar y económicamente, puede verse tentada a expandirse o a cultivar la hegemonía regional y desafía a sus vecinos de forma intermitente. Preocupa entonces que por allí pueda llegarse a una confrontación final que patentice una suicida tercera guerra mundial. El derecho ha cedido el espacio a la fuerza.
Si algo puede hacerse, luego de escuchar al secretario de Estado, Marco Rubio, en Múnich hace unas semanas, es asumir que un cambio de época jurídico-política está en curso y pudiera que lo que hubo hasta hace poco —el arsenal normativo surgido después de la Segunda Guerra Mundial— salte formalmente y sin pudicia hecho añicos.
Ordenar la muerte al enemigo, al sospechoso y al desconocido con la excusa de la seguridad nacional; obviar toda deferencia sobre soberanía y hacer del ataque preventivo un asunto de mera apreciación y hasta capricho, para desconocer la prohibición de la guerra, empieza a banalizarse, como tal vez diría Hannah Arendt.
Un nuevo, pero viejo, derecho penal del enemigo, como lo definía Günther Jakobs en 1985, anima ahora como una deletérea lámpara las noches de cálculo de aquellos que decidieron ejercer el poder sin límites y a rajatabla.
¿Ya no hay contención? ¿Tuvo razón Trasímaco y no Sócrates?
Eso es lo que está por derivar del escenario internacional si no resurge la razón y el derecho, hoy inocultablemente traspapelados.
Nelson Chitty La Roche
@nchittylaroche
nchittylaroche@gmail.com






