Las revelaciones de Carlos Andrés Pérez sobre el 4-F

Las revelaciones de Carlos Andrés Pérez sobre el 4-F

Por qué se produce el 4F y la orden de rendición a Chávez con un plazo sin prórroga. “O se entrega por bombardeos”. Carlos Andrés Pérez, hizo una revelación sobre el por qué falló la inteligencia de su gobierno para revelar los planes del golpe de Chávez.

 

Había un pleito entre el jefe de la DIM y el comandante del Ejército, dice en los papeles publicados por Ramón Hernández y Roberto Giusti, en un interesante libro de estos excelentes periodistas.

 

Muy poco se ha dicho esto que sigue a continuación y que transcriben

Cuando salí para Davos, Suiza, a una reunión de los más calificados representantes del mundo internacional financiero, me fui sin temor de ninguna especie, aunque los sucesos de noviembre y diciembre me habían preocupado. Yo iba a ser, prácticamente, el centro de la reunión. Venezuela venía en un proceso ascendente y triunfante en el desarrollo de su economía. En ese momento registraba las cifras más altas de crecimiento en el mundo y una situación expansiva.

 

Regresé el 4 de febrero, pasadas las 10:00 de la noche. Al bajar la escalerilla del avión, me sorprende la presencia del ministro de la Defensa al lado del ministro del Interior, Virgilio Ávila Vivas, quien quizás era el único que me recibía en estos casos, para informarme sobre las novedades. Incluso, antes de saludarlo le pregunté al ministro de la Defensa:

 

–General, ¿qué hace usted aquí?

–No, Presidente. Llegué esta noche de Maracaibo. Supe que usted venía y decidí esperarlo –me respondió muy tranquilo.

 

Les dije que se vinieran conmigo y me acompañaran hasta La Casona. En el trayecto, luego de contarles los pormenores de la reunión, les confesé que venía molido del largo viaje y de las largas jornadas de trabajo. Después de que pasamos el segundo túnel de la autopista, el ministro de la Defensa me dijo:

 

–Presidente, ¿sabe que hoy se corrió el rumor de que a usted no lo iban a dejar aterrizar en el aeropuerto?

 

Yo me volteo y le digo:

–Ministro, ¿rumor? ¿rumor?

–Sí, un rumor.

 

¿No hay nada?

–No, Presidente.

 

–Vamos a ponerle coto a eso –le respondí. Vamos a ver qué ocurre en las Fuerzas Armadas. Vaya mañana a las 8:00 de la mañana a Miraflores. Como no tengo agenda, voy a dedicarle todo el día a reuniones militares para desentrañar lo que está pasando

 

Llegamos a La Casona y los dos ministros se despidieron. Saludo a mi familia y me voy a dormir. Una hora después me tocan la puerta. Se trata de mi hija Carolina, que me dice que me llaman por teléfono, pues por el sueño tan profundo no escuché el timbre. Era el ministro de la Defensa:

 

–Presidente, no eran rumores. Hay un alzamiento en Maracaibo –me dice.

¿En Maracaibo?

 

–Sí, en Maracaibo, seguro.

 

–Váyase inmediatamente para el Ministerio de la Defensa; yo salgo para Miraflores.

 

Es falso que Ochoa Antich estuviera involucrado en el golpe del 4 de febrero. Absolutamente falso. Si hubiera estado involucrado con sólo haberse demorado cinco minutos en avisarme, me hubieran hecho preso en La Casona, o me hubieran matado. No hay la menor duda.

 

Efectivamente, me puse sobre el pijama el mismo flux que traía de Davos, y ordené que alistaran la caravana presidencial. Me respondieron que no había caravana.

 

No importa, tengan un carro listo

 

Salí en un carro, escoltado apenas por otro vehículo. Llegué a Miraflores. Todo estaba tranquilo. No había ninguna situación de alarma. Pregunté por el comandante del regimiento Guardia de Honor y me respondieron que no estaba. Ordené que lo buscaran y que pusieran en alerta la Guarnición. Llamé a Ochoa por teléfono.

 

–Presidente, esto es grave. Yo estoy rodeado –me dice.

 

En ese momento oigo el choque de un tanque contra las rejas de Miraflores. Los oficiales que estaban conmigo resolvieron abrir la puerta que conduce al Despacho para ver lo que estaba pasando. Éramos sólo mis edecanes, la escolta civil y yo. Unas diez personas. Para colmo, no había armas. Uno de los choferes, un soldado, tuvo el valor de irse al estacionamiento y sacar de los carros unas ametralladoras. El regimiento del Palacio Blanco estaba cerrado. Yo llamaba y no aparecía el comandante.

