En medio del caos, el ruido de las sirenas y el gris dominante de la destrucción material, hay un sonido que descoloca a los rescatistas y voluntarios: una risa infantil.
En los refugios temporales habilitados para atender a los damnificados, la realidad se divide en dos mundos. Por un lado, las líneas de preocupación en los rostros de los padres; por el otro, la obstinada necesidad de los más pequeños de seguir siendo niños, convirtiendo una caja de cartón de ayuda humanitaria en un fuerte improvisado o un camión de bomberos.