 

Contacto de nuevo al ministro. Le digo que nos están atacando. Me reitera que está rodeado y me limito a advertirle que nos preparamos para defendernos. De inmediato comienza a titilar la lucecita roja del teléfono, que en el despacho no suena. Levanto el auricular. Es el presidente de Colombia, César Gaviria. En ese momento, ya el tiroteo era abierto, con detonaciones de los tanques, las ametralladoras, fusiles y pistolas.

 

¿Qué está pasando, Presidente? –me preguntó Gaviria.

 

Alcé el auricular para que escuchara el ruido de los disparos.

 

–Creo que sobran las explicaciones, presidente Gaviria. No sé qué va a pasar. Aún no tengo todos los elementos de la situación.

 

Vino un tiroteo largo. Me asomo y constato que estamos rodeados.

 

En ese momento, el comandante Régulo Anselmi Espino, uno de los edecanes, me dice que debo protegerme. Subo a la suite vieja. Con las luces apagadas, a través de la ventanilla, observo en detalle lo que ocurre en el exterior del palacio. Hay dos tanques. Uno en la puerta de acceso a Palacio y otro frente a mí.

 

Miro hacia el regimiento y constato que está completamente a oscuras. Aunque no deben extrañarme las luces apagadas, se trata de una medida de elemental prudencia, pero no veo movimiento alguno. Retiro la cabeza para cerrar y, en ese momento, estalla un tiro sobre la ventana.

 

No había luz adentro; sin embargo, la de afuera reflejó mi presencia. Me descubrieron pero fallaron el tiro. Sólo alcanzaron a destrozar la ventana. Bajo de nuevo, angustiado porque el tiempo transcurría, el ataque arreciaba y la única defensa era el grupo de oficiales, soldados y escolta civil que me acompañaba. Pedí una ametralladora y me dispuse a afrontar las circunstancias. En ese momento resultó herido o muerto el jefe de los asaltantes.

 

Después de una hora de combate, llamé de nuevo al ministro de la Defensa. Me dice que ya tiene claro el cuadro, que la situación es muy grave. Me informa sobre los lugares del alzamiento.

 

–Ministro –le respondí—hay que seguir adelante. Aquí acaba de cesar el tiroteo, yo voy a salir.

 

–Me parece bien, pero es muy peligroso, Presidente –respondió.

 

Le repliqué que lo contactaría desde el sitio al cual me dirigía.

 

Llamé al jefe de la Casa Militar, el almirante Mario Carratú Molina, y le ordené que me buscara el sitio de menos riesgo para salir.

 

Carratú empalideció. Me dijo:

 

–Presidente, usted no puede salir.

 

–Almirante, le estoy dando una orden; no lo estoy consultando.

 

A los diez minutos ya había preparado la salida. En ese lapso, y de manera increíble, durante una tregua, Virgilio Ávila Vivas y el secretario general de AD, Luis Alfaro Ucero, habían logrado entrar. Con ellos nos dirigimos al estacionamiento. Para poder llegar, tuvimos que romper una puerta. En el camino, Alfaro se quedó rezagado.

 

En un pequeño carro, nos dispusimos a salir por la calle que da al liceo Fermín Toro, en la parte posterior de Miraflores, sin saber qué nos esperaba afuera. Instruí al conductor para que cuando se abriera la puerta saliera a toda máquina, sin mirar a otra parte que no fuera al frente y buscara la avenida Fuerzas Armadas. Se presentó algo inesperado: no encontraban la llave de la gran puerta de acero del estacionamiento. Cuando pudieron abrir, empezó a sonar la alarma. Le dije al chofer que tan pronto se abriera lo suficiente para que pudiera pasar el carro, arrancara a toda velocidad. “Sin mirar a los lados”, le advertí de nuevo. Así lo hizo. Logramos sorprenderlos y aunque nos dispararon no pudieron detenernos.

 

De la Avenida Fuerzas Armadas ordené tomar la Cota Mil y desde allí nos comunicamos con Venevisión. Les dije que me dirigía hacia allá, que prepararan el estudio. En Miraflores me había cambiado de ropa. Mientras alistaban el estudio, llamé a Ochoa. Le dije que me aprestaba a hablar a través de la televisión. Me preguntó dónde y le dije que no lo decía, pero que estuviera pendiente de la televisión. En Fuerte Tiuna colocaron los televisores a todo volumen y en dirección a las tropas que cercaban el edificio, que al oír mis palabras se rindieron.

 

Creo que la decisión de dirigirme al país fue acertada y la definitiva. El golpe tenía dimensión, no en número de fuerza de choque sino en los sitios que habían tomado y la cantidad de armas que tenían en su poder. El único objetivo que no pudieron tomar fue Miraflores. Si yo me hubiera bañado y cambiado de ropa en La Casona, quizás no hubiera podido salir. Miraflores era el sitio donde debía estar porque es el centro del poder, el símbolo. En La Casona hubiera quedado aislado desde todo punto de vista. Me fui a donde estaba el símbolo del poder.

 

Este golpe era un push, una sorpresa, en la que me liquidaba. El cabecilla estaba escondido a 5000 metros de Miraflores, dispuesto a venirse cuando le dijeran que yo no existía o estaba preso. En la madrugada me enteré, por relato del gobernador del Zulia, Oswaldo Álvarez Paz, que a la 1:00 de la mañana el cabecilla del movimiento en Maracaibo le dijo que a esa hora ya debía haber sido eliminado el Presidente Pérez. Estaban seguros del éxito del golpe que no se preocuparon en tomar las estaciones de televisión y desecharon una acción fulminante, sorpresiva y muy violenta, cuya intención era no dejarme aterrizar, seguramente derribar el avión.

 

De vuelta a Miraflores, el ministro Ochoa llegó a Palacio con otro general. Ni siquiera me había ocupado del nombre. No conocía al general Ramón Guillermo Santeliz, a quien no había permitido que Ochoa nombrara en un cargo determinado en el Ministerio de la Defensa. No le tenía confianza. Se lo dije muy claramente. Y era el general que estaba allí con Ochoa. Alrededor de las 3:00 de la madrugada, me dice Ochoa:

 

–Presidente, ¿no le parece que es hora de pedirle a Hugo Chávez que se rinda? Ya debe saber que está derrotado.

 

¿Cómo hacemos? –le pregunto.

 

Me responde que el general Santeliz –es la primera vez que escucho su nombre—es amigo de Chávez, que lo conoce y podría llamarlo. Estuve de acuerdo. Delante de nosotros llamó a Chávez para que se rindiera. Al rato se voltea Santeliz hacia nosotros: “Señor ministro, señor Presidente, el comandante Chávez se rendirá a las 3:00 de la tarde”.

 

Esperaban que a las 6:00 de la mañana los complotados de la Fuerza Aérea entraran en acción de respaldo de los golpistas. No se conoció la identidad de los oficiales que estaban comprometidos en la intentona porque cuando el ministro de la Defensa es liberado y se comunica con el general Francisco Visconti Osorio, en la Base de Palo Negro, Visconti, que era el jefe del golpe en la Aviación, se cubre haciendo cumplir las órdenes. Cuando viene el examen de la situación, el general Iván Jiménez, con mucha razón, hace una gran defensa de Visconti y por eso estalla la segunda parte del golpe el 27 de noviembre.

 

Yo supuse que Santeliz le había dicho a Chávez que estaba con nosotros, con el ministro de la Defensa y con el Presidente. Me acerco como para que Chávez me oiga y le digo:

 

–Dígale a ese señor que se rinda ahora o que apenas amanezca será bombardeado por la aviación.

 

Al rato, Santeliz me dice:

 

–Señor Presidente, el comandante Chávez se rinde, pero quiere que yo vaya a buscarlo.

 

Acepto. Mi error es que sabiendo quién era Santeliz no le ordené al jefe de la Casa Militar que lo acompañara. Lo debí mandar con el almirante Carratú Molina. Cuando voy a retirarme un momento de la oficina, a las 5:00 de la mañana, me llama Ochoa:

 

–Perdón, Presidente. Estaba hablando con el general Santeliz sobre si sería conveniente que Santeliz trate de convencer a Chávez para que hable por televisión pidiéndoles a los militares que siguen alzados que se rindan.

 

Le respondí muy molesto

–No señor, hágalo preso. Más nada. No tiene que hablar nada

Me molestó que me propusieran que ese señor pudiera hablar por televisión. Ochoa me replica que los militares que no se han rendido están en el Cuartel Libertador de Maracaibo, donde hay armamento con capacidad explosiva de gran magnitud, y que Francisco Arias Cárdenas sabe que no lo podemos bombardera: destruiríamos media ciudad de Maracaibo. Me doy cuenta de la situación y reacciono.

 

Quinto Día

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